Lo que sea que estés buscando no va a llegar de la manera que te lo esperas
Haruki Murakami en "Kafka en la orilla"
Cuando cumplí 19 años decidí que era tiempo de abandonar mi hogar. Mi familia y yo vivíamos en las afueras de la ciudad, cerca del mar. Teníamos una pequeña granja, con pocos animales: gallinas, vacas y algunos borregos. Ma y Pa, como solía llamar a mi madre y padre respectivamente, pensaban que era aún joven y no había empezado a disfrutar la vida como granjero.
Recuerdo ese año nuevo. Las otras familias, aún reunidas por las fiestas decembrinas, reían alrededor de parrilladas, mientras los padres hablaban cosas de adultos y los niños disparaban sus pistolas de agua.
Infancia.
Quizá para un joven con responsabilidades de adulto era algo entrañable.
Responsabilidades.
Debo aceptar que mis motivos para salir de la casa comenzaron en la escuela. No me ofrecía ninguna motivación. Recuerdo que el maestro de Geografía solo se la pasaba hablando de ríos y mares, nos pedía reportes, 10 hojas como mínimo, acerca de cómo se formaban las nubes, las montañas, el mundo, la vida, Dios, etc.; sus clases eran parecidas como un sacerdote en su homilía, como orador sin público; todo aquello mientras se la pasaba mirando las piernas, quizá buscando ver algo más, de las alumnas que incómodamente se sentaban al frente porque la parte de atrás estábamos los hombres. Atrás está la diversión, ¿no, chicos?
Responsabilidades.
Por otro lado las clases dominicales. Mi familia era religiosa. Ma me hacía ir estrictamente los domingos a tomar clases de religión. En, domingo; hasta el creador descansó en domingo. "No se toquen por las noches, Dios ve lo que hacen aunque ustedes no se den cuenta", decía el cura.
Responsabilidades.
Sin embargo lo que más disfrutaba eran las tareas de la granja. No eran malas. Me gustaba estar con los animales. Me sentía como Noé conviviendo con un millar de animales en una arca. Creía que era una forma de estar en contacto con la naturaleza. No teníamos muchos animales pero me sentía complacido en mantener limpia la granja y jugar con aquellos animalitos.
Pero a pesar de todo no quería irme de mi hogar. Solo quería un respiro, un espacio. Mi Pa, en su silencio, creo que sospechaba de eso.
Pa era un hombre recto, disciplinado, usaba lentes, pelo corto (producto de una pre calvicie) y siempre fumaba con una pipa.
Recuerdo que en una ocasión, cuando tuvimos a lo que él llamó secamente como conversación de cosas de hombres (aunque realmente para mí fue coooosaaaass de hoooombreees), me explicó que era perfectamente normal que unas mañanas amaneciera con la ropa interior húmeda, "es normal, chico, mientras que tu madre no lo vea. Solo cámbiate y refúndelo en el cesto para la ropa sucia", había comentado aquella tarde en el tejado mientras prendía su pipa, sentado en su mecedora.
Pero a pesar de todo estaba decidido. Año nuevo, vida nueva; el cliché.
En la mañana del sexto día del nuevo año me despedí de mi familia y de mis animalitos, y salté a mi cacharro: un Beetle 1100 Deluxe con capote, año 1950. De lujo. Me quedé, en aquel entonces, con la idea de que Ma pensaba que mi decisión de dejar la granja, a esa corta edad, era el estilo de vida campirano. La cuestión era diferente y Pa lo sabía pues no dejaba de sonreír al momento de despedirme; es como si previera el escarmiento de mi decisión, pero también recompensa, que más adelante tendría. "La vida no te quita sin devolverte algo a cambio", fueron de las últimas palabras que dijo Pa para mí.
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BON REISENDER
FantasyLa historia de un chico que huye de casa, pero en el camino conoce a una chica linda y un perrito muy especial. Esta es una de mis primeras historias que escribí.
