Como siempre

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He de alistarme para ir a la escuela, pero las sábanas, que se asemejan a unas cadenas por lo pesadas que están, no dejan ir mi cuerpo. A pesar de escuchar los gritos de mi madre apurandome, diciéndome 《¡Ya levántate huevon!》 Y la alarma, que configuré para en vez de tener el molesto sonido predeterminado, tuviese mis canciones preferidas, no parar de sonar, vibrando al lado de mi almohada, seguí sin levantarme. No es fácil sacar los pies de la cama cuando lo que menos quieres es ir a la escuela y ver las mismas caras, oír los mismos chismes una y otra vez a falta de nuevos— porque los nuevos son una vez cada semestre.— y que la profesora menos sangrona de toda la escuela te responda cuando le preguntes algo que no entendiste: "Lo acabo de explicar, no lo volveré explicar solo para usted", cuando su único trabajo es explicarme, y no, no profesora no es que no le haya entendido, lo que pasa es que usted explica de la peor forma posible y no le entiendo un carajo.

A pesar de eso agradezco a los cielos por estar vivo, conozco compañeros míos que tienen dificultades mucho mayores y más desafiantes que las mis, pero las dificultades tampoco me faltan. El 《infierno》 real donde nací y vivo, Mexicali, la ciudad donde las sandalias de plástico se derriten porque el sol está a todo dar; donde lo más interesante que ver son la feria del libro y cuando algún cantante o celebridad se atreve a venir y visitar este desierto; apreciar las bellezas de mi escuela y debatirme si hablarles, solo para que al final me retracte como un cobarde, porque solo ver a los ojos a la gente ya es una actividad demasiado extenuante para mi ser.

Habiéndome levantado de la cama y desayunando en la mesa de madera que he visto desde que tenía 7 años, ya con la pintura desgastada y marcas de vasos en cada lado. Cuatro sillas para los cuatro de mi familia: mi padre, mi madre, mi hermano mayor y yo. A pesar de tener las sillas puestas de cada lado y cada uno de nosotros estar despierto, solo yo comía en la mesa, tan solitario como pareciera. Mi madre, que había preparado mi desayuno, se encontraba entretenida con la televisión viendo sus programas que parecían hipnotizarla; mi padre hacía tiempo que se había ido con el carro hacia su trabajo, del cual parecía ser esclavo, dejándonos a mi hermano y a mi sin forma de ir a la escuela; mi hermano, que pasaba más tiempo conmigo que cualquiera de los dos anteriores, es universitario y responsable, responsable de mi y del ambiente de la casa— como una luz— el humorista, amable y confiable hermano mayor, mi mayor aliado en esta vida, ocupado estudiando para el examen a pesar de ya haberse desvelado la noche anterior.

Preparándome para salir de una vez de la casa, toco el pomo de la puerta y la empujo con la rodilla porque, igual que la mesa, ya está viejita y tiene maña. Veo afuera y veo la casa del vecino que contrasta con la mía.

La suya de colores claros y blancos, a diferencia de la mía de colores oscuros que pinto mi papá hace 10 años y no hemos cambiado aunque mi mamá haya dicho incontables veces que no le gusta el color. Su perro, un husky, con ojos azules y bello en general, tan lindo que es con todos y por alguna razón siempre que me ve me ladra.

—¡Guau, guau, guau!

—Siempre he querido uno de esos... aunque un bulldog tampoco estaría mal.— dice mi hermano al ver el perro de los vecinos, como cada mañana que pasamos.

No respondo, ya le he respondido muchas veces. Ahora ni siquiera ocupa mi respuesta para continuar.

—Nuestros papas me iban a comprar uno hace tiempo, teníamos más dinero que ahora, pero cuando despidieron a mi papá en su trabajo de inmobiliaria ya no pudimos.— dijo con pesar en su cara, como cada día.

Eran las 7:10 a.m. ya iba a tarde a la escuela y mi hermano iba aun mas tatde, pues íbamos caminando mi hermano y yo en el mar de carros conocido como Lázaro Cárdenas, mi hermano hablaba y yo le contestaba con un asentimiento como siempre.

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⏰ Last updated: Feb 14 ⏰

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