Salí de comisaría, cansado de trabajar pero con un enorme sentimiento de orgullo y satisfacción por haber atrapado a aquel sádico hombre que despellejaba vivas a mujeres; Era noche lluviosa y con dificultad divisé mi vehículo en el aparcamiento, exhausto me subí y conduje hasta mi casa con unas ganas inmensas de abrazar a mi hijo y besar a mi mujer.
Abrí la puerta del recibidor para encontrarme con la escena más desgarradora jamás vista y por ver, tanto para una persona como para un padre. Mi mujer sostenía el cadáver de nuestro hijo y, en su otra mano, un cuchillo ensangrentado. Nos miramos fijamente a los ojos. Lo último que recuerdo es su sonrisa macabra y su rostro manchado de rojo.
