OJOS VERDES

11 1 0
                                        

Estábamos todos allí, pasándolo bien, jugando y riéndonos. Pero él...Él no estaba. No lo veía y eso me desanimaba. Quería verlo.

Subí las escaleras de aquella casa tan grande, con la intención de llegar al balcón para tomar el aire. Necesitaba un respiro, lo mío no es la multitud.

Como pensaba, no había nadie en aquel balcón. Me apoyé en la barandilla fría de metal, corría el aire, pero aunque tuviera los pelos de punta, el frío era lo último en lo que estaba pensando. Quiero sacarlo de mi cabeza, solo pido eso.

Me quedé ahí un buen rato, mirando a la nada y perdida en mis pensamientos.

Oí voces que provenían de abajo. Parecía que alguien había llegado. No le tomé importancia, hasta que oí su nombre. En un abrir y cerrar de ojos me encontraba en la parte alta de la escalera observándolo. Todos lo abrazaban, todos, menos yo.

Cuando todos se fueron de nuevo a la habitación grande a seguir con la fiesta, yo me armé de valor y decidí bajar al vestíbulo en dirección a aquella habitación, con todos, y con él.

Pero cuando estaba en medio de mi trayecto, alguien abrió la puerta de esa habitación. No lo podía creer, era él. Me quedé paralizada sin saber que hacer o decir. Solo me quedé mirándolo esperando que dijera algo. Por un momento sus ojos se cruzaron con los míos, pero se desviaron a la persona de detrás de mí. Esos preciosos ojos verdes que anhelaba que me miraran, miraron hacía otra dirección. Aquella chica de larga cabellera negra ondulada, ojos claros y cuerpo con curvas pasó por detrás de mí hasta llegar a él y poder abrazarlo. Los ojos del que creía el chico de mis sueños brillaban como nunca lo había visto.

Me quedé ahí quieta, sin poder moverme. Ellos entraron y cerraron la puerta sin siquiera querer percatarse de mi presencia. "¿Tan invisible soy?".  Noté como mi corazón se rompía, odio ese dolor, algo me quemaba por dentro, era el sentimiento de no ser la elegida. Duele. Quema. Me aguanté las lágrimas y salí de aquella casa lo más rápido que pude. No encajo y no iba a fingir ser alguien que no soy para encajar.

Iba por la calle sola. Ahora si que notaba el frío. El aire congelado rozando mis mejillas, y en ese momento no pude aguantar más y eché a llorar. Las lágrimas bajaban por mis mejillas rojas sin control. Por fuera estaba congelada, pero por dentro estaba ardiendo, aún dolía, quemaba. Sabía que este dolor no sanaría rápido, pero tenía claro, que no me iba a quedar mirando de nuevo a alguien que no me miraba.

RELATOS DE TINTA INFINITAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora