— Papá, ¿por qué tenemos que ser siempre las mujeres las que tengamos los niños?
Poco faltó para que el delicioso croissant que Paco estaba desayunando con verdadero deleite aquella mañana, sin por supuesto conocimiento de su médico, se le atragantase al escuchar la pregunta que su hija de seis años acababa de plantear. Los ojillos vivaces de Olivia le observaban con aquella expresión que solía volverle loco y que siempre auguraba alguna extraña conclusión a la que la sagaz mente de la niña había llegado. Su mirada, fija en él, le advirtió que su hija esperaba la respuesta con impaciencia.
Paco carraspeó para aclararse la garganta y tragar el bocado que aún quedaba en su boca, mientras elegía las palabras con las que satisfacer la inquietud de la pequeña.
— Pues verás, cielo, porque sois vosotras las mujeres las que tenéis útero, que es un órgano del cuerpo humano especializado en albergar al bebé y protegerlo durante todo el embarazo. Creo que te lo explicarán el año que viene en el cole... no te preocupes.
— Y, ¿por qué?
— Bueno, cariño, es que tienes que aprender... — pero antes de que Paco pudiera acabar, la vocecilla de la pequeña le interrumpió abruptamente.
— Digo que ¿por qué tenemos esa cosa nosotras?
El hombre observó entonces a su hija de nuevo e intuyó, por su fruncimiento de cejas repentino, que no le había complacido demasiado la respuesta.
— Porque así lo ha dispuesto la naturaleza, hija. Todas las hembras del mundo animal, que son vivíparos, tienen útero. Es una característica intrínseca a todos ellos, entre los que estamos también los seres humanos.
— ¿Y por qué la naturaleza es tan mala? ... tú me habías dicho que era buena. — Olivia había extrapolado ya su fruncimiento inicial de cejas al resto de su carita, mostrando justo en aquel momento el comienzo un tremendo enfado.
— Pero, mi niña, claro que es buena. No te das cuenta que traer una vida al mundo es algo maravilloso. Un hermoso y especial don que sólo vosotras poseéis. Si no lo tuvierais, mamá y yo nunca hubiéramos podido tenerte... como tampoco, en cuatro meses, llegaría a nosotros tu hermanito Marcos.
— ¿Y por qué no lo tenéis vosotros? ¿Podrías haberte quedado embarazo tú de mí o de Marcos en vez de mamá, si a la naturaleza le hubiera dado la gana? — Llegados a ese punto el enojo de la pequeña era ya imparable y Paco adivinó al momento el consabido berrinche que vendría a continuación, dada su experiencia con el talante de Olivia. Ésta, se levantó de pronto de su asiento con ímpetu y con un aire indignado algo cómico para su edad y el tema en cuestión, y añadió —. Siempre son las mujeres las que tienen que sufrir por los embarazos, me parece injusto y cruel. ¡Pienso que la naturaleza es mala, y a partir de ahora seré antinatuleza y estaré en guerra de por vida con ella!
Tras decir aquello la pequeña salió corriendo de la cocina, directa hacia las escaleras del vestíbulo, mientras el pobre Paco quedaba abandonado con la triste mitad del ya no tan apetitoso croissant pendiente de su mano, y la mirada fija en la figura de su hija que desapareció hacia el piso de arriba. Un fuerte portazo se escuchó de pronto al llegar Olivia hasta su habitación, sin que Paco pudiera terminar de entender que bicho había picado a la nena para tener aquella reacción. Estaba seguro de que a todas las niñas les hacía ilusión saber que era su sexo el que estaba predestinado a tener bebés. Era además lógico y por ello enseguida querían jugar con pequeños sucedáneos de plástico a los que arrullaban, daban el biberón y vestían continuamente. Suponía que aquel nuevo berrinche se le pasaría en unos días, quizás incluso en unas pocas horas, y que en las próximas Navidades en su carta a los Reyes Magos ella también escribiría "Bebé Nenuco".
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La gran pregunta
General FictionOlivia desconoce la realidad existente tras la simple pregunta que, una mañana, le plantea a su padre.
