Ciertas leyendas hablan de lugares que atraen el mal. Lugares en los que las
desgracias se suceden inevitablemente, incomprensiblemente.
Hermann Talbach estaba convencido de que las ruinas de la vieja finca de los
Sallinger eran uno de aquellos lugares. En su pueblo todos lo estaban. Algunos
pensaban, incluso, que cualquiera que se acercara a ellas estaba condenado a perder el juicio, como le sucedió al propio Sallinger, quien una noche de mayo prendió fuego a su casa y murió entre las llamas junto a su mujer y sus dos hijos.
Y, sin embargo, esta vez Talbach habría dado lo que fuera por encontrar las ruinas lo antes posible. Mientras corría por el camino del bosque, acompañado por Paul, rezaba por no llegar demasiado tarde. En sus manos estaba evitar una tragedia.
Enfundado aún en su mono azul y con las manos manchadas de aceite, el
mecánico pasó a toda prisa junto a los mohosos escombros del antiguo arco de la puerta. Aunque hacía tiempo que había cumplido los cuarenta y un accidente en la plataforma elevadora del taller lo había dejado cojo, Paul, de diecinueve años, apenas podía seguirle el ritmo.
¿O quizá la lentitud del chico estuviera provocada por la visión de las estrellas de cinco puntas que alguien se había dedicado a pintar en varios mojones para ahuyentar a los malos espíritus? La mayoría había palidecido con el paso de los años, ciertamente, pero aún podían reconocerse con claridad; la suficiente como para mantener viva la zozobra ante el tenebroso poder de aquel lugar. Y, por el comportamiento de Paul, parecía que ninguna generación quedaba a salvo de aquella angustia. En el reparto de los talentos, el Creador había bendecido al joven ayudante de Talbach con formalidad y diligencia, pero al parecer se había quedado sin reservas de coraje y astucia…
Cuando el mecánico llegó a lo que había sido el patio interior de la finca, se dio la vuelta para mirar a Paul, que lo seguía jadeando, y se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano, dejando en su lugar una holgada mancha de aceite.
—Tiene que estar por aquí —dijo, jadeando, mientras miraba a su alrededor—.
¿Oyes algo?
Paul apenas alcanzó a negar con la cabeza.
Ambos aguzaron el oído e intentaron escuchar más allá de los tenues sonidos del bosque. Los pájaros gorjeaban en la distancia, una rama seca crujió bajo el peso de la bota de Talbach, un abejorro aleteó sobre un pequeño serbal y el zumbido de los mosquitos pareció adueñarse del aire. Talbach ni siquiera se dio cuenta del festín que los pequeños chupópteros se estaban dando en sus brazos y cuello. Estaba demasiado concentrado en percibir un grito humano, por lánguido que fuera.
Pero fue en vano. El lúgubre silencio de aquel maldito lugar lo cubría todo como un pesado y oscuro manto. Pese al calor del mediodía, Talbach notó que tenía la piel de gallina.
—¡Allí! —gritó Paul, sobresaltándolo.
Miró hacia el lugar que señalaba el chico y vio el destello. Provenía de un trocito de papel de plata que había quedado atrapado en el frágil halo de un rayo de sol. Los dos hombres corrieron hacia allá y descubrieron hierba pisoteada, huellas de zapatos
y otro pedazo de papel de plata escondido tras un tronco enmohecido.
Talbach cogió uno de los papeles. Aún olía al chocolate que había envuelto hacía poco.
—Han estado aquí. ¿Pero dónde…?
No acabó la frase. Tenía puesta toda su atención en el claro del bosque en el que esperaba encontrar más huellas. Tenía que haber más huellas.
Entonces posó la mirada en una zona cubierta de maleza que rodeaba el antiguo patio de la finca. Se acercó más a ella y vio unas ramitas dobladas. Y justo detrás, una especie de escalera de piedra.
—¡Aquí está! —gritó.
Tan rápido como le permitieron la capa de musgo y el resbaladizo manto de hojas secas que cubrían la escalera, Talbach bajó por los peldaños, seguido muy de cerca por Paul. En cuestión de segundos se encontraron en el viejo sótano de la casa.
Talbach dejó escapar un grito de sorpresa al ver abierta de par en par la pesada puerta de roble con las bisagras de hierro oxidado.
Paul se quedó inmóvil a su lado, rígido cual perro cazador que acabara de ver a su presa. Lo que tenía ante sí le hizo palidecer.
—Qué demonios… —gimió Talbach. No fue capaz de decir nada más.
Horrorizados, los dos hombres clavaron su mirada en la mancha de la pared
izquierda del sótano.
La sangre aún estaba húmeda. Parecía una mancha de aceite color púrpura sobre las mugrientas rocas.
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La Psiquiatra - Wulf Dorn
Misterio / SuspensoEl caso de una paciente maltratada y aterrorizada se convierte en la pesadilla de la psiquiatra Ellen Roth. La mujer teme ser secuestrada por el hombre del saco. Se lo susurra a Ellen y luego desaparece sin dejar rastro. Nadie la ha visto ni sabe na...
