El vestido rojo se pegaba a su cuerpo.
Sus ojos brillaban.
Su sonrisa le daba un toque tierno, pero sensual.
Sus piernas largas y finas, eran arte.
Maldito vestido.
Se veía jodidamente bien. Demasiado bien.
El traje se le veía... como un dios.
Los p...
Se suponía que mi vida debía ser extraordinaria, emocionante y divertida. Yo debía tener lo que quiera y a quien quiera.
No podía darme ese lujo. Nunca pude.
Nací de una forma, y así debía morir.
Como sea, no me quejaba. Tenía una buena vida. No la que siempre soñé, pero era buena.
¿Esto podría ser más complicado? Claro que sí.
¿Podría hacerlo? Obviamente que sí.
¿Por qué lo lograría? Porque soy Sara Santos y nadie, absolutamente nadie, me gana en el billar.
Cambie de tema muy rápido, ¿no?
Curvo mi cuerpo hacia delante, apoyándome en la mesa de billar, mi brazo se mueve hacia delante, hacienda que el taco de billar se mueva golpeando la bocha blanca, esta golpea contra uno de los bordes de la mesa, esquivando la bocha lisa violeta que queda, luego golpea la bocha ocho, y esta entra en una de las troneras. Una inevitable sonrisa de victoria aparece en mi cara.
-Entonces...- empiezo, levanto la vista para mirar al hombre que está en frente de mi- ¿Cuánto me habías dicho? ¿45 millones eran?
Su cara de sorpresa es épica. Este idiota de veras creyó que podía ganarme. Aplaudo fuerte para que reaccione, y funciona. Sus ojos marrones miran los míos. Una pequeña sonrisa aparece en su cara.
-Bien hecho, niña- dice con un toque de orgullo -. Le diré a uno de mis hombres que te envié los 45 millones.
Asiento. Me hecha una pequeña mirada más y se va. Alguien empieza a aplaudir junto a mí.
- ¿Qué te pareció? - le pregunto, dejando el taco de billar sobre la mesa, y me giro para verlo.
Sus ojos azules tenían destellos blancos y una sonrisa tierna y llena de amor adornaba su carita. Lleva puesta su camisa blanca, con un traje negro, un pantalón del mismo color, y zapatos marrones.
-De diez- responde -. Eres increíble en el billar, Sar. Tú ya lo sabes.
Me encojo de hombros, sin borrar mi sonrisa. –Lo sé.
- ¿Te llevo?
Asiento -Para algo te pago, ¿no? - digo para empezar a caminar entre las mesas del club, con Matteo detrás mío.
Escucho una risa falsa de su parte. –Que chistosa, eh.
-Lo sé. Soy genial.
Pasa uno de sus brazos sobre mis hombros. –Me encanta tu seguridad. Nunca la pierdas.
-Prometido- le aseguro.
Mi seguridad fue difícil de conseguir, me tomo años, pero lo logre. Durante años me había tragado insultos horribles por parte de mucha gente, hasta que me di cuenta de que yo valía la pena, de que yo era valiosa, tal y como era. Cambie mi cuerpo, pero no por sus comentarios, sino porque a mí no me gustaba. Mi persona se hizo más fuerte en todo sentido; mental y físico.
Me había caído.
Me había derrumbado tantas veces, pero lo logre; me levante. Una y otra vez.
Matteo vio el proceso, me ayudo a vivir así. Y no podría estar más agradecida con él.
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