Heterocromía

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El anciano de los cansados ojos azules bajó la escalera que le llevaba al salón. Los peldaños eran de una madera oscura, en la que podías ver tu cara reflejada sin necesidad de agua. Encendió el interruptor y cerró los ojos un instante para evitar ser deslumbrado. Se abrió paso hacia la cocina y allí agarró el cuchillo. Afilado y amenazante. El hombre podía moverse con agilidad pero se encontraba sumergido en un profundo sueño y nada parecía despertarle. Entonces su gato entró por la puerta de la cocina. Un gato blanco con un ojo azul y el otro verde. Al ver a su amo avanzó hasta colocarse junto a su pierna y permaneció quieto y callado. El anciano se levantó bruscamente de la silla y pateó fuertemente el torso del animal haciendo que chocara contra la televisión. El animal se tambaleó y dejó ver una mancha de sangre en su cabeza. Con la mirada perdida pudo ver como su tan querido dueño se acercaba a él. Con una mano cansada pero con brío agarró al animal por el cuello y se lo rebanó. El gato lo miró con la cara desencajada mientras lo hacía, pero no emitió sonido alguno. Cuando hubo arrancado la cabeza del cuerpo la depositó sobre la mesa. Con las manos ensangrentadas procedió a destripar al animal y a quitarle el blanco pelaje. Como si de un conejo se tratara, lo llevó a la tabla de madera de la cocina y comenzó a cortarlo en tiras. De mientras agarró una bonita olla y la llenó de agua. Cuando estuvo hirviendo la condimentó e introdujo las tiras del gato. Esperó hasta que la carne se cocinó y en ese instante la colocó de manera asombrosa en un cuenco. Fue a buscar la cabeza y la metió en una bolsa de basura de color verde, curiosamente del mismo color que su ojo izquierdo.

Agarró las llaves y abrió la gran puerta de la mansión Willendorf, perteneciente a su padre y a su abuelo antes que él. Con el cuenco en una mano y la bolsa en la otra avanzó hasta llegar al inicio del bosque. Cuando llegó, la luna continuaba brillando aunque las estrellas que observaba de joven habían desaparecido. Con la cabeza gacha puso el primer pie en las hojas provocando un leve crujido. El silencioso viento penetró su abrigo y le produjo un escalofrío. El viejo desoyó las voces antiguas que prohibían la entrada a aquel lugar tenebroso. Su agrietada mano sujetaba la bolsa verde, ahora manchada de sangre. Como si estuviera absolutamente hipnotizado se adentraba lentamente en aquel misterioso bosque. Los acechantes árboles parecían hablar mediante el viento y sus ramas eran como brazos esqueléticos. Numerosas veces fue su cabeza arañada por aquellas ramas que parecían moverse según los designios del diablo. Su frente lloraba sangre y su sincopado corazón pedía clemencia. Sin embargo, el anciano no se detuvo en ningún momento.

Cuando se encontró en un claro de luz apartó la bolsa y el cuenco para arremangarse. Se agachó lentamente y comenzó a cavar un hoyo con las manos. Sus uñas chocaban contra la gravilla destrozándose a cada golpe. La piel arrugada se rajó innumerables veces cubriéndose de una sangre espesa. Cuando el agujero era lo suficientemente grande como para que él mismo pudiera ser enterrado allí se detuvo. Alzó la cabeza, localizó el cuenco de nuevo y fue a buscarlo. Se sentó al borde del hoyo y comenzó a ingerir las tiras hervidas de su gato. Mordiendo la tierna carne con los pocos dientes que le quedaban emitía un asqueroso sonido. Cuando vació el cuenco por completo lo arrojó al interior del hoyo y se levantó para recoger la bolsa. La abrió y sacó la cabeza del gato a la luz de la luna. La elevó y finalmente la arrojó también al interior del agujero. En ese preciso instante fue embestido por una fuerza sobrenatural. El impacto contra una roca le abrió la cabeza. Cuando giró la cara pudo observar el cadáver de su gato, con la cabeza aún junto al cuerpo. Con la espalda ya fracturada y mirando hacia la luz de la luna pudo observar como el hoyo empezaba a llenarse de tierra, con un fuerte olor a sangre y a tierra mojada. El cadáver del gato se revolvía justo al lado de su cabeza, sacando espuma por la boca y acariciando su oreja con la cola. La pala sobre él continuaba llenando el agujero pero sus llamadas de socorro no llegaron a nadie en aquel bosque. Ojalá haber oído sabias voces pensó para sí mientras inhalaba oxígeno por última vez.

La luz entró por el ventanal de su habitación y provocó que el anciano abriera sus ojos. Se sorprendió al ver que tenía una pequeña herida en la calva y las uñas estaban asquerosas. Además, desprendía un fuerte hedor a tierra mojada que lo impulsó hacia el baño. Tras darse un lujoso y relajante baño para desprenderse de aquel olor se puso las zapatillas y bajó por las escaleras hacia el salón. Cuando se sentó en la butaca apareció su gato que avanzó hasta sus piernas. El anciano se quedó un instante observando al animal y se percató de que tenía unos pocos cortes en el lomo. Cuando desvió la mirada el gato le mordió un pie, a lo que el anciano respondió con un fuerte puntapié que lo envió hasta la pared de la cocina. El viejo se levantó malhumorado solo para comprobar que la cabeza del gato se encontraba separada de su cuerpo. Agarró una bolsa verde e introdujo al animal dentro, con el objetivo de enterrarlo en el hoyo del bosque.

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