Según un estudio realizado por la Universidad de Chicago, las parejas que surgen de una cita a ciegas tienen el 2,66% de probabilidades de salir bien. Una cifra realmente pequeña si se compara con el resto de formas de buscar pareja.
Un porcentaje que, después de dos años de soltería, mis amigas creían que era lo bastante esperanzador como para intentarlo.
Pero no para ellas, sino para mí.
Dejad que os cuente algo de mí: tengo 29 años, trabajo como «esclava» en una pequeña pero próspera empresa de marketing, me flipan los calcetines de colores y toda mi vida he vivido en Boston. Mis amigas dicen que soy demasiado impulsiva para mi propio bien y, aunque a veces me comparen con un erizo de lo mucho que pincho en mis días malos -también en los buenos, pero soy más sutil, ¡sonrío y todo!-, también dicen que soy tierna y espachurrable cuando quiero.
En resumen, que creen que sigo soltera porque espanto a los chicos. Vale que no soy lo que se dice una chica escultural, pero oye, que una tiene sus encantos bajo los vaqueros y las camisetas. Según mi ex, también soy controladora, discutidora y mi palabra tiene que ser la última. Le mandé al carajo cuando me lo dijo y después le cerré la puerta en las narices.
Quizá sí tenía razón al decir eso sobre mí.
Soy incapaz de callarme cuando tengo algo que decir. No lo hago adrede, lo juro. El problema es que la gente no suele tomarse muy bien una opinión opuesta a la suya. Como la vez que le dije a mi jefe que su proyecto no tenía ni pies ni cabeza y que, si se había sacado el título como parecía -señalé el diploma colgado en la pared de su despacho-, debería de saberlo. Ni siquiera se dignó a responder. Después de cómo me miró, salí del despacho sin replicar. Hasta yo sé cuándo callar.
Pero volviendo al tema principal, mis amigas han decidido que es el momento de salir al mercado otra vez. Como si fuera un valor en bolsa. Y no es que me haya estado escondiendo bajo la manta, es que no tengo ganas de pasar por esa primera fase de conocer a alguien. Estoy en ese momento de la vida en que me apetece estar sola, tener el sofá para mí y comerme yo sola la bolsa de palomitas sin pensar en otra persona. Y se acabaron también los días en los que los rollos de una noche me alegraban la semana.
Como dice mi madre, «la persona correcta aparecerá cuando menos te lo esperes».
Y yo tengo algo que decir a eso -para no traicionar mis principios-: sí, pero no en una cita a ciegas.
Mis amigas son muy retorcidas. No se han limitado a sacarme de fiesta, a presentarme a alguno de sus compañeros de trabajo o a uno de esos amigos de amigos que todos tienen por ahí y que haría buena pareja contigo. No. No han tenido otra idea más que la de apuntarme a una web de citas. No sé qué clase de trapicheos han hecho pero, según ellas, han encontrado a alguien que es un 85% compatible conmigo.
Lo sé. Lo suyo con las estadísticas y los porcentajes empieza a ser preocupante, al menos para mí.
De haber sabido lo que planeaban, mi noche sería muy diferente. Tendríamenos amigas, sí, pero no estaría en un restaurante esperando a mi supuestacita a ciegas. Una que, por cierto, lleva casi veinte minutos de retraso y todoparece indicar que me va a dejar plantada.
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Serendipia
RomanceRelato corto del que surgió, años más tarde, mi novela Querida (y odiada) casualidad. Participé en una antología que finalmente no se llevó a cabo, y la idea se quedó en mi cabeza. La novela tiene poco de este relato, pero fue su punto de partida. ...
