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"Muchas son las aflicciones del justo,
Pero de todas ellas le librará Jehová.
Él guarda todos sus huesos;
Ni uno de ellos será quebrantado.
Matará al malo la maldad,
Y los que aborrecen al justo serán condenados"
SALMOS 34, 35. 19,20,21.

Las luces del camerino alumbraban con precisión. Me hallaba sudando de los nervios, pero parecía ocultarlo con éxito, ya que nadie me preguntó cómo me encontraba. A menos de que fueran tan egocéntricos y no les interesara en lo mínimo los sentimientos del otro.

La chica, Jacqueline, la primer modelo la cuál tuve que pintarrajear el primer día del concurso, cruzó la puerta. Vestida con un magnífico vestido corto de color crema. Sus ojos azules apagados, irradiaban odio. Hacía mí. Ya que no dejó de clavarme su mirada desde el momento que irrumpió en la habitación.

Apreté las paletas de sombras con fuerza en mi pecho, cuándo la observé sentarse en su taburete, y alzar una ceja en dirección a mí.

Aclaró su garganta: - Vamos, imbécil. No tengo todo el día cómo ya ves- sonrió con cinismo, mientras mordía sus uñas.

Miré a mí alrededor, nos encontrábamos solas en una pequeña habitación. Donde era su camerino. La pasarella se encontraba del otro lado, y en varios minutos, la muchacha enfrente mío saldría para dejar a la vista de cientos de camarografos su impactante vestido recién diseñado y nunca antes visto.

-¿Cuándo había decidido meterme en éste mundo superficial?- Cierto, cuándo descubriste todo el dinero que podían pagarte por sólo pintar un par de ojos.

Necesitaba el dinero suficiente, ahorrado, para que al salir del instituto, poder conformar la vida deseada y anhelada desde mis diez años.  Sin depender de nadie.

Suspire, abriendo la paleta de colores claros, debatida entre las ganas de trinfar y salir corriendo.

Comencé delineando el contorno de sus ojos, para luego, colocar los iluminadores.

Al terminar con mi trabajo, mordí entre mis labios un lapiz delineador, mientras Jacqueline comprobaba mi trabajo frente al espejo.
Dos golpes en la puerta, la hicieron dejar de observarse y levantarse con delicadeza mientras pasaba por mí lado sin decir palabra alguna.

Abrió la puerta, y a mis espaldas, músito: - No tenía pensado que fueras buena para algo, cerda asquerosa.

Y la puerta se cerró.

Algo parecido al dolor recorrió mi cuerpo. ¿Cerda asquerosa?

Todo a mí alrededor comenzó a girar, haciéndome perder el sentido de la orientación.

<< Cerda asquerosa. Cerda asquerosa. Cerda asquerosa. >>

Todo lo que mi mente procesaba. La respiración comenzó a fallarme.

Corrí con las pocas fuerzas que me quedaban hacía los baños públicos ubicados cerca de la salida.

Al entrar, omiti observarme en el espejo y corrí hacía los vaters individuales. Me encerre en un cubiculo, y todo lo que había dentro de mí, sin intención alguna, acabó dentro del vater, y desapareció al jalar de la cadena. No había sido provocado, pero... ¿Por qué me importaba tanto lo que aquella mujer había dicho?

Tosí, mientras dejaba escapar de mis ojos unas silenciosas lágrimas. Inspire y exhale todo el aire que fue suficiente para calmar mi ansiedad de correr por la puerta de salida.

Acomode mi chaqueta de hilo, y salí del cubiculo. Avanzando con rapidez hacía las puertas, omitiendo el reflejo de mi anatomía.

Al salir con apuro hacía la pasarella, tropecé con alguien. Un muchacho alto, de cabello rubio con algunos reflejos negros, traía unos sorprendentes ojos verdes y en su sonrisa, un fantástico piercing colgando de un costado de ellos.

Cielo Azul ©Where stories live. Discover now