Prólogo

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— ¿Entonces? ¿Tienes algo que decir? —Su voz, cargada de una falsa calma, lo único que lograba era aumentar las lágrimas del niño frente a ella. Cada palabra como un golpe que solo lastimaba cada vez más, aún si sus manos aún no lo habían hecho.

— ¡Por favor! —La desesperación en su voz, su grito resonó por toda la habitación mientras estaba de rodillas, su voz quebrándose—. Te lo prometo, madre, yo no lo rompí, no salí de la habitación en todo el día...

— ¡Mientes!

Un fuerte estruendo de una cachetada se escuchó. El niño se tocó la mejilla, la cuál le ardía por la cachetada que acababa de recibir por parte de su madre. La miró desde su pequeña altura, con una combinación de tristeza y coraje contenido. Su madre, al borde de soltar más gritos y palabras hirientes, calló al escuchar como alguien tocaba el timbre de la casa.

No podía diferenciar si fue un simple timbre o una campana que lo había salvado.

Con una sola mirada, el niño se secó las lágrimas y se puso de pie a duras penas. Su hermano había llegado, y no podía hacer nada más que tragarse cualquier queja, cualquier grito, cualquier cosa que podría llevarlo a otro golpe.

— ¡Hijo mío! Cómo te extrañe —Escucha a su madre mientras abre la puerta de entrada, con un tono dulce y alegre, que contrastaba con el que había usado momentos antes.

Qué hipócrita. Pensó en sus adentros mientras una oleada de lágrimas amenazaban con salir.

— Mamá, lamento llegar tarde, y perdón por haber roto el jarrón. No era mi intención, salí un poco apurado —Su hermano mayor saluda, con un toque de remordimiento al momento de hacerlo.

Un silencio recorrió toda la casa, incluso podría jurar que hasta los autos de afuera se habían detenido. El niño se levantó con dificultad, su vista estaba nublada y sus movimientos eran cuidadosos, casi débiles. Aún si tenía miedo, se acercó con rapidez hacia la entrada, con la determinación de proteger a su hermano a toda costa de cualquier golpe, pero lo que vió le hizo cuestionarse su acción, si realmente él merecía ser protegido.

— ¿Tú rompiste el jarrón? —Mencionó la señora con un tono tan comprensivo que parecía irreal.

El niño no pudo evitar sentirse traicionado. ¿Por qué lo protegen?

— ¿Mamá? —Murmuró para sí mismo.

Su hermano volteó a verlo con ojos de ilusión y emoción, que al verlo cambió a una de preocupación. Su madre, por otro lado, cambió su mirada a una de desagrado y asco, cosa que lo hizo retroceder.

— Hermano, ¿qué te pasó en la cara? Mi Dios. ¿Estás bien? ¿Con qué te lastimaste?

Apenas el mayor hizo un pequeño ademán de acercar su mano a la mejilla del niño, este lo apartó de un manotazo.

— No fue nada.

— Pero... Tu mejilla...-

— ¡No debería importarte! ¿Vale? Métete en tus propios asuntos —espetó, a la defensiva.

El mayor lo observa, claramente herido. La madre de ambos se acerca en un intento de "consolarlo", poniendo una mano en su hombro.

El niño, resignado, volvió a su habitación.

— Cariño, no le hagas caso. Ya sabes cómo es tu hermano —escucha a sus espaldas.

Muchos dicen que son los hermanos mayores quiénes sufren más, quiénes guardan los secretos más oscuros de la familia y quiénes ocultan todo para que los hermanos menores no vean lo que realmente sucede detrás de las cortinas de lo llamado hogar.


Digamos que este no es el caso.
Por esta vez, puede ser al revés.

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