Minos, rey de Creta, tiene sobre sus hombros una pesada carga: ha de deshacerse del minotauro. Este ser no era ni más ni menos que el fruto de una relación entre su mujer y un toro. Acabar con él no es tarea fácil, ni siquiera para el gran Minos.
- ¿Qué podemos hacer? - preguntó Kleon con su nerviosismo habitual - el pueblo está asustado, tenemos un toro medio humano suelto por ahí.
- Estoy convencido de que su alteza tiene un plan - Lykos se encogió de hombros - siempre tiene uno.
Se abrieron las grandes puertas del salón. Los dos guardias se apartaron, dejando paso a Minos, quién sonreía de oreja a oreja.
- ¡Oh señor, qué placer nos da verle así de contento! - el guardia se acerca a su compañero y susurra - una de dos, o da nuestra isla por perdida y ha conseguido un título en otra ciudad o ha encontrado una solución.
- Siempre tiene un plan, tú confía, ¿sí?
Minos acomodó su gran trasero en el majestuoso trono, casi tan grande como su ego, y comenzó a hablar.
- Me complace anunciar una maravillosa noticia
Toda la Corte esperaba con ansias este evento. El rey no solía convocar a sus súbditos, sólo cuando era necesario. Y eso, para Minos, se reducía a guerras y viajes.
- Como ya bien sabéis, estamos teniendo algún que otro problema - deja escapar una risa nerviosa - ¡Pero ya he encontrado la solución!
La sala seguía expectante. No se escuchó un solo murmullo. Todos los habitantes vivían aterrorizados, la situación era grave.
- ¿Se puede saber dónde están mis tan merecidos aplausos? - demandó con desdén, recuperando pronto la compostura cuando el pueblo comenzó a alabar su aún desconocido remedio - He contratado al mejor arquitecto de toda Grecia, señores y señoras, ¡el mejor! Sí, porque todo lo que traigo es lo mejor de lo mejor.
- Incluyendo a su hijastro el minotauro - susurró una señora - de lo mejorcito de la ciudad.
- ¡Sea bienvenido nuestro salvavidas, Dédalo! - Minos dió dos palmadas y no faltó más para que se abrieran las grandes puertas que separaban al Rey del arquitecto.
Entró al salón un hombre de cabello grisáceo, acompañado por un jóven que se asemejaba a un ángel. Juntos cruzaron toda la sala, hasta llegar al rey. Se arrodillaron ante él y el adulto explicó su plan.
- Mi nombre es Dédalo - señala al joven - y este es Ícaro, mi hijo. Muchas gracias por acogernos, es un placer trabajar aquí. En unas semanas tendremos construido el laberinto donde encerraremos al minotauro, así dejará de causar problemas a las gentes de esta isla.
- El placer es mío, arquitecto - miró a la Corte y secó sus manos en sus ropajes - doy por concluida la sesión, ya habéis visto, no hay nada por lo que preocuparse.
Pasado un tiempo, el laberinto ya estaba listo para albergar al minotauro. Era una construcción compleja, con cientos de pasillos y recovecos de los que nadie podía escapar. Solo Dédalo y su hijo conocían la salida. Una vez encerraron a la criatura, el arquitecto se dispuso a volver a Atenas. Sin embargo, se encontró con un triste escenario. El rey no les permitió abandonar la isla.
Minos no quería que el minotauro escapara, ni que ningún joven fuese tan astuto como para entrar y salir vivo del laberinto. De esta forma, prohibió la salida del arquitecto y su hijo del laberinto y les condenó a pasar el resto de sus ahora miserables vidas dentro de su propia creación.
Dédalo e Ícaro no se conformaron. Eran personas resolutivas e inteligentes. Durante días, estudiaron las posibilidades que tenían de salir de la ciudad, puesto que escapar del laberinto no era un problema. Era imposible ir por tierra, pues los hombres de Minos patrullaban la zona a diario. Tampoco era viable escapar por mar, pues el rey también controlaba las aguas. Tras mucho pensar, Dédalo llegó a una conclusión: solo podían salir de Creta por aire.
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¡Vuela! Pero no tan alto
Short StoryAdéntrate en la mente del joven Ícaro a través de este relato, una versión del célebre mito de Dédalo e Ícaro en la cual apreciarás aspectos mucho más personales del protagonista. Sumérgete en una lectura leve pero, al mismo tiempo, cargada de emoci...
