Era hermoso a fin de año cuando al llegar las fiestas nos juntabamos todos los miembros de la familia grande: abuelos, tíos, y particularmente los primos, que eran la invitación a jugar hasta tarde y ahí se comía o se cenaba y se la pasaba muy bien.
En todas las familias hay un tío especial. Este sabía contar muy buenos cuentos y chistes.
Mi tío contaba que una vez se sirvió el vermut, corto el queso y, cuando estaba cortando el salame para la picada se le apareció un ser transmundano. El bicho de un tamaño similar al de un ser humano estaba hecho aparentemente de humo y le prometió tres deseos. Le pidió un gran amor, tener trabajo siempre y poder contar buenos cuentos, y que así fue feliz pues se los fue concediendo.
Mi tío decía que había conocido al genio de las picadas, que suele aparecer en salames y otro tipo de embutidos.
Los niños de la familia le creíamos y esperábamos con ansiedad las picadas de cada año en época de fiestas, con los cuentos del tío.
Los adultos murmuraban que era un mentiroso, un simpático mentiroso.
La abuela sostenía que tenía que ver con la calidad del vermut y los vasos ingeridos con apenas un chorrito de soda.
Hoy en mi adultez y después de mucho vivido entiendo que el tío, mentira o verdad, había sido feliz desde ese momento que encontró al genio de la picada. Genio que había salido del salame como él contaba, o de lo profundo de su creatividad como narrador, o bien del fondo vacío de un vaso de vermut.
