Capitulo 1 "Solo un par de cervezas"

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Helena abrió la puerta de su apartamento en y entro en él, le parecía grande y vacío. Cómo el de algún extraño, no lo sentía suyo y había que sumarle la ausencia de Deborah.
Caminó hasta su habitación y sin ceremonias se dejó caer sobre la cama.
Se quedo dormida en poco tiempo, con la misma ropa que había llevado en el cementerio, sin siquiera molestarme en quitarse los zapatos o vaciar sus bolsillos.
Las pesadillas se hicieron presentes, veía a su hermana arder en llamas y convertirse en esa cosa monstruosa, se veía a su misma dejándola caer. Escuchaba su propia voz gritando el nombre de su hermana y desde las profundidades del abismo oscuro salía un grito con la voz de la Deborah que había conocido Helena, la voz de su hermana, aterrorizada, llamándola en busca de auxilio.
Pero Helena Harper sólo podía mirar.
Un estruendoso sonido se abrió paso entre las pesadillas y la despertó.
Ella sacó el celular del bolsillo maldiciendo el no haberlo apagado y agradeciéndole a quien fuera el haberla sacado de sus tormentosos sueños.
Sin molestarse siquiera en ver quien la llamaba, contestó.
-¿Hola? -los restos del sueño eran notables en su voz.
El sujeto al otro lado de la línea lo notó.
-¡Eh, Harper! Espabila y vamos a tomar algo para celebrar que vuelves a la ciudad.
Ella no necesitaba y/o tenía ganas de celebrar nada, pero necesitaba beber algo con urgencia. Algo fuerte.
-Como jodes, Terry. Siempre quieres andar bebiendo, borracho. -le contestó ella sonriendo.
Terry Sanders era un descarado que gustaba de beber cada que pudiese, no tenía pelos en la lengua y solía decir las cosas como eran. Una de las tantas razones por las que era el mejor amigo de helena desde hacía años.
-Y tu nunca dices que no, te veo en el bar de Boris en 5.
-Como digas -colgó.
Entró en el baño y se lavó la cara, para despejarse la cabeza y despertarse del todo.
Había bolsas bajo sus ojos, consecuencia de las recurrentes pesadillas, su cabello estaba enmarañado, la ropa estaba sucia y el collar en su cuello resplandecía tanto como un anuncio de neón en la oscuridad.
Se quedó mirando el collar en silencio, después salió hasta su habitación de nuevo.
Pensó si debía cambiarse de ropa, pero decidió que no, Terry podría pensar cualquier cosa y no necesitaba eso, además le daba pereza tomar la ropa de su armario y cambiarse. Lo haría más tarde.
Tomó las llaves de su auto y salió a la calle.
El charger negro estaba aparcado en la acera, hacia tiempo que no lo conducía, le parecían años.
Se subió y encendió el motor que hizo un suave ronroneo como el de un gato, entonces condujo hacia el bar de Boris unas cuantas calles al oeste, el tráfico estaba un tanto pesado y por alguna razón él preocuparse de cosas que no fuesen evitar ser infectada, comida o asesinada, le parecían extrañas.
Diez minutos después estaba ante la entrada desgastada del bar que solía frecuentar con todos sus amigos tiempo atrás, el ambiente tenía ese olor rancio y atrayente de los años que no se quita con un simple aromatizante. Los sillones rojos estaban viejos y de algunos asomaba un poco del relleno, pero a pesar de eso, nadie se quejaba. Era cómo si formara parte del lugar y repararlo constituyera más una pérdida que una ganancia. El piso era de madera oscura y los clientes eran todos hombres con excepción de Helena, claro. Se podría pensar que ella desentonaría en un lugar así, pero no. Por el contrario ese era su sitio. Nadie lo ponía en duda. Ni siquiera el viejo y malhumorado Boris que solía ser muy directo. Cuando algo no le gustaba su bigote se movía y sus ojos grises brillaban en su regordeta cara surcada con las arrugas de la edad.
Así lo había hecho la primera vez que Helena había entrado acompañado de Terry quien en ese entonces era poco más que un muchachito enclenque que aspiraba a ser un militar respetado. La chica de cabello castaño corto y mirada desafiante parecía adaptarse al lugar y tomarlo como suyo, pero Boris no lo iba a declarar así de fácil, para empezar era una chica y ese sin duda no podría ser su tipo de lugar, pero había demostrado que lo era. Helena le había cerrado la boca al gruñón Boris y se había ganado su respeto juntó con el título de ser la única mujer admitida en ese Bar.
Si no se le conocía bien, Boris pasaría como un tipo sucio y grosero, pero en realidad tenía su lado bueno, de vez en cuando no le cobraba las cervezas a Helena y Terry, ambos le hacían compañía. Boris intentaba que remplazaran la que había perdido tiempo atrás en el accidente de Raccoon City. Su esposa y su hija de seis años habían muerto. ¿Y dónde estaba él? Había salido de la ciudad por negocios. Aveces la vida te juega chueco.
Helena Harper avanzo hacia la barra.
La iluminación del interior era tenue, la mayor parte venía de la barra y enfrente de ella sentado en un taburete con los hombros anchos relajados y ocultos bajo una chaqueta del ejército estaba Terry.
Al parecer había bebido mientras esperaba algo típico de él.
Sólo advirtió la presencia de ella hasta que se hubo sentado en el taburete a su lado.
Terry la miro sorprendido.
-Harper, estas hecha un asco -fue lo primero que dijo, una muestra de lo sincero que era. Otra cosa que Terry hacia era llamar a Helena por su apellido, lo cual se podría atribuir a su tiempo pasado con los militares de no ser porque había empezado a hacerlo desde mucho tiempo atrás.
-Tu no luces tan mal, Sanders. Aunque ya estés todo borracho, ni siquiera pudiste esperarme...
-¿Qué importa eso? Ya estas aquí ¿no? -con un gesto de la mano le quitó importancia al asunto, después se pasó la mano por el cabello rubio cortado al rape.
Helena pidió una cerveza aunque necesitaba y quería algo más fuerte.
Boris le dio unas palmadas en el hombro como gesto de saludo y se la sirvió. La espuma subía lentamente por el frío vaso.
-Que bueno que estás de vuelta Helena, este cerdo estaba empezando a agotar mis raciones, supongo que podrás ponerle un alto.
-Nadie me puede contener -alegó Terry.
Helena Harper de encogió de hombros.
-Haré lo que pueda, Boris -contesto ella con la mirada fija en el vaso que empezaba a descongelarse, dejando un charquito de agua alrededor.
-¿Dónde estabas, Harper? Desapareciste por un tiempo muy largo.
Terry Sanders se preparó para escuchar alguna historia descabellada.
Tomó su vaso en una mano y se recargó buscando una posición cómoda, cuando hubo terminado miró a Helena expectante.
Aunque Helena Harper no tenía intenciones de dar explicaciones o inventar alguna anécdota medianamente normal con la cual relatar la muerte de Deb.
Se limitó a tomar un largo trago del líquido ambarino que resbalo en su garganta y le infundio poco a poco la valentía que necesitaba.
-Estuve por ahí... -empezó a dar rodeos, aún no era suficientemente valiente.
Pidió que le llenasen el vaso.
Boris lo hizo sin rechistar.
No le preguntó cual era su repentina necesidad por beber tan a prisa, aunque la curiosidad le picaba como una comezón persistente.
Cuando Helena pidió tequila, Boris le sirvió. De nuevo no hizo preguntas.
Tampoco le comento que era la primera mujer que bebía de esa forma. ¿Qué sentido tenía?
Tal vez el viejo y barrigón Boris sabía lo que le ocurría a Helena, las personas que han sufrido un tipo de dolor suelen reconocerlo en otras personas.
Helena Harper y Terry Sanders, un par de amigos normales, bebiendo en un bar normal pero de forma descontrolada.
Ya no era beber para celebrar, ahora parecía un reto para ver quien caía primero.
Ni uno ni otro se rendirían sin luchar.
Se acabaron tres de las mejores botellas de tequila.
Sus gargantas parecían hechas de fuego y sus ojos de agua.
Empezaban a ponerse borrachos, eso debió ser suficiente aviso para que Boris interviniese o para que la siempre responsable Helena se retirara. Pero nada de eso ocurrió.
Terry empezó a reírse y decir incoherencias de las cuales Helena también se reía a carcajadas.
No había nada gracioso, ni mucho menos. Todo era producto del alcohol en sus cuerpos.
-¿Sabes? deberíamos ir a otro lugar, Harper -dijo Terry arrastrando las palabras al tiempo que le pasaba un pesado brazo por los hombros a Helena.
-¿Qué sugieres Sanders? -le siguió el juego con su propia voz de borracha. Su resaca merecería estar en los récords mundiales.
Ella sujetaba el peso de su amigo con facilidad, estando sobria, al menos.
En su condición actual parecían más bien un par de locos.
En ese momento la puerta del lugar se abrió y por ella entró Leon Kennedy.
Helena casi dejó caer a su amigo por la impresión. ¿Qué hacia él precisamente en ese bar?
Miró hacia otro lado, el alcohol empezaba a jugarle chueco.
Leon reparó en la escena que tenía enfrente, analizándola con curiosidad.
Le intrigaba saber la razón que había tenido Helena para terminar en ese estado haciendo semejante ridículo.
Un sentimiento de malestar de instaló en él al percatarse de como el sujeto dejaba caer su peso en el cuerpo de ella.
No era que creyese que Helena era incapaz de soportar un peso así, pero le molestaba que aquel tipo tuviera mucha confianza con ella.
Terry caminó con ayuda de Helena hacia la salida y pasaron enfrente de Leon quien no les quitaba la vista de encima.
Antes de que pudiesen salir Leon preguntó:
-¿A dónde vas, Helena?
Ella soltó una risa.
-¿A dónde vamos Terry? -se dirigió a su amigo.
Leon se empezó a molestar. La irresponsabilidad de ella le estaba sacando de sus casillas. ¿Cómo era posible que no supiera a donde iba a ir? O peor aún ¿acaso no sabía que su... ? ¿amigo? ¿Novio? Fuese lo que fuese, ¿estaba tomado?
El tal Terry empezaba a caerle mal. Muy, muy mal.
-No me acuerdo... -contestó Terry.
Leon empezó a fantasear con la idea de apuntarle con su arma. Por desgracia no podía hacer uso de ella con civiles.
En ese momento Helena se soltó del agarre de su amigo y se dirigió tambaleante hacia una lámpara de poste rojo sobre la cual alguien había dejado un sombrero negro.
-¿Me hablas a mi? -se señaló a sí misma.
Como era de esperarse no hubo respuesta.
Leon la miro con el ceño fruncido. ¿Ahora qué demonios le pasaba?
-¡Maldita zorra lagartona! -le grito a la lámpara con la que al perecer discutía ante la mirada atónita de Leon, Terry y algún que otro presente borracho.
Helena de acercó aún más a la lámpara. Le hundió el dedo índice donde se suponía debería estar el pecho.
-Alejate de mi hombre o te rompo el cuello con el tacón perra de mierda -amenazo ella a la indefensa lámpara.
Leon y Terry intercambiaron una mirada rápida como preguntándose el uno al otro. ¿Quién es su "hombre"?
Ninguno sabía.
Helena debía dar muchas explicaciones cuando recobrase la cordura.
Por su parte Leon se sintió incapaz de seguir contemplando tanta humillación, así que antes de que helena de lanzara a los golpes, la tomó por la cintura y la sacó del lugar mientras ella daba desacertados golpes y patadas al aire. Uno de ellos le acertó en la cara a Leon pero ni así llama soltó.
-Bajame, puedo... caminar sola -afirmó ella.
-¿Cuanto has bebido? -le pregunto Leon ignorando su petición.
-Sólo un par de cervezas...
Era una mentira, se tambaleaba como venado recién nacido. Pero él la bajó, el golpe en la mejilla empezaba a escocer.
Ella golpeaba fuerte. Había que reconocerlo.
-¿Ahora qué vas a hacer? -Leon se la quedo mirando, esperando con atención su respuesta.
-Me voy a mi casa -contestó mientras caminaba tambaleante entre el estacionamiento iluminado apenas por la farola de la calle.
La noche era fresca, tal vez demasiado y ella estaba desabrigada.
«Va a pescar un resfriado» pensó Leon mientras la seguía por el lugar.
Se quitó la chaqueta dispuesto a dársela a ella.
-Llavesitas... llavesitas... -silbó Helena.
-¿Qué haces? -él se la quedo mirando a través del flequillo.
-Buscar mis llaves -susurró ella y continuó su búsqueda.
-Helena...
No le hizo caso.
-Helena... -intentó de nuevo. Nada.
Se acercó a ella y le tomó la mano para ponerla frente a su cara.
-Las tienes en la mano.
Helena abrió los ojos con sorpresa y se echó a reír.
-Pff... ya lo sabía, sólo te estaba probando.
Le dio unas palmaditas en el hombro y se encaminó a su auto.
Se paró frente a la puerta e intentó meter la llave sin éxito.
-Helena...
-Shh... déjame concentrarme.
-Helena...
-Leon, hablo enserio.
-Helena, esa es la ventana -León intentaba sin éxito no demostrar su exasperación y la diversión que le causaba el verla a ella en ese estado.
Efectivamente. Confirmó Helena. Era la ventana.
-Yo te llevaré a tu casa -sentenció él en un tono que no admitía replica alguna.
Ya estaba bien de espectáculos. No la dejaría conducir en su estado, podría tener un accidente. ¡Si ni siquiera podía caminar, mucho menos conducir! La tomó del brazo para evitar que se cayera e intento guiarla a su auto.
Ella se soltó en un arranque de necedad.
-No hace falta, yo puedo conducir.
Sus ojos empezaban a cerrarse y Leon confirmó que no podría hacerlo. Decidió que la llevaría, así tuviese que hacerlo por la fuerza.
-No te librarás de mi tan fácilmente -sonrió.
Ella se volteó y lo siguió con resignación, dejándolo guiarla. Leon aprovecho para colocar la chaqueta sobre los brazos desnudos de Helena con delicadeza.
Ella balbuceó un gracias.

Leon ayudo a Helena a subir a su auto, la acomodó en el asiento y vio como sus ojos se cerraban con sueño. El corto cabello castaño le cubría parte de la cara.
Cuando él se inclinó para abrochar el cinturón de seguridad se percató de su respiración constante y regular.
Se había quedado dormida.
Negó con la cabeza sonriendo.
Cerró la puerta y se dispuso a conducir.
En realidad Helena no estaba dormida del todo, estaba en ese pequeño lapso entre la conciencia y la inconsciencia que precede al sueño.
Aunque sí, durante el viaje se durmió.
No se dio cuenta de que Leon la llevo en brazos al apartamento, rebusco en sus bolsillos por la llave e hizo una hazaña digna de un malabarista al sostenerla con una mano mientras con la otra abría la puerta.
Tampoco supo que el la recostó en su cama y le quitó los zapatos para que durmiese cómoda. Le dejó la chaqueta porque le pareció que la necesitaba y tal vez un poco por la sensación que le provocaba el que ella tuviese puesto algo que le pertenecía a él.
Los hombres y sus formas tan raras de sentirse propietarios de algo o alguien.
Helena Harper no supo que Leon Kennedy se quedo mirándola dormir un largo rato aún después de haberla cubierto con una manta. Él tampoco se lo diría.
Al final, se dirigió a la sala y se recostó en el sofá.
No podía regresar a su apartamento y dejarla así, conocía miles de formas en las que ella podría morir y se negaba a permitirse un descuido. Había decidido quedarse por sí ella necesitaba su ayuda, al menos eso se decía a sí mismo.
Se quedó mirando al techo pensando en la mujer que dormía en la habitación contigua. Rememoró sus escenas de la noche y no pudo evitar sonreír hasta que recordó a Terry sujetándola.
«Vaya, imbécil» deseó poder usar su arma con idiotas como él...
"Alejate de mi hombre... " recordó la voz de Helena en el bar. Sabía que no hablaba de él o de Terry (le aliviaba que no fuera de aquel tipo) pero le inquietaba no saber a quién se refería. ¿Quién era su hombre?
¿Pedirle a Hunnigan esa información sería muy extremista? De todas formas ¿la tendría ella?
Se quedo dormido en el sofá a medio plan.

La luz del sol que entraba por la ventana del cuarto de Helena se sentía endemoniadamente brillante, como tener una enorme bombilla ante la cara.
Con cada movimiento por más ligero que fuese, la cabeza le martilleaba y quería vomitar hasta su alma sí eso era posible.
El regusto rancio del tequila seguía en su boca.
Consideró la idea de no volver a tomar por un tiempo.
Cuando abrió los ojos (algo que dolía y mucho) se encontró con un vaso lleno hasta el tope con bebida energética y soda, a un lado descansaban un par de analgésicos.
Se estiró con mucho esfuerzo y dolor hacia la mesita de noche que parecía estar a kilómetros de distancia.
Su cerebro tardaba más que una computadora lenta en procesarlo todo y le costaba recordar la noche anterior. Esta parecía una mancha borrosa en su memoria.
Le desconcertaba el no saber como había llegado hasta su departamento y más aún hasta su cama. La reconfortaba el hecho de estar vestida.
Entonces sintió el cuero sobre sus hombros y el corazón le dio un vuelco en el pecho al identificar a Leon como propietario de la chaqueta.
No tardo en sumar dos más dos y suponer que el la había encontrado en el bar de Boris, a juzgar por los síntomas épicos de la resaca que la atormentaba. Comprendió que había estado muy ebria.
Deseaba no haber hecho nada ridículo.
Pero ya era algo tarde para eso.


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