EL CÁNCER DE MAMÁ

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El cáncer de mamá

Mamá me desborda en ocasiones con su cariño. Intento corresponderle, pero me es insuficiente; aun así, concuerdo con lo que me mencionaba mi padre: «Siempre buscarle una muestra de amor en nuestros términos».

Hace un par de años, mi madre hizo una de las mejores fiestas de cumpleaños que pude tener. Recuerdo haberme, ahora que lo pienso, contagiado más de su exaltante actividad por hacerme feliz, que por la idea de cumplir 6 años. Me entusiasmaba cómo colocábamos la serpentina por toda la casa, los globos en cada esquina, y por supuesto el deseo de comerme el mejor pastel del mundo. Me regañó muy fuerte por querer robarme un pedazo, mi padre le llamó la atención y discutieron durante mucho tiempo, una pelea que yo ocasioné, por querer tomar el pastel, pues mi madre siempre decía que todo debe ser perfecto, y el no hacerlo, implicaba que nuestra existencia fuera insufrible.

Después de todo altercado y de haber puesto todo en su lugar, sólo esperando a que llegaran mis amigos; mi madre me contaba mientras recorría cada lugar de la casa, ubicando cada cosa en su perfecto estado, que: cuando ella era niña, nunca tuvo un cumpleaños como el que me estaba preparando, decía que sufrió mucho, que debía valorar en lo más profundo de mi corazón, lo que ella hacía por mí.

De pronto, tocaron el timbre, mi perro comenzó a ladrar y las risas de unos niños me indicaron que quizá mis amigos habían llegado. Mi madre los recibió mientras les contaba sin parar a sus padres, lo agradecida que estaba con ellos por dejar a sus niños venir. Después, saltó al tema de lo difícil que fue conseguir el pastel y el escándalo que tuvo que hacer, también les platicó todo lo genial que había adornado la casa para mi cumpleaños. Me sorprendió lo rápido que puede conversar mi madre. Sin embargo, el tonto padre de un disque amigo, pisó el zapato de mi madre, y con justa razón, lo empujó, y enojada le pidió que se fuera con su hijo. Estuve en total acuerdo, pues mi madre siempre cuidó su apariencia y su lema de perfección en sus prendas, era un claro ejemplo, y que un tardo no fije correctamente su actuar, es imperdonable.

Eso no apagó el carácter de mi madre pues ya dentro y con mis invitados queridos, nos supimos divertir. Ella nos hacía reír, bailaba, cantaba, era asombroso.

En un momento de gran diversión, mi padre quiso bajarla de una mesa, pues, comentaba que mis amigos se estaban sintiendo incómodos. Vaya tontería, si ellos se alejaban era porque no podían con el asombro de ver una madre tan genial. La llevó jalando del brazo a su habitación, lo cual me asustó ya que mi madre le gritó que la estaba lastimando.

Mi madre, no bajó en toda la fiesta, mi padre fue quien me cantó las mañanitas y me prendió las velas en el pastel. Y cuando le pregunté sobre por qué no bajaba mi madre, contestó:

­­—Se siente mal, no la vayas a molestar ¡eh!

A lo cual asentí con la cabeza.

El tiempo restante de mi fiesta, recibí algunas burlas por como se comportaba mi madre, pero mis supuestos amigos, nunca sabrán que es tener una madre que en verdad te haga feliz.

Me gusta reavivar ese recuerdo, y lo divertido que fue cuando mi madre aún no se quedó encerrada en el cuarto.

Los años posteriores nunca volví a tener un cumpleaños semejante, mi padre cada vez me restringía el contacto con ella, y sólo en ocasiones me dejaba entrar en su cuarto cuando me decía que estaba más tranquila, las otras veces sólo recorríamos la ciudad hacia hospitales, farmacias, consultorios y lugares donde cuestionaban a mi madre y la hacían sentir mal, pues siempre salía llorando. A mi padre lo vi cada vez más irascible. Siempre, cada noche, sin falta alguna, escuchaba sollozar a mi madre mientras oía a mi padre consolarla. Intenté investigar que tenía ella, pero la verdad es que no sabía que buscar. Me aparecían tantas enfermedades que era imposible escoger alguna. El cáncer parece estar de moda... elegí esa.

Todo fue de mal en peor como si el problema creciera desmesuradamente, se dividiera y atacara todas las áreas de mi vida. Mis supuestos amigos ya no me hablaban, me señalaban como el raro, decían que me comportaba como mi madre. Mi padre no podía solventar los gastos y me sacó de la escuela, la comida era horrible, y tuvimos que mudarnos a un lugar más pequeño.

Él se encerró en su cuarto y desde entonces no me responde. Antes de que me ignorara, me comentó muy enojado:

—Ya no sé qué hacer, nadie sabe lo que tiene... ¡Nuestras vidas se arruinaron por el cáncer de tu madre!

Y pensé: «Dijo que nadie sabía, pero él lo mencionó, soy muy listo, igual que mi papá. Ahora sé, que todo lo que nos sucedió, fue por el maldito cáncer de mamá». 

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