Su nariz era de alfiler, fina y en la punta tenía un rojizo suave como si un invierno la hubiera cubierto de nieve. Tenía en sus labios el poder de hacer hervir hasta el metal. Era un punto y aparte, no podía no diferenciarse de las demás.
Cuando fijas tu ojos en ella te quedas pegado, navegas por dentro y cuando quieres salir a la superficie ya es muy tarde, te atrapó y te has ahogado, pierdes la memoria.
No tiene caso que cuente algo como esto, la verdad es que preferiría no hacer público algo tan ajeno, pero todo mundo tiene que saber quién es realmente la señorita Zali.
Miércoles siete de enero de 1994.
Hora, 17:35 pm.
Grabando.
– Inspector, debe saber que mi vida ha sido siempre muy poco interesante y lo que en realidad la hace atractiva es todo lo que se ha dicho de mi. Todo esto es un poco difícil de digerir. Pero responderé todas las preguntas, o al menos las que pueda.
– Parece que hoy has logrado dormir un poco más Zali, te noto animada.
– Las flores amarillas siempre me generan ese tipo de emociones, las pusieron en mi cuarto durante la mañana y creo que eso me ha cambiado el humor. Hoy me dejaron salir unos treinta minutos al patio del edificio. Me encanta el verano, el calor del mediodía cuando te pellizca la piel después de unos cuantos minutos bajo el sol. Si, hoy es una tarde perfecta para estar de buen humor. Recuérdeme darle las gracias a la enfermera que trajo estas flores.
No lo habría descrito mejor, estaba en lo cierto, Erik también amaba la naturaleza, el buen clima, las montañas, los ríos, y los atardeceres. San Fernando tenía algo de eso, quizás era un pueblo de pocas oportunidades pero estaba rodeado de placer natural. La habitación tenía un enorme ventanal con vista al lago que por las noches daba un espectáculo cuando la luna se reflejaba sobre el agua.
La enfermera entró para realizar el control rutinario de todas las tardes y suministrar la medicación a la señorita Zali.
– Bien enfermera, Zali quiere darle las gracias por poner en la mesa sus flores favoritas.- Ella extendió su mano hacia el rostro de la enfermera apoyándose suavemente en su mejillas la pellizcó con el dedo pulgar.
– Bueno empecemos entonces. Cuéntame qué sucedió el dieciocho de septiembre del año anterior.
– Creo recordar que como de costumbre, los jueves tampoco solía ocurrir nada, lo más escandaloso había sucedido por la mañana cuando fui a cubrir una nota sobre la caída de un anciano en un pozo ciego en la calle Leganés del ciento veintidós. El viejo estaba cubierto de excremento espeso, no dejaba de tener arcadas mientras se resistía a ser llevado al hospital, estuvo allí dentro durante casi una hora hasta que los bomberos lograron sacarlo.
Cuando eres periodista graduada con honores de la mejor universidad del país, pero terminas en un pueblo como San Fernando, lo que acabas escribiendo cada día en el periodico son notas como estas, "anciano malhumorado cae en pozo lleno de mierda por no prestar atención al cruzar la calle". Lo último interesante o algo en lo cual investigar un poco más, había sucedido hace dos meses atrás cuando la casa del jefe de la policía fue incendiada por su propio hermano. Al parecer al señor de la ley, se le había olvidado uno de los diez mandamientos "No codiciarás la mujer de tu prójimo". Más que un caso, era un bochorno, sentí que escribía chismes de primer nivel pero que no me vi capaz de disfrutar por mis apenas veinticinco años, ya sabe a esta edad aún no se me han despertado esos dones. Pero algo si tuve por seguro, que a las viejas del pueblo les sentaba muy bien esta nota a la hora de tomar el té.
Era frustrante vivir en San Fernando, la capital me hubiera regalado mejores historias, algo con lo cual entretenerme, sentirme estresada, jugar un poco a la detective e investigar los sucesos más improbables, la acción, la intriga, el desaliento y todo lo que me resulte excitante.
Durante los últimos meses de mi tesis, papá llamó a mi departamento para decirme que todo iba mas que bien, el jardín le había quedado precioso en esa primavera, me dijo además que volvió a presentarse en el coro de las misas de domingos, lo cual me alegró mucho, amaba escucharlo cantar en la iglesia. Por último, como si no fuera tan importante, comentó que tenía un poco de cáncer con lo cual vivir a partir de ahora.
¿Un poco de cáncer? Así es como mi padre hacía pequeñas las cosas que en realidad eran gigantes con tal de no preocuparme.
Una de las grandes desventajas de ser hija única y no tener madre, es que si tu padre está muriendo tienes que estar con él, cuidarlo hasta que sane o hasta que se muera y luego recién podrías continuar con tu vida. Obviamente volví a casa porque amo a mi padre y no me costó decidir, pero pasaron tres años y ni lo uno ni lo otro estaba sucediendo, el maldito cáncer no se había ido aún y lo que era peor, se quería quedar por algún tiempo que nadie podía deducir. En fin aprendí algo de todo esto, que el cáncer ahora era mío también.
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La Señorita Zali.
Misterio / SuspensoZali una joven periodista de veinticinco años vive una monotonía en su vida. Indignada por la falta de sucesos en el pueblo donde vive, terminara siendo parte de una red de asesinatos que siempre la conducen a ella. Pero lo que no se da cuenta Zali...
