Manejar herramientas tumbado de espaldas no era fácil con aquel incesante dolor en el pecho, y cuando se le resbaló la llave inglesa, la mano de Jungkook se estrelló contra la palanca de cambios. Sintió un gran dolor, y la parte inferior de su Mercedez del setenta y del golpe juro ver estrellas.
—Maldita sea —sus palabras se perdieron bajo la música rock que sonaba en el garaje. La sangre de los nudillos le cayó sobre la camiseta. Se giró hacia la derecha y las costillas gritaron en protesta, provocando en él un gemido de dolor cuando se sacó un trapo del bolsillo de los vaqueros y lo lio alrededor de la muñeca.
El pecho seguía enviándole angustiosas señales, pero el lado positivo era que el escozor de los dedos superaba ahora el dolor del brazo izquierdo que le acompañaba desde hacía dos meses.
Porque Jeon Jungkook, antiguo campeón del circuito americano de automóviles de serie, nunca hacía nada a medias. Ni siquiera meter la pata. Había terminado su carrera con estilo, dándole una vuelta de campana al coche y entrando en la línea de meta cabeza abajo antes de estamparse contra un muro.
Estaba acostumbrado al dolor. Y aunque meterse bajo las tripas de su Mercedez iba contra las órdenes del médico, Jungkook iba a terminar aquel proyecto aunque le costara la vida.
La música se detuvo. La voz de Springsteen se paró a media estrofa, y un par de sandalias de tacón avanzaron hacia el coche. Las uñas de los pies pintadas de color canela. Tobillos bonitos. Pantorrillas esbeltas y bien formadas. Lástima que el resto quedara bloqueado por la parte inferior del coche. Aquellas piernas bonitas estarían probablemente cubiertas por una falda. Desde su posición, si movía un poco la plataforma sobre la que estaba tumbado, podría tener una visión completa.
Se podía saber mucho de un Omega por la ropa interior que llevara puesta.
El dueño de las piernas se inclinó delicadamente con las rodillas juntas hasta que su rostro apareció debajo del coche. Tenía unos ojos oscuros y exóticos y el cabello brillante del color de la miel.
—Hola, señor Jeon —la voz era suave y cálida como la miel caliente. Sonreía con entusiasmo auténtico—. Bienvenido a Seul.
Bienvenido a casa, Jungkook. Como si una lesión que ponía fin a su carrera a los 28 años fuera una bendición.
Jungkook se quedó mirando al intruso.
—Ha interrumpido usted a Springsteen.
Él no dejó de sonreír.
—Soy Kim Taehyung —hizo una breve pausa—¿Ha oído mis mensajes?
Kim Taehyung. El Omega loco que no aceptaba un «no» por respuesta.
—Los cinco —-le confirmó Jungkook con ironía. Volvió a centrarse en el trabajo para hacerle ver que no quería saber nada de ella—. No me interesan las maniobras publicitarias —afirmó.
No estaba interesado en la publicidad. Punto.
Antes le gustaba. Vivía para ella, qué diablos. Y sus seguidores eran absolutamente leales, le seguían por todo el circuito de carreras apoyándole incondicionalmente, en lo bueno y en lo malo. Lo que solían hacer los padres.
Excepto los suyos.
¿Y qué se suponía que tenía que decirle ahora a la prensa? ¿Menudo accidente tan espectacular? ¿Y qué había que decir sobre la suspensión con la que le habían castigado los técnicos? Aunque por supuesto, eso fue antes de que todos supieran que aquella decisión tomada en una décima de segundo le había costado algo más que fractura de costillas, de un brazo y una bonita conmoción. Le había costado la carrera.
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Cita perfecta
FanfictionEn un rincón del cuadrilátero, representando a los Alfas, está Jeon Jungkook, el ex piloto más sexy de Busan. Él cree que los hechos hablan más que las palabras. Participar como famoso en un concurso de coqueteo en el que cada mensaje es analizado c...
