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Empezaré a narrar mi historia nada más escribir el párrafo, contaré todos mis secretos ocultos, incluido el hecho de que me convertí de un día para otro en un justiciero, en una figura pública y heroica. El sueño de todo niño era estar en mi lugar, obviamente, ser un hombre araña y luchar contra los malos, sin embargo me enfrentaba a la muerte todos los días. De no ser por mi confiado espíritu juvenil, ya estaría cavando mi propia tumba. Me llamo Rodrigo Carrera, cumpliré 17 años y tengo una identidad oculta, Spiderman. Cuando me pongo el traje se siente como si pudiera ser yo mismo, soltar mi verdadera personalidad.

¿Quieren saber cómo fue que pasó todo exactamente? Bien... Lo explicaré a detalle.

Me colé en un laboratorio donde trabajaba Iván, mi mejor amigo, mi hermano de otra sangre. ¿Para qué exactamente? no lo recuerdo al pie de la letra, pero sé que fui demasiado curioso. Mantenía comunicación con un hombre que hacía grandes experimentos, él solía ser la mano derecha de mi padre, según tengo entendido. Le ayudé a encontrar la pieza que faltaba en uno de sus muchos rompecabezas, un gran error. Se obsesionó conmigo y con mi habilidad de hacer las cosas.

—Así que Alan Rodriguez.— Dijo un chico alto de pelo oscuro acercándose a mí con una voz irónica, quitándose las gafas de típico científico.

—Obvio, ¿y vos quién sos?— Respondí juguetonamente, restándole importancia al asunto de que había suplantado una identidad.

El resto de estudiantes nos lanzaban miradas rápidas, Iván era el encargado de enseñarles todo el edificio, era el secretario del señor David, oh sí, el gran y poderoso señor David. Un gran logro para él al parecer, el día que le dieron ese título vino corriendo a mi casa para posteriormente abrazarme y gritarme la noticia en la cara.

—Mirá, Rodrigo, no sé qué mierda estés tramando, pero no me metas en problemas o soltaré la
información en tu contra.— Amenazó dejándome sin habla, Iván siempre sabía como cerrarme la boca.

—Pff, lo decís como si siempre me pusiera en problemas.— Rodé los ojos y puse mi brazo izquierdo sobre mi cintura. Claramente esa frase era totalmente falsa.

—Ajá, solo... hacé lo que te pido.— Sonó como una plegaria. Moví la cabeza, dándole a entender que todo estaría bien. Tampoco soy tan patoso, creo.

Iván se dio la vuelta y volvió con el grupo de estudiantes disciplinados, señalando a todos los lados. Estaba lejos y aún así podía oír su seria voz en mi cabeza.
Caminé en dirección contraria. Nadie pareció darse cuenta. Eso no era porque quería desobedecer a mi amigo, nada de eso, simplemente mi cuerpo necesitaba un paseito o empezaría a estresarme tarde o temprano. Caminé y caminé, hasta llegar a una sala que me llamó bastante la atención. Abrí la puerta no sin antes vigilar que nadie pasaba a mi alrededor o me metería en graves, muy graves problemas y a mi madre no le gustaría para nada tener un hijo delincuente.

Una luz roja alumbraba la habitación, parecía uno de esos bares donde las personas van específicamente por el sexo y el alcohol. Le resté importancia a ese pensamiento, no tenía nada que ver acorde al tema. Me paseé por el largo pasillo a cuclillas, acortando cualquier mínimo ruido. Cuando llegué al final de este, había una sala con un extenso vidrio delante, dentro... divisé algo que no lograba ver con claridad.

—¿Debería entrar?— Susurré para mí mismo, dudando. Me mordí las uñas y pensé.

Recordé las palabras del señor David. Él dijo que yo podía ser un gran científico debido a lo curioso e ingenioso. Algo me decía que debía entrar, por alguna razón inexplicable. Empero otra parte me decía que saliera corriendo y lo dejara todo como estaba. No quería involucrar a Iván en esto.

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