La casa de los Brown era enorme y se veía aún más majestuosa en la colina. La luz de aquel radiante día entraba por la ventana haciendo difícil continuar durmiendo.
— Venga Tom. Es hora de despertarse —dijo una mujer morena y alta—. Que te has dormido.
— Ya voy... ya voy... —dijo él desperezándose en la cama—.
— Fuiste tú quién quería madrugar un sábado —dijo ella encogiendo los hombros—.
Él se sentó en la cama y se crujió el cuello. Luego observó el calendario y suspiró: — Una semana.
Su cumpleaños se acercaba, y aunque para muchos adolescentes de diecisiete años eso era una razón de peso para alegrarse, para él era un temor constante.
Tenía cuatro hermanos. Tenía.
Por diversos motivos sus hermanos habían muerto en algún accidente a los dieciocho años.
Se había quedado solo, y ahora vivía con miedo a llegar a esa edad.
Sus padres insistían que debía quedarse con ellos y así estaría a salvo de cualquier cosa, pero eso no le tranquilizaba.
En una ocasión tuvo un accidente en el que fue atropellado al ir en bici, y sus padres lloraron de alegría y se abrazaron cuando él despertó y estuvo fuera de peligro.
Jamás supo por qué, pero él estaba seguro de que estaban malditos. No había otra explicación.
Aquella mañana sus padres parecían más animados de lo normal, y el mayordomo había preparado aún más comida para desayunar que de costumbre.
Jeffrey le sirvió una gran taza de chocolate caliente con churros, y también le ofreció croissants y muchos más dulces.
— Y dime Tom ¿a dónde tenías pensado ir? —preguntó su padre comiendo una tostada con mermelada—.
— Iba a dar una vuelta con los amigos —respondió—.
— Ten mucho cuidado. Ya casi... —dijo él con preocupación—.
— No digas sandeces —dijo su madre—. Ni que fuera a pasarle nada. Pásalo muy bien hijo.
— Muchas gracias mamá —dijo él limpiándose el chocolate de la boca—.
La tarde fue de maravilla, y jugó al baloncesto con sus amigos hasta que acabaron todos agotados. No es que fuera el mejor del mundo, pero se le daba bastante bien.
Sus padres tenían una casa enorme, y nunca dejaba de sorprenderle al compararla con las que tenían sus compañeros de clase. Les había tocado la lotería en más de una ocasión, y no les había faltado nada desde entonces.
Su gigantesco portón se abrió con un chirrido cuando entró y entró en casa.
— ¡Ya he llegado!
Dejó las llaves en el cuenco donde las dejaba siempre, y se dió cuenta de que nadie le daba la bienvenida.
— ¿Mamá? ¿Papá?
Nadie respondió.
Por primera vez en muchos años estaba sólo en casa, y una extraña sensación lo invadía.
Sus padres siempre estaban estaban allí, y trataban de estar al menos uno de ellos siempre para que él no estuviera solo, pero algo había cambiado ese día.
Solían estar encerrados en el sótano trabajando en nuevos diseños de ropa, ya que su madre trabajaba como sastre a pesar de que no les hiciera falta ganar más.
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Ritual
HorrorTom es el quinto hijo de una familia millonaria, que descubrirá una terrible verdad acerca de la muerte de sus cuatro hermanos.
