Capítulo I

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29 de diciembre de 2022, Kabul, Afganistán

Era el décimo amanecer que Guillermo, un periodista barcelonés, había presenciado en un país asiático, concretamente en Afganistán. Ya había viajado allí en 2018, el peor año de su vida, ya que tuvo que ver cómo se disparaban las muertes de mujeres y niños pequeños a causa de los atentados perpetrados por grupos armados y cómo el peligro para los periodistas extranjeros aumentaba drásticamente. Era, junto con México, uno de los países donde más periodistas morían asesinados. Allí, en un hotel de la capital, perdió a uno de sus grandes amigos afganos, con el que había forjado una estrecha relación de amistad: Bashir. Los insurgentes cometieron un atroz atentado en la planta 48, donde él se alojaba.

Desde niño, una de sus pasiones, aparte del periodismo y la cultura asiática, era conocer un país de Asia. Quién le iba a decir que a sus treinta y dos años pisaría Afganistán. Ahora, con treinta y seis, sigue siendo el mismo Guillermo: crítico, curioso, observador e indagador a más no poder. Lo que sí ha cambiado es Afganistán; ahora es el imperio talibán. Acabados sus estudios de Periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona, su objetivo siempre fue trasladar al mundo lo que pocos saben, lo que no tiene cabida en los medios de comunicación, aquello que el ciudadano de a pie no conoce y que debería saber. Guillermo siempre fue un gran luchador de los derechos humanos, centrando su atención en aquellas naciones en las que no se respetaban, como Afganistán. Por eso, cuando acabó su carrera universitaria, decidió luchar por alcanzar el reto de sus sueños: hacer periodismo en el corazón de la convulsa Asia, contar lo que acontece en Afganistán, porque ese país no merece ser la tumba de los afganos; sino un país libre, donde hombres y mujeres gocen de los mismos derechos, de las mismas libertades y donde se recuerde el sufrimiento de los afganos que murieron bajo el yugo talibán.

El sol empezó a hacer acto de presencia alrededor de las cinco y media de la madrugada. Sus rayos eran débiles aún, pero era evidente que el día se presentaba frío en la ciudad de Kabul. Aquella mañana de enero las calles estaban nevadas. La blanca nieve teñía los edificios de la capital, algunos más deteriorados que otros por los 20 años de presencia internacional y de guerra civil. Su avión procedente de Barcelona, con escala en Catar, aterrizó en Kabul a las nueve de la noche, así que cayó rendido rápido en la pequeña y coqueta habitación de hotel en el centro de la capital afgana.

Planta 48, puerta 24, no pensaba tener que volver aquí de nuevo, a Kabul, al mismo hotel donde me alojaba cuatro años antes junto con Bashir y oía en la noche los estruendos de las bombas y los disparos de los fusiles, pensó mientras subía en el ascensor.

Al salir al balcón, observó izada la bandera talibán sobre un edificio, la señal de que son ellos quienes gobiernan el país, la autoridad. Triste, se peinó su corto pelo rubio frente a un pequeño espejo con ornamentos islámicos y cogió del armario su salwar kameez para evitar ser reconocido como extranjero y español.

Se había citado con la presidenta de una asociación en defensa de las mujeres y niños afganos, en Bamiyán. Se había fundado en el año 2003, en plena guerra entre EE. UU. y los talibanes, para luchar contra la tortura que sufrían las mujeres a manos de sus maridos en los hogares, a favor del derecho y el acceso a la educación y para defender los derechos de las mujeres y niños. Sin embargo, esa agrupación de mujeres liberales no era reconocida por ninguna organización internacional; era clandestina, porque tenían miedo a que las descubrieran.

El traductor que Guillermo contrató en 2018 y con el que contó en 2022, Ahmed, le esperaba a las ocho a la salida del hotel para recorrer los 180 kilómetros que separan Kabul de Bamiyán. Tras desayunar un té dulce y un pequeño bollo de pan, se dispuso a bajar a la calle. Los talibanes, con rostro adusto y poco amigable, empuñaban enormes fusiles, como si fueran —que lo son, por desgracia— las fuerzas gubernamentales que hoy se encargan de «mantener» el orden social. Controlaban el tráfico de coches, los límites fronterizos, la resolución de altercados, etc.

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