Después de todos estos años...
Marzo, 2020
Eran pocos los aviones que despegaban y aterrizaban aquel día, al menos para lo que solía estar acostumbrado aquel aeropuerto. El John F. Kennedy siempre había sido uno de los aeropuertos con más movimiento del mundo y verlo así, medio vacío, me hacía sentir extraña. Me gustaba sentarme a ver aterrizar los aviones con un café gigante de Starbucks y la sensación cálida que me embargaba al saber que era para volver a casa. Pocas de las veces que había estado allí habían sido para ir a cualquier lugar del mundo que no fuera España.
Nueva York había cambiado mi vida dos veces. La última había sido la más importante. Porque me había permitido conseguir sueños que siempre vi como imposibles, aunque muchos me dijeran que solo eran improbables. Me costaba entender la diferencia entre ambas cosas. Conforme pasaron los meses allí, poco a poco, fui entendiendo que si lo intentaba podía conseguir lo que me propusiera, aunque no fuera sencillo. Y esa era la clave entre imposible e improbable, porque imposible es aquello que no puede ocurrir e improbable aquello que es difícil de conseguir, pero si lo intentas es posible.
La ciudad había visto la dualidad de mis emociones. Los días más felices y los más tristes. Una de las épocas más complicadas de mi vida la había pasado al llegar allí, hacía dos años. No había conseguido librarme de la tristeza al montarme en el avión y la había arrastrado junto al equipaje. Porque, a pesar de que me sentía tremendamente ilusionada por los proyectos que se habían presentado, mi corazón se había roto en tantos pedazos que pensaba que nunca dejaría de doler.
Por supuesto las cosas pasaron, mi corazón se curó y volví a ser la chica de la sonrisa eterna como le gustaba llamarme a Dani.
Habían pasado tantas cosas en esos últimos años... A veces me costaba mirar atrás. A veces me costaba entender por todo lo que había tenido que pasar para estar donde estaba ahora.
Si hace dos años me dicen en la situación que me iba a encontrar en ese momento, tampoco me lo hubiera creído. No me hubiera creído que una pandemia iba a parar el mundo de tal forma que iba a tener que pasarme días intentando que me permitieran volver a España, a ese lugar que había vuelto a ser hogar en los últimos meses.
—¿En qué piensas?
Mimi me sacó de mis pensamientos. Me había quedado mirando a la nada a través de los ventanales. El cielo estaba encapotado y gris, como casi toda la semana que dejábamos atrás. No se veía demasiado con la niebla que había esa mañana, no mucho más allá de la parte de la pista que quedaba más cerca y algún empleado que andaba por allí.
—Estaba pensando en cuando llegué aquí, ¿te acuerdas?
—Cómo olvidarlo, estabas tan triste. De hecho, creo que nunca te había visto así, tan rota —hizo una pausa—. ¿Sabes? Por un momento pensé que la había cagado llamándote.
—¿Por qué?
—No te lo dije porque bastante tenías en ese momento, pero dabas pena. Más que pena era... no sabría explicarlo, pero creía que no serías capaz ni de hacer las pruebas y quedaría como el culo. Había prometido que eras increíble y cuando te miraba solo veía alguien que no eras del todo tú.
—Pero no la cagaste, no te equivocaste e hice esas pruebas —le sonreí.
—No, no lo hice. Me sentí muy orgullosa de ti en ese momento, a pesar del dolor seguías siendo tú, seguías luchando por ti.
Tragué saliva y la miré. Ella buscó mi mirada también.
—¿Sabes? Nunca te lo he dicho, quizá porque hasta no hace mucho no estaba segura de ello, pero me salvaste. Cuando me llamaste, estaba perdida y me devolviste la ilusión. Al menos tenía un motivo para no perder las ganas de seguir luchando por algo que llevaba soñando años. Y aunque las cosas no estuvieran en su mejor momento, me diste esperanza. También una excusa para huir con un motivo que no fuera que tenía el corazón roto, porque mis padres no lo hubieran entendido. Hubieran pensado que no era capaz de afrontar la situación si me quedaba allí y que no tenía el valor suficiente para enfrentarme a todas las emociones que estaba viviendo, lo cual tampoco era mentira.
—El día que te recogí en el aeropuerto, me preocupaste, mucho más de lo que nunca le dije a nadie, porque jamás te había visto así. No estaba segura si serías capaz de adaptarte, eran demasiados cambios. Sin embargo, al poco estabas tan adaptada que solo pensé que ojalá algún día tu corazón volviera a ser el que era.
—Creo que esa última parte era la más difícil, ¿alguna vez volvemos a ser los mismos después de que nos lo rompan?
—Pero tú lo lograste.
—Sí y no, mi corazón curó, pero no ha vuelto a ser el que era.
—Aun así, sigues queriendo con todo lo que eres.
—No sé hacerlo de otra manera, aunque a veces me arrepienta, no sabría hacerlo de otra manera.
—Y eso te hace ser quien eres. Querer de esa manera es lo que hace que hoy seamos amigas.
Me salió una sonrisa. Cuanta razón en aquellas palabras. Si no hubiera sido por mí, quizá nunca hubiéramos sido amigas.
—¿Alguna vez has pensado como sería tu vida si no me hubieras conocido? —le pregunté.
—Alguna vez, aunque me cuesta, porque no sería mi vida, ¿sabes? Sería la vida de otra Mimi.
—Eso es verdad. No seríamos nosotras, al menos no las que somos ahora. Supongo que todo lo que ocurre y las personas que llegan a nuestra vida es por algo, ¿no?
—Sin duda. Que te lo digan a ti, que no creo que imaginaras que tu vida iba a estar donde está ahora.
—Totalmente.
Me quedé reflexionando unos segundos.
—Bueno, quien nos iba a decir que estaríamos en un aeropuerto con mascarillas y un virus acechándonos después de llevar dos semanas peleándonos para volver a España.
—Es de locos, a lo mejor estamos viviendo algo parecido a El show de Truman y no lo sabemos.
—Por desgracia esto es la vida real, amiga...
Nos quedamos allí un rato más hasta que anunciaron nuestro vuelo. Ambas estábamos tremendamente nerviosas. Por las ganas de volver, porque habían sido dos semanas muy duras, encerradas, luchando por volver a casa. Con nuestras familias preocupadas llamándonos cada día. Seguramente, habíamos conseguido volver por pesadas.
Sentadas una al lado de la otra, no pude evitar pensar en todo lo que habíamos pasado hasta estar ahí. Y no me refería a esas dos semanas, sino a toda la vida que habíamos compartido, a todo lo bueno y malo que habíamos vivido. En la primera vez que nos conocimos con apenas seis años y pensé que algún día seríamos amigas. En los años de después, las clases, los ensayos que nos habían hecho casi llorar al principio, la absurda competición que un día se creó entre nosotras. En la vez que vio a Hugo y aprovechó para decirme que me rompería el corazón. Por aquel entonces ella me odiaba más de lo que me quería y todo lo relacionado con mi persona le producía rabia y envidia. O cuando clase tras clase buscaba dejarme en ridículo, hacerme creer que lo que conseguía no era por mis propios méritos, sino porque era una pelota y la favorita de Eli.
Mimi era el claro ejemplo de que uno no debe quedarse con lo que simplemente ve de la persona, sino que hay que hurgar para conocerla de verdad. Nos pasó la una con la otra. Con ella también aprendí que nunca debes rendirte con las personas, aunque estas no te lo pongan fácil.
Solo el tiempo nos demostró que, a veces, quien crees que es tu enemigo, realmente solo te está tendiendo una mano para ayudarte en lo que sea que te está ocurriendo. A veces el único enemigo que existe somos nosotros mismos.
Mientras el avión despegaba seguí recordando todo lo que habíamos pasado, en los malos y buenos momentos, y en ellos. En Mimi y Gio, en Dani, Rubén, en mis padres y los niños de mis ojos, Iván y Guille, en Eli y Eva. En todas esas personas que habían ido apareciendo y desapareciendo a lo largo del tiempo. Y en Hugo, intentar ignorarlo era imposible. Él siempre acababa haciéndose un hueco en mi cabeza. También en mi corazón.
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El nosotros que un día fuimos
RomancePrimera parte de la bilogía: ¿Nunca te has preguntado cómo sería tú vida si no hubieras conocido a esa persona que te enseñó lo que era querer y también que te rompieran? A veces dos personas conectan y la vida les dice no. A veces la vida tiene otr...
