Min Yoongi es un joven estudiante de ingeniería que carga con un don tan extraordinario como solitario: desde que tiene memoria, puede ver el hilo rojo del destino. Ese fino cordón escarlata que une los meñiques de las almas destinadas a encontrarse...
El hilo rojo del destino era una verdad antigua e inquebrantable: un lazo invisible que conectaba a las almas destinadas a encontrarse, sin importar el tiempo, la distancia o las adversidades que se interpusieran. Podía tensarse hasta el límite, enredarse entre los años o perderse en los laberintos de la vida, pero jamás se rompía. Esa creencia había acompañado a Yoongi desde su más tierna infancia, como una melodía silenciosa que resonaba en el fondo de su pecho.
Desde muy pequeño, Yoongi poseía un don que pocos podían comprender. Podía ver aquel hilo carmesí que otros solo conocían en leyendas. Recordaba con claridad la primera vez que lo observó, con apenas dos años de edad: un fino hilo brillante que salía del dedo meñique de su madre y se extendía hasta el de su padre. Aquella imagen se grabó en su memoria como un milagro silencioso. Años después, su abuela, con una sonrisa llena de sabiduría y ternura, le confesó que ella también podía verlo.
—Nosotros tenemos un don realmente único, Yoongi —le había dicho aquella tarde en la cocina, mientras el sol entraba suavemente por la ventana—. Ser capaces de ver el hilo rojo del destino es algo que muy pocos pueden hacer.
—¿No es hacer trampa, abuela? —había preguntado el pequeño de cabello negro, con inocencia.
La mujer rio con dulzura y negó con la cabeza. Levantó su dedo meñique, donde un hilo rojo intenso brillaba con fuerza, extendiéndose hasta el otro extremo de la estancia, donde su abuelo leía el periódico.
—Recuerda bien estas palabras, mi cielo -susurró con amor—. Ver el otro extremo del hilo no es hacer trampa. Es una bendición de Dios.
Aquellas palabras se convirtieron en un mantra que Yoongi repitió durante toda su vida, incluso después de que su abuela partiera. Creció observando cómo el destino tejía sus hilos con paciencia infinita. Vio encuentros llenos de magia, miradas que lo cambiaban todo en cuestión de segundos, y almas que se reconocían incluso antes de pronunciar una sola palabra. Cada vez que presenciaba uno de esos momentos, su corazón se llenaba de una mezcla de alegría y profunda melancolía.
Porque, aunque podía ver el destino de los demás con claridad cristalina, el suyo propio permanecía envuelto en una espera que parecía eterna.
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Aquella mañana, el despertador había fallado por segunda vez consecutiva. Yoongi se levantó sobresaltado ante el grito de su madre, miró el reloj y soltó una maldición entre dientes. Era su primer día en la universidad, en la facultad de ingeniería, y ya llegaba tarde. Otra vez. Corrió por las calles con el corazón latiéndole con fuerza, el uniforme a medio arreglar y una sensación de fatalidad instalada en el pecho.
—¡Buen día! ¿Puedo pasar? —exclamó, casi sin aliento, al abrir la puerta del aula.
El profesor que lo recibió fue el mismo que había estado presente el día de su examen de admisión. La mirada severa del hombre le provocó un escalofrío.
—Otra vez tarde, joven Min —dijo con voz grave—. Si no fuera porque sus notas son excelentes, lo enviaría de regreso a casa. Pase. Y no piense ni por un segundo que esto se convertirá en costumbre. Aquí nadie tiene privilegios.
Yoongi bajó la mirada, avergonzado, y caminó hasta uno de los asientos del fondo. El resto del día transcurrió entre clases intensas y presentaciones de profesores. Cuando finalmente sonó la última campana, soltó un suspiro de alivio. La tutora, la señorita Hinae, les había recordado que tenían solo una semana para inscribirse en un club. La idea no le entusiasmaba demasiado, pero parecía ser obligatorio.
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Al terminar las clases, los pasillos de la universidad se vaciaron casi por completo. Era el momento perfecto para caminar sin prisa y apreciar realmente el lugar. Las instalaciones eran aún más impresionantes de lo que mostraban los folletos: amplios corredores con ventanales altos que dejaban entrar la luz dorada de la tarde, pisos relucientes y un silencio sereno que contrastaba con el bullicio de las horas pico.
No era el único que aprovechaba ese momento de quietud. A lo lejos, vio a un joven de cabello rubio y lentes, cuyo uniforme permanecía impecable. Tenía un aura serena y atractiva que llamaba la atención de inmediato. Por pura costumbre, Yoongi bajó la mirada hacia sus manos. Allí estaba: un hilo rojo vibrante, brillante con una intensidad inusual, que se extendía con fuerza hacia el otro extremo del pasillo.
El corazón de Yoongi se aceleró con una mezcla de emoción y envidia. Se sentó en una banca cercana, fingiendo descansar, pero sin perder detalle. Del otro extremo del pasillo se acercaba otro joven: alto, de cabello negro, piel ligeramente morena y complexión atlética. Sus ojos estaban fijos en un folleto, pero al levantar la vista, sus miradas se encontraron.
El tiempo pareció detenerse. El hilo rojo se tensó con fuerza, brillando con una luz casi sobrenatural. El moreno se quedó paralizado, observando al rubio. Este último, al sentir la intensidad de aquella mirada, giró lentamente. Durante unos segundos eternos, solo se miraron. Luego, como si el universo entero los empujara, ambos sonrieron al mismo tiempo.
—Hola... —dijeron al unísono, y sus sonrisas se ampliaron.
Fue un encuentro simple, pero cargado de una magia indescriptible. Yoongi los observó desde la distancia, con el pecho apretado por una dulce y dolorosa calidez. Cada encuentro que presenciaba era diferente, pero todos compartían esa chispa única que hacía que el mundo pareciera más brillante por un momento.
Bajó la mirada hacia su propio dedo meñique, desnudo, sin ningún hilo visible. Y una suave tristeza lo invadió.
¿Hasta cuándo me harás esperar? pensó, mientras el eco de esa pregunta resonaba una vez más en su alma.
Había pasado toda su vida viendo cómo el destino unía a otros. Ahora, más que nunca, anhelaba que el suyo también se moviera por fin. Que el hilo rojo, dondequiera que estuviese, comenzara a tensarse y lo guiara hacia esa persona que tanto había esperado. Porque, después de tanto tiempo, Yoongi estaba listo para ser encontrado.