"... Condenadas a cien años de soledad no tendrían segunda oportunidad sobre la tierra" Terminaba el último de los libros sobre el planeta. Así, en las faldas de un cerro, cuyo paisaje bucólico se extendía más allá de los techos que poblaban el horizonte, Augusto cerraba la tapa de un libro (El último) y alzó la vista entrecerrando sus ambarinos ojos por el contraste del sol terminal y matutino. Inspiró agregando a sus saberes el embriagante aroma de la quieta tierra, mezcla almizcle de pasto seco y piedras asoleadas. Ignorados por la costumbre estaban tambíen, al lado de un mezquite, tomos y tomos de libros apilados unos sobre otros en tantas columnas que, si se acomodaban correctamente, servirían para construir un vecindario entero. Augusto entonces recordó aquella tarde solitaria de café y quietud donde el diablo se le apareció. Vestido de porte noblezco, rostro rapaz y afeitado, con cabello ceniciento y ojos que parecían los volcanes que le llenaban su cabeza de ceniza y hollín el diablo le ofreció un deseo, lo que él más anhelara en ese momento. Augusto, un hombre sabio pero humilde, le pidió entonces: "
.— Tiempo, Diablo, pero tiempo para leer hasta que el mundo se quede sin ingenio para más libros.
.— Algo fácil de castigar.— dijo el demonio y sin más se marchó.
Fue así como Augusto se entregó a su pasión sin comer ni dormir, pues no era necesario. Repasó antiguos amantes que leyó de niño, Tiempo de Nubes negras o el clásico Principito. Intentó con sesudos ensayeños escritos en todos los idiomas, se embarcó en Borges, Cortázar, García Marques Rulfo, Revueltas y miles autores de su idioma, soñó con la Ciencia Ficción, hasta que algunas de sus obras preferidas dejaron de ser "ficción". Se asqueó de literatura y volvió a amarla, fue Odiseo, Pedro Páramos, Percy, Diógenes, los habitó, comprendió y amó, hasta ese día, donde por fin sentía zanjada su misión, habiendo leído todo hasta que al mundo se le acabó el ingenio. Augusto observó un cielo azul.
Horas después, un jornalero de nombre Martín Aceves notificó a la policía: En la lejanía se veían miles de libros de todos los tipos. Y al lado de un mezquite, una columna de ceniza.
