Mi abuelo era alguien extraño, de peculiares aficiones, de poca habla, y de menos amigos.
En su tiempo libre, se encerraba en el estudio del tercer piso de la casa, aislándose del resto de la familia.
Las pocas veces que lo veía, siempre estaba enmarañado en alguna conjunción de palabras que no podía comprender, y por la mayor parte de mi niñez, se mantuvo así, alguien distante, alejado, casi desconocido.
Un día, mi madre me pidió que subiera una caja al estudio.
—Son viejos retazos de tela. — Me dijo. —Servirán para bordar, pero no hay espacio aquí abajo.
No era alguien que preguntara razones; en aquel entonces, era un joven aplicado a toda labor.
Subí los escalones rechinantes hasta el tercer piso, recuerdo que el polvo de todo lo que rodeaba la puerta al estudio me pareció extraño, ¿Cómo era que había polvo incluso en el piso?
Cada paso que daba formaba una polvareda nueva, tomé una bocanada de aire, y corrí hasta la puerta, abriéndola con todo el peso de mi cuerpo.
Adentro, vi a mi abuelo, arrodillado ante un círculo rodeado de velas brillando de un color imposible. Un azul glauco emanaba de las velas, un azul que bañaba y permeaba las paredes y cortinas del lúgubre sitio.
—¿Acaso te vas a quedar quieto ahí? Estoy ocupado. —Me dijo mi abuelo, notando que me había quedado ensimismado.
Quizá debí haber sentido miedo, pero en ese momento, me había quedado con un nudo en la garganta y un sinfín de preguntas. Decidí acabar con la tarea que me habían puesto, silenciosamente avance hacia otra pila de cajas, para luego retirarme con el mismo silencio con el que había entrado.
Pasaron las semanas, y no hubo ningún encuentro de destacar con el, pero repentinamente, en una mañana de domingo, se refirió a mi.
—¡Eh, muchacho, necesito tu ayuda! —Me dijo mi abuelo mientras subía de vuelta al estudio tras desayunar.
Mire a mi alrededor e inspeccione la reacción del resto de mi familia.
Mi padre y mi madre tenían los ojos más abiertos que nunca antes, no se movían ni un centímetro.
Mi hermano me miró con una expresión interrogativa, nunca escucharía el fin de sus preguntas, pero si hizo un gesto de afirmación con su mano, silenciosamente apoyándome.
Mis hermanas simplemente me miraron con su silencio usual, con una cara que parecía una mitad piedad, otra mitad melancolía. No me ayudaron mucho a quitarme los nervios.
Finalmente, subí las escaleras, y me adentre al estudio, de nuevo polvoriento como antes, pero al menos las cortinas estaban abiertas, y la luz le daba un aire un poco más acogedor al sitio.
Mi abuelo me dio un pedazo de tiza, y me paso un libro extraordinariamente pesado. Ahora se que ese libro estaba reforzado con pedazos de metal y óxido, pero en ese momento, simplemente me pregunté qué cantidad de escritura podría siquiera existir en el mundo para hacer un libro así de denso.
El abrió el libro con sus manos de leñador, el libro se veía casi pequeño, comparado con el tamaño de sus temibles y temblorosas manos.
Paso las hojas con rapidez, no pude captar ni una sola imagen de lo que pasaba. Tan rápido como comenzó, detuvo el flujo de hojas, y señaló a un símbolo en particular.
—Este de acá, dibújalo en el piso. —Levante la mirada y observe a mi abuelo, casi calvo, pálido, con los pelos de la barba largos, arraigados y grises, pero con una mirada tranquila, impasible, inclusive pensativa.
Mire el símbolo de nuevo, una figura tan compleja que seguramente haría llorar a los estudiosos del pueblo simplemente intentando comprenderla. Dude por un momento, pero, se me había delegado esta tarea, y la terminaría, fuese como fuere.
Trabaje, y trabaje, y trabaje, delineando los límites de la figura, a veces, cometería un error, y mi abuelo gruñiría para informarme, continúe detallando las figuras, con los ojos de mi abuelo pegados a mi, o, más precisamente, a mis manos, trabajando diligentemente en la recreación de la imagen
Frunció el ceño, observando con cuidado la figura, y finalmente, asintió con la cabeza, y señaló a la puerta.
—Buen trabajo, ya puedes irte.
Así comenzó la rutina de ayudarle a mi abuelo, una vez al día, a dibujar un símbolo distinto.
Algunos días, cuando estaba enfermo o cuando estaba ausente, le delegaba ese trabajo a uno de mis hermanos. Me confirieron ellos que el abuelo nunca parecía satisfecho con los diseños que ellos producían, nunca lograron que les diera un reconocimiento como el que me daba a mi.
—¿Qué hace de mi trabajo tan distinto al de mis hermanos?
Le pregunté a mi abuelo mientras terminaba otro de los misteriosos símbolos.
—Tienes las mismas manos que yo tenía a tu edad. – Me respondió, con tranquilidad, casi frialdad en su tono de voz.
Eventualmente, el silencio de por medio mientras yo trabajaba se hacía intolerable, monótono y opresivo, y empecé a intentar conversar con el abuelo. El nunca decía mucho, especialmente si le preguntaba sobre cosas que había hecho antes, pero a veces, cuando el clima traía nostalgia consigo, me daba historias, fábulas, consejos, y en una ocasión, cuando le pregunte que hacia al trabajar, me respondió:
—Hago puertas, y a veces hago creaturas. — Dijo mientras miraba por la ventana, el sol se estaba poniendo y la habitación estaba teñida de un ocre muy particular. Note en su rostro lo que podría pasar por una sonrisa burlona, y por primera vez, lo escuche reír.
Esta rutina peculiar duraría por la mayor parte de mi adolescencia, hasta que emprendí un viaje a estudiar en una universidad en la capital de la nación.
Las despedidas fueron tal como uno esperaría, abrazos, besos, lágrimas de parte de mi madre y mis hermanas, advertencias, consejos, y toda clase de dictámenes de parte de mi padre, y un discreto regalo de parte de mi hermano.
Todos fueron muy cálidos en su despedida, a su propia manera, pero, incluso así, no podía quitarme la sensación de que algo estaba mal.
Mi abuelo no bajó del estudio ese día.
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Hasta donde no alcance el mar
Mystery / Thriller"Mi abuelo era alguien extraño, de peculiares aficiones, de poca habla, y de menos amigos. En su tiempo libre, se encerraba en el estudio del tercer piso de la casa, aislándose del resto de la familia." Una historia que combina hecho y ficción, En u...
