Nido

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Nido

Cuando abrí los ojos observé con claridad todas sus plumas lo que antes era un traje bastante obscuro y aterciopelado. Con su ser desnudo pues había terminado con lo que su retorcido libido le exigía, sin mirarme pues estaba enrollando su cigarro, dijo con un interés fingido "cuidado al bajar, ya sabes lo peligroso que es estar acá arriba y como te pones después de una de nuestras peleas". Inexplicablemente estábamos en un nido ubicado en la copa de los árboles. Así que entré por una puerta de mi tamaño, él sería incapaz de retorcer su ser para entrar ahí, y empecé a descender.

Un sinfín de preguntas invadían mi mente, y sabía que tenía las respuestas, los recuerdos, así el número de repeticiones de las que me hallaba recorriendo estos escalones. Pero no quiero pensar en eso, lo quiero olvidar.


Ignoro cuanto llevo descendiendo estas escaleras de caracol, desde que tengo uso de razón veo los peldaños que bajo y nada más que la pared de madera que me encierra los ojos al exterior. Alicia en su cuento del país de las maravillas, tenía más pensamientos en estas situaciones que yo, sólo puedo avanzar y conservarme en este estado de shock que, no me deja rememorar ni cuestionarme de dónde vengo o a donde voy. Por alguna razón estoy descendiendo y confió lo suficiente en mi para saber que terminaré la empresa que empecé.

Pudieron pasar días o meses para llegar hasta el fin de las escaleras en dónde el peso de mí ignorancia empezó a temblar en mis huesos, he llegado a mi destino y me siento un infante al cual lo ha dejado su madre en el parque. Avanzo en el camino de grava roja apreciando la flora exótica, la mirada sutil de las hojas para las que soy un extranjero se cubrían entre colores verdes y azules. Cada paso la penumbra se vuelve más tupida y los árboles más altos y robustos lo que era un claro camino ahora sólo es una hilera de piedras escarlatas.

Una ruborizada Amapola me dirige la palabra mientras me sigue la marcha, me cuestiona cosas de las que no tengo respuestas, yo decido hacerme el sordo y seguir avanzando. Algo que había aprendido en la Ciudad de México es que no debes parecer extranjero o perdido, si lo hacías te pones en riesgo. Insistente la Amapola cambia la dirección de la conversación y se presenta con un acento que insinúa que la debería de reconocer, con la información que me acaba de brindar, se atreve a cuestionarme "Si recuerdas que este camino te va a dirigir a la casa Corvo". Apegándome a no parecer desubicado le contesto "Yo sé a dónde voy" me faltó carraspear mi garganta antes y por eso hable con la voz de gelatina sabor duda.

Amapola Ababol, embajada de los campos, de mediana edad. Se tomó el atrevimiento de escoltarme, insistió en no manchar el nombre de "los campos" nombre de la región que no se parecía a los campos amigables que conocía, esos eran de agricultura, llamados Milpas. Esto era más un bosque, no podía cuestionar nombres ajenos cuando no sabía el mío.

Con el sudor empapando mi camisa, mi cabello mojado y escurriendo, mis pies habían engendrado bolas. Yo no sabía hasta donde iría caminando con esta escolta/guía por la que debía mantener mi fachada. Así que disimulé amarrarme la agujeta para estimularla a soltar un poco de información: "¿Qué haces? Ya casi llegamos." "Espera, sólo me ato el zapato". Por fin una victoria.

Al llegar a la casa Corvo esperaba que mi compañera se fuera, pero sólo fue una falsa que me había imaginado, como esas veces en donde mis amigos me dejaban en mi casa, se esperaba hasta que la puerta estuviera abierta para retirarse. Grité desde la puerta "Hola, soy yo, ya llegué" Esperaba que algo pudiera hacer sobre la marcha, por eso todas mis respuestas eran tan inconclusas. A los minutos un largo y huesudo Corvo salió de su casa, abriéndose paso entre tanto hierbero que nos miraban con sospecha desde hace rato. Su nariz como pico se vio opacada por su sonrisa al verme, tuvo que inclinarse bastante para acercarse a mi rostro a través de los barrotes oxidados. "¡Ah! Eres tú, pasa. Gracias Ababol por cumplir tú tarea, me saludas a tu padre". Me despedí Amapola que se sintió desconcertada cuando entramos y la dejamos excluida.

La casa era de techo alto y de atmósfera lúgubre. Estar al lado del imponente, seguro, pero algo ciego y sordo de mi anfitrión me mantenía con las nalgas fruncidas como en todo el camino si no es que más pues me había encerrado con este desconocido. Me aferro al principio de no parecer extraviado así que aun que este sudando y temblando no bajaré la postura de saber lo que estoy haciendo. Le pregunto al dueño "¿Qué es lo primero que hare?". Y el con su sonrisa que parecía tornarse más y más grande acaparando gran parte de su cara, me contestaba divertido "Primero tienes que ver por lo que te traje" y así es como lo que parecía una casa no te grande tenía otras escaleras hacia el subsuelo en las cuales me inmiscuí siguiendo mi curiosidad. Me di cuenta de que mi memoria funcionaba bien ya que mi cerebro relacionaba estas escaleras con las del inicio. Llegando a la habitación teñida de neón Corvo me tomó de la cintura para arrastrarme a él, mantuve la postura de saber que era lo que estaba haciendo para no perder el control inexistente de la situación. Correspondí a su caricia abrazándolo delicadamente, él más tosco sonreía depravadamente y metía su feral lengua dentro de mi boca. Perplejo la dejé abierta y cerré los ojos, para mi mala sorpresa sentía su agresivo actuar avanzar hasta mi garganta.

Entre en mi misme, como si la bruteza del agresor me hubiera revuelto el cerebro. Traté de separarme, pero este me sujetaba con su brazo lleno de plumas, así que intenté con mayor fuerza. Y sin soltarme interrumpió lo que estaba haciendo y ordeno "¡Quédate quieto!". Aproveche para darle un cabezazo achatándole el pico aun que me dejó una secuela más grande en mi frente. Por instinto me arrebató con mayor fuerza para después arrojarme contra la pared.

Cuando abrí los ojos observé con claridad todas sus plumas lo que antes era un traje bastante obscuro y aterciopelado. Con su ser desnudo pues había terminado con lo que su retorcido libido le exigía, sin mirarme pues estaba enrollando su cigarro, dijo con un interés fingido "cuidado al bajar, ya sabes lo peligroso que es estar acá arriba y como te pones después de una de nuestras peleas". Inexplicablemente estábamos en un nido ubicado en la copa de los árboles. Así que entré por una puerta de mi tamaño, él sería incapaz de retorcer su ser para entrar ahí, y empecé a descender.

Un sinfín de preguntas invadían mi mente, y sabía que tenía las respuestas, los recuerdos, así el número de repeticiones de las que me hallaba recorriendo estos escalones. Pero no quiero pensar en eso, lo quiero olvidar.

Adria Mantícora, 2022

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