Prólogo

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-¿Qué diablos está mal conmigo? -musité entre jadeos y limpiándome los labios con el dorso de la mano.

-Tal vez solo es un resfriado estomacal -me consoló Connor, acariciando mi espalda, acuclillado a un lado mío, mientras se esforzaba por sujetar todos los mechones de cabello que le fueran posibles.

-Es imposible, las enfermedades aquí no existen -mascullé, antes de contraerme por otra convulsa arcada que trepaba por mi pecho.

Ya no quedaba nada en mi estómago, ni siquiera líquido biliar; llevaba casi un cuarto de hora abrazada al excusado, sin embargo, las arcadas me embatían con mayor intensidad, tensando los músculos de mi abdomen y causandome un terrible dolor en la caja torácica.

-No somos como los demás, Meghan.

-Algo anda mal conmigo -repetí en un susurro, cerrando los ojos mientras descansaba la frente sobre mis brazos cruzados en la taza del baño.

-Necesitas descansar ¿Puedes ponerte de pie?

-No creo que pueda hacerlo -musité, sintiendo la forma en la que el cansancio se apoderaba de mi cuerpo.

-Vamos.

Connor me ayudó a incorporarme y me dirigió al lavabo, donde me limité a cepillarme los dientes y lavarme el rostro con agua fría, la palidez de mi rostro era alarmante.

Todo lo que deseaba hacer era tenderme en la cama y dormir profundamente, pero antes siquiera de que pusiese un pie fuera del baño, las terribles arcadas volvieron a mí, obligándome a retomar mi lugar en el retrete con las falsas esperanzas de expulsar cualquier clase de contenido de mi interior. Las lágrimas brotaban de forma involuntaria de mis ojos.

-Mierda -oí a Connor murmurar- Meghan, no puedes seguir en este estado, te deshidratarás -me informó, levantándome en brazos para caminar hasta nuestro cuarto. Consideraba que me dejaría en la cama, sin embargo, me alarmé en cuanto nos encontramos camino al recibidor.

-¿Qué haces? -cuestioné a penas, en lo que me sujetaba con todas las fuerzas a su cuello.

-Vamos junto a tu madre, ella sabrá que hacer.

-La asustarás -musité. Connor me sujetó con fuerza contra su pecho mientras detenía sus pasos.

-¿Qué hago? -cuestionó buscando mi mirada.

-Solo llévame a la cama, puede que me encuentre mejor después de tomar una siesta -pedí, acariciando su rostro con la intensión de tranquilizarlo, se veía muy angustiado.

-¿Segura?

Afirmé con la cabeza y volví a cerrar los ojos, mientras sentía que nos movíamos. Pronto, Connor dejó descansar mi cuerpo en el colchón y procedió a recostarse a un lado mío. Me acurruqué en su pecho, él me envolvió en sus brazos, y el dolor que el esfuerzo había producido en mí se hizo más sencillo de ignorar.

No estaba segura de cuánto tiempo había pasado estando yo dormida, sin embargo, la ausencia de Connor me indicó que ya había pasado mucho tiempo, pues su sueño era largo y profundo y nada ni nadie era capaz de levantarlo hasta que completara su descanso.

El dolor punzó en mis costillas en cuanto traté de incorporarme, pero volví a ignorarlo y una vez de pie, dirigí mis pasos fuera de la habitación. Me sentía ligeramente mareada.

-¿Te sientes mejor? -preguntó mi novio una vez que se encontró conmigo a mitad del pasillo, llevaba una taza de té en las manos.

-Sí -murmuré, antes de sentir sus labios contra los míos mientras tomaba la taza de té en mis manos- Gracias.

Legado MalignoWhere stories live. Discover now