Ejecución 1793

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Tan llena de crueldad y muerte eran las calles de París. Incluso para llegar al centro, teníamos que atravesar decenas de cuerpos putrefactos que podrían haber estado ahí desde hacía varias semanas, decorando como una espantosa obra de arte cada rincón de la capital. El olor era horrible pero era algo de lo que ya estaba acostumbrado, aun así, no era algo de lo que podría estar orgulloso. Me repudia incluso el saber que era algo de día a día ¿Cuándo se volvió algo cotidiano, el ver cada mañana aparecer más y más cuerpos?

Desvíe la mirada con una profunda tristeza, con el afán de no avergonzar más a la muerte que me acechaba incluso en mis sueños. Mis manos habían ya pecado en contra de la familia real. Pero no tuve opción, era por el bien de Francia ¿Verdad?

El caminar tan despreocupadamente estos lares... el acto de esquivar cada cuerpo como si fueran simples restos de basura. Eso me enfermó aún más. Pero no teníamos más remedio, el carro no podía atravesar un lugar en tan mal estado.

Monsieur Borreau —Una voz me volvió de nuevo a la realidad. Giré la cabeza para encontrarme con los delicados ojos de Lucie.

—No es necesaria tanta formalidad, hermano —dije indiferente.

—Eres el verdugo jefe... —Lucie sonrió con calidez, en un intento inútil por hacerme recobrar un poco el ánimo—, debo ser respetuoso. No quiero que me manden a la guillotina.

—¡Cállate, Lucie! —Fruncí mi entrecejo por su broma de tan mal gusto. Volví mi mirada al frente y continúe para llegar de una vez por todas a la Plaza de la Concordia.

Lucie no habló de nuevo.

No odio a mi hermano para nada. Amo a toda mi familia, incluso si la muerte nos persigue a cada paso, lo seguiré haciendo. Solo es algo con lo que debo lidiar, el destino me encomendó el ensuciarme las manos así que... no puedo hacer nada más que seguir al frente.

Salimos entonces de aquella estrecha y asfixiante calle. Llegamos a la plaza, con un síntoma de desesperanza flotando en el aire que aún perturbaba mis más profundos pensamientos, el olor, la muchedumbre murmurando chismes y que se reía como si su cerebro estuviera desconectado ¿A cuántos ya he ejecutado, con el simple jalar de la palanca? Desde la creación de la guillotina, las ejecuciones no hicieron nada más que aumentar. El ejercito revolucionario, con tanto miedo a la oposición, mandaba a ejecutar a cualquier persona que mostrara el más ínfimo descontento con su liderazgo. Tanta esperanza generaba la revolución... Pero no hizo más que convertirse en la misma y manchada corona real que gobernó hasta hace apenas unos años.

Y la culpa solo me carcomió más. Tantos años serví al rey y su familia, y ahora, como un sucio traidor me aferré a seguir ordenes, exigencias y todo tipo de actos inmorales para continuar mi labor. Eso es. Tenía que seguir, incluso si no quería.

Alcé la vista y deslumbré desde lo más alto, en el punto más importante de Francia en los últimos años, como una masa increíble de personas habían asistido a lo que sería la ejecución más importante en los últimos años. Y también la más desgarradora para mí.

Levanté mis manos hasta el gran sombrero bicornio que reposaba en mi cabeza y lo tomé, quitándomelo.

—Lucie, sostén esto.

Mi larga cabellera quedó libre, y el fuerte viento que envolvía el lugar hacía que mi vista se nublara un poco. Agaché la cabeza en acto de reflexión y miré de nuevo a Lucie.

—¿Llegará ya?

—Ha llegado, hermano.

Divisé entonces a Louis, sostenido por dos corpulentos guardias, y tan innecesariamente vigilado por otros tres que le escoltaban atrás y adelante. Demacrado era la definición de su porte físico. Sus mejillas parecían haber perdido su color, al igual que sus ropas, que daban arrebatos de haber sido una pieza de alta costura; aunque ahora no era más sino una prenda pueblerina manchada de lodo, sangre y basura.

Tan perpleja y triste su apariencia, que no tuve más remedio que cerrar los ojos con rabia y contener de alguna manera mi profundo pesar. El rey imponente, Luis XVI. Su majestad... Lo siento tanto.

Tras varios segundos, abrí de nuevo los ojos, tomé mi frente con mi mano al sentir una inesperada jaqueca pero aún así, miré a Lucie una vez más.

—Lucie, permítele el acceso a la plataforma a los guardias.

—Sí, Monsieur.

El rey no se resistía siquiera, sabía que era inútil. Sus brazos raquíticos no parecían tener nada de fuerza. Fue entonces que parecía haberle susurrado algo a los guardias. Y tan pronto, ambos le soltaron, dejando solo unas esposas que aprisionaban sus pies y manos con violencia.

Louis me miró, y esbozó una sonrisa.

No pude hacer nada más que desviar mi mirada, avergonzado del pecado que estaba a punto de cometer.

El rey parecía recobrar tal dignidad que podía observar en el pasado. Imponente como solía serlo, caminó y subió las escaleras de la plataforma de ejecución. Seguí sus pasos, apretando los dientes y puños.

Y entonces por su propio actuar y sin resistencia alguna, dio varios pasos hasta estar frente a la guillotina, que esperaba con suma ansia decapitar al rey.

Louis, con un semblante tranquilo, me miró por encima del hombre, aún frente a la muchedumbre que no paraba de lanzar gritos y desesperada por ver la cabeza del rey rodar.

—Espero que mi sangre... —La expresión de Louis parecía perturbarse por un instante—. No. Yo... deseo que mi sangre cimiente el futuro para Francia, Charles.

Los guardias se apresuraron a tomarlo por los brazos tras tardar demasiado. Con violencia, lo arrodillaron y postraron su cabeza contra el hueco donde descendería pronto la guillotina.

Miré entonces al rey, vulnerable. Dispuesto a morir por el país. Me acerqué a su lado y tomé con miedo la enorme palanca. Tragué saliva, desvié la mirada y jalé.

—¡Gente. Pueblo. Yo muero inocente! —Un fugaz grito salió del rey. Pero nadie escuchó, fue como un ruido de un animal, un cantar de un ave matutino. Algo que se ignoró tan pronto como la guillotina descendió y rebanó con limpieza la nuca de Louis XVI. La cabeza rodó y cayó sobre la cubeta, que aún se mantenía impregnada en sangres y olores desagradables.

Con disciplina, recobré una expresión más concordante al verdugo en jefe. Tomé la cabeza entre sus cabellos y la alcé contra el público, quienes, eufóricos; celebraban, reían, gritaban. Mientras yo, con un profundo sentimiento amargo, tenía entre mis dedos la cabeza al rey que juré lealtad desde mi más joven edad.

Ejecución 1793Where stories live. Discover now