DUBAI EXPRESS 1

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Capítulo 1

Bajé con ansia los escalones de la piscina esperando mitigar el asfixiante calor que me ahogaba, adentrándome en las aguas cristalinas que como un espejo esperaban para calmar mi asfixiante sofoco; mi gozo se fue al garate, cuando llevaba el agua hasta casi la cintura, para mi desagrado descubrí, que esa agua estaba más caliente que un puñetero caldo de pollo, ¡Dios que ascazo!

Había pasado todos los veranos de mi infancia en un pueblo de la serranía de Córdoba, o lo que era lo mismo, la boca del volcán, pero joder el puñetero Dubái era el puto infierno.

Miré hacía atrás, bajé mis nuevas gafas de sol "ojos de gato" para lanzar un beso al guaperas que me había convencido de que: "era buena idea ir a Dubái en pleno Julio", y una mierda, buena idea, ¡iba a morir deshidratada o de un golpe de calor en cualquier momento!

Seguí nadando hasta llegar al borde final de la piscina infinita, contemplando la inmensidad que se abría ante mí, notando como el vértigo me llamaba a seguir asomándome, pensando en qué ocurriría si miraba un poco más allá de la cuenta, una sensación que ya me era conocida se instaló en la boca de mi estómago, que nada tenía que ver con el malestar que el calor me provocaba, era una molestia antigua que insistía en volver una y otra vez, cuando mantenía la guardia baja, el sabor de un secreto que consumía mis días y mis noches, menos mal que yo tenía el remedio perfecto para hacerla callar.

– ¡Camarero! Otra copa por favor.

Eran muy eficaces en ese hotel, casi no me había dado tiempo a salir de la piscina, cuando ya tenía a un mozo ofreciéndome una toalla, mientras el otro ponía en mi mano una copa de Vodka Diva Cassandra, di varios sorbos seguidos, ya me encontraba mucho mejor, era mi jarabe preferido, el único capaz de mantener a raya a esos demonios que insistentemente volvían sin descanso una y otra vez.

Caminé todo lo recta y seductora que pude, mientras me comía con la mirada al macizorro que me estaba esperando con la crema solar en las manos, tumbado con un mini bañador en la cama Balinesa. ¡Dios no se podía estar más bueno!

Romeo era mi personal trainner, había nacido en Houston como yo, pero su familia procedía de Italia, lo que le daba un toque extra de exotismo que me volvía loca. Media casi dos metros, o al menos eso me parecía a mí, porque yo me quedaba tan pequeña a su lado, sus ojos eran oscuros, y tenía un cuerpo que ¡Mamma mía! . Al principio todo había sido muy sano entre nosotros, pero me encapriche de él en cuanto puso un pie en el gimnasio de casa, no sé como pasó, pero un día estábamos haciendo abdominales y al siguiente follando como conejos en la sauna. Nunca me había planteado tener una pareja estable, siempre había sido una chica de ir de flor en flor, pero la llegada de Romeo a mi vida había hecho plantearme darle un giro a esta situación.

Me tumbé a su lado, inmediatamente lo tenía encima de mi espalda, en un click, me había desabrochado la parte de arriba del bikini y estaba untándome con unos movimientos que me estaban gustando más de la cuenta, al menos para hacerlos estando en un país árabe.

—¿No crees que has bebido ya suficiente nena ?— Dijo mientras intentaba quitarme la copa de la mano, él era rápido, pero joder yo más.

—No seas aguafiestas, estamos de vacaciones— Llevábamos casi un mes en Dubái, había dejado de leer los mensajes que constantemente me enviaba mi padre preguntando cuando iba a volver, ¿Para qué me quería allí con él? Yo ya tenía veintiséis años, podía cuidarme perfectamente sola, además Romeo siempre estaba atento a mí, era lo que más me gustaba de él, bueno eso y su trasero, para qué engañarnos.

En algún momento debí quedarme dormida mientras intentaba adivinar los dibujos que trazaba Romeo en mi espalda con la crema, ese vodka pijo había hecho efecto, cuando me desperté ya apenas quedaban huéspedes en la piscina, miré el móvil, eran casi las siete de la tarde, pues sí que se me había hecho tarde, ¿Dónde estaba Romeo?

Tuve que pedir en recepción una copia de la llave de la habitación, era un desastre y no encontraba la mía, allí estaba Rabesh esperándome con una sonrisa, un muchachito delgado y larguirucho que aparentaba haberse quedado estacionado a los diecinueve años, pero que seguramente superaría esa edad con creces, era nuestro recepcionista asignado, por lo que rápidamente me acompaño a mi habitación, era increíble, las mejores personas del mundo y más profesionales trabajaban en ese hotel, los sentía casi como de la familia.

—No, se preocupe por nada señorita, Rabesh siempre estará a su servicio. — Me decía mientras me acompañaba al ascensor privado que nos llevaba hasta la suite Club.

Le obligué a aceptar una buena propina, Rabesh se marchó, después de acompañarme al salón y traerme agua con hielo, tendría que hablar con papá para que lo contratara, ese hombre estaba desperdiciado aquí.

Subí los pies al sillón, intentando mantener mi vista fija, lejos de los ostentosos estampados amarillos que llenaban las paredes de la habitación y que aumentaba considerablemente mi mareo, intentando fijar la vista en los puntos más altos de los rascacielos que veía a través de las enormes cristaleras.

—¡Romeo!, ¡Romeo!— podía seguir gritando, pero seguiría sin respuesta alguna, y la voluntad de ir a buscarlo no me acompañaba demasiado.

Cómo si me hubiera leído el cerebro, Romeo apareció en la habitación, viniendo a mi encuentro mientras se secaba el sudor con una toalla, como me ponía cuando venía sudado de hacer ejercicio.

—Nena, ya estás aquí ¿Qué tal tu siesta? — Se agachó a mi altura, mientras olisqueaba el agua con hielo que tenía en la mesa, ¡No, no es ginebra! Me entraron ganas de gritarle.

—No, no me vengas con caramelito, me has dejado sola, y no tenía llaves.— Dije molesta.

—Te dejé la llave, junto con una nota al lado, no quise despertarte, solo fui al gimnasio y tu estabas tan mona durmiendo con tu babita cayéndote. — Se río de mí, mientras me ponía en pie y me sujetaba entre sus brazos.

Le quité la toalla que llevaba colgada al cuello, dándole una buena sacudida con ella, dejando al descubierto sus pectorales, los cuales me fueron imposibles no tocar.

—Me duele demasiado la cabeza como para enfadarme, pero sino te ibas a enterar.—

—Tomo nota, pero tranquila que yo sé como quitarte todas tus molestias.— Me cogió en brazos llevándome directamente a la ducha con él.

—Tenemos reserva a las nueve. — Le dije mientras él prácticamente se había desecho de mi pequeño vestido y parte de mi bikini.

— Antes tengo que curarte, esa jaqueca.

Bajó hasta apoyarme en el quicio del asiento de la ducha, poniéndose encima mía, dándome placer con su boca, mientras los chorros de agua nos ballaban a ambos, sí sin duda noté el alivio de manera instantánea.

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