Me desperté en el lujoso baño de una chica de veinte años con una prueba de embarazo en la mano.
Cuando descubrí su nombre, huí de inmediato.
Sabrina Lewis.
Ese nombre me dio escalofríos.
Porque yo conocía su historia.
Sabrina estaba destinada a ser...
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Mis recuerdos eran pocos. Era como si a esta mujer le hubieran metido semejante sobrecarga de información en la cabeza que terminaron friéndole el cerebro.
No sabía quién era, qué había hecho ni por qué demonios estaba en aquella situación. Lo único que tenía claro era una cosa: quería huir con este bebé.
No quería a nadie más.
Solo a este bebé.
Los demás podían irse directamente al infierno, quemarse allí hasta la eternidad y, si era posible, no volver jamás para molestarme.