Justo en el momento en el que pongo el pie sobre la gravilla del camino, levanto la cabeza y me encuentro con lo que, seguramente, sería el sitio más bonito que he visto en mi vida.
El último lugar de la lista, una estación de tren abandonada hace varios años.
El edificio de recepción estaba medio destruido y de sus ventanas y boquetes crecían hiedras y plantas diversas, además del musgo que crecía sobre la piedra que lo formaba. Al mirar más allá, un campo enorme de múltiples especies de flores formaba pequeñas constelaciones en un firmamento de color verde. Y frente a mí, un enorme vagón de pasajeros que estaba empezando a oxidarse y no parecía haberse movido del sitio en varios años.
Un sitio realmente precioso a mi parecer.
Casi inconscientemente deslizo mi dedo índice por la superficie lisa y fría de mi cámara de fotos, la cual llevo colgando al cuello y parece estar llamándome para que la encienda y capte este momento para la prosperidad, pero aún no. Aún no es el momento perfecto.
Empiezo a caminar en dirección a las puertas del vagón, mientras examino con atención los dibujos que hay sobre el óxido, dejando una textura algo agradable a la vista. Casi he olvidado que llevaba los auriculares puestos de lo inmerso que estoy en mis pensamientos, y no es la primera ni la última vez que me ocurre algo así. Y hubiera preferido seguir pensando en otra cosa que no fuera la canción de Arctic Monkeys que hay atravesándome los tímpanos y dándome malos recuerdos sobre Spencer y el resto.
Joder, cómo odio recordarles a cada paso que doy.
Me obligo a mí mismo a quitarme los cascos a la vez que pongo un pie con desconfianza sobre el suelo del vagón y me estremezco con notoriedad al escuchar el chirrido bajo mi suela. ¿Era tan buena idea haber venido a un lugar como este?
Casi que no, pero entonces echo la vista atrás y veo que está empezando a atardecer. No he caminado durante media hora entera sólo para volverme a casa con la galería de fotos vacía. Y si tan sólo hubiera sabido lo que me espera al otro lado de esas puertas anaranjadas y rojizas, sé que hubiera venido mucho antes.
Al subir al vagón noto cómo chirría el suelo bajo mis pies, y aunque no me gusta demasiado el sonido, ya es muy tarde para echarme atrás.
Agarro mi cámara con la mano derecha, haciendo círculos sobre el obturador de la cámara mientras camino por el vagón, entrecerrando los ojos por los últimos rayos de sol que se cuelan por las ventanas.
Al bajar la mirada al suelo veo el montón de basura que hay en el lugar; cigarros consumidos a mitad o al completo, latas de lo que parece ser cerveza, algún que otro mechero sin gas... En parte me alivia saber que no soy el único que ha pasado por este lugar y quiero pensar que no soy el único que ha tenido miedo de cómo cruje el suelo.
Pero los crujidos no son lo único que llega a oídos míos. También escucho lo que parece ser... alguien llorando.
Al parecer no estoy solo en este lugar y no sé si eso me alivia o me aterra. Ahora sí que detengo mi paso y me cuestiono si dar media vuelta y regresar a casa. Pero...
El llanto de esa persona se me hace tan débil y vulnerable que apenas necesito pensar para verme a mí mismo llorando en mi habitación, evitando hacer ruido para que mis padres no entraran. Y eso hace que se me haga un nudo en el estómago.
Definitivamente tengo que hacer algo, pero, ¿el qué? Tal vez sea, yo qué sé, un drogadicto en medio de un brote psicótico o... Joder, ¿no me estoy emparanoiando demasiado?
Me obligo a mí mismo a avanzar hacia el sonido y en una esquina del vagón veo a alguien sentado en una esquina y suelto la cámara, dejando que cuelgue sobre mi pecho mientras detengo el paso frente a aquella persona.
Al momento los llantos del contrario cesan y veo que asoma sus ojos, cruzándose con los míos.
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Ceniza sobre un suelo oxidado
RomanceTW: Menciones de autolesión y suicidio Le conocí en una estación de tren, abandonada de hace años, ambos acabando allí por querer huir de nuestros problemas. Sus ojos llorosos me hicieron jurarme a mí mismo que protegería a ese chico con todo. Su n...
