Me senté en aquella esquina del cementerio, mi lugar seguro, nada ni nadie podría hacerme daño en esa fúnebre pero acogedora estancia; Mi cuerpo entró en tal estado de clama que me quedé dormida casi al momento.
Había perdido la noción del tiempo cuando un estruendo retumbó en mis oídos, una bomba hundió el firmamento a mi al rededor mientras dormía y yo me quedé inmóvil en la única superficie restante. Miré a la izquierda, luego a la derecha y, finalmente, reuní el valor para mirar bajo mis pies. Un incendio arrasaba con todos los cadáveres de los allí enterrados mientras sus almas en pena se alzaban y rompían todo a su paso. A día de hoy sigo sin saber cómo salí de allí pero cuando lo hice, corrí corazón en mano hacia la civilización, los reuní a todos: Policías, militares, sanitarios, reporteros, ciudadanos comunes e incluso brujas del pueblo.
Al llegar al cementerio las almas seguían allí, destrozando para calmar su rabia, pero nadie vio nada. Me tomaron por loca y me encerraron en un sanatorio donde, día sí y día también, esos seres se turnaban para visitarme y reírse de mí.
