Entre Niebla Azul Y Roja

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John.

Alguna vez deseé sentir la sincera presión del miedo; miedo tangible y terrible, miedo del cual no pueda escapar; no sé qué clase de semilla de locura me llevó a tener ese pensamiento, y fue entonces cuando ese miedo me pervirtió esta noche. Con certeza puedo decir que, el miedo que sentía en el pasado, era efímero e irreal. Me siento un cobarde, cobarde que no tiene la tenacidad suficiente para contar lo que ocurrió el día de hoy; durante la madrugada del 22 de octubre. Quien lea esto, que se entere; sucedió en algún lugar dentro del poblado de Underhill, realmente no quiero recordar ahora. Una lastimera oscuridad se cernió sobre el pueblo más agraciado de la tierra, como si fuera casi un sueño... no, una pesadilla.

Aquella noche yo estaba sentado en mi sala, junto al calor de la chimenea; el fuego danzaba con un vigorizante meneo de lado a lado. Casi se terminaba la leña.

Un frío azotador llegaba cuando el sol desaparecía, un frío que jamás se había sentido aquí, incluso siendo un lugar de temperaturas bajas en invierno. Incluso al pie del fuego puedo sentir mis huesos fríos y como la sangre deja de fluir atrapada en espesa frialdad. Es difuso, debo admitirlo, pareciera como si el calor de la chimenea quisiera huir de esta extraña sensación helada, escapar como si también tuviera miedo. Quizás hace cuatro o cinco días; recuerdo la primer noche que la angustia me invadió; desperté durante la madrugada sin poder respirar mientras jadeaba por un dolor de mil demonios en la cabeza y mi cuerpo estaba temblando, a la espera de un algo que ni siquiera ahora tengo la manera de narrarlo. -o quizás no me atrevo-Entonces comenzó a llover. Y durante la semana, no se detuvo, día y noche el agua caía del cielo como una brisa, y después como una tormenta, brisa, tormenta, brisa, y, aquel día mientras trataba de leer a orillas del fuego, el cielo gritó y llovió con una espasmódica intensidad. El fuego danzaba asustado en la sordera del agua azotar la tierra y los estruendos de los relámpagos que herían las luces de mi casa. Es curioso ahora que lo pienso; noche poética, triste y esbelta noche. Perfecta, me atrevo a decir.

El teléfono sonó.

Era Claire. Tan fría como siempre, le sienta bien en una noche como lo fue aquella. Jamás saludaba, no se andaba con rodeos y fue directo al punto que quería aclarar. Se oía preocupada, horrorizada e incapaz de terminar una oración, balbuceaba entre letras y la garganta se le volvió un nudo... entendí el mensaje. Ella tenía miedo... por, ¿primera vez?, Jamás lo había exteriorizado o quizás si en su momento creímos sentir esa sensación de terror, estoy seguro de que era un sentimiento falso. «...el miedo que sentía en el pasado, era efímero, era irreal.» sentía lo mismo que yo. No me lo dijo, pero lo sé... sé cómo es ella.

Colgué el teléfono tras escuchar la noticia y mi cuerpo de algún modo se paralizó un instante, muy breve... He escuchado cientos de cosas parecidas, en cambio, esta vez el ambiente se volvió pesado y silencioso y monótono y el viento rugía mientras la lluvia se volvía más salvaje y mi mente y cuerpo se negaban a aceptarlo.

Ella envió una patrulla a buscarme. Era de madrugada, no recuerdo la hora exacta, y yo subí al auto y abandoné la calma de mi hogar --quizás por siempre.-- Hacía frío y estaba mojado.

Cielos, como me es difícil recordar; una parte de mi quisiera que fuese solo una pesadilla... todo en mí, de hecho.

La lluvia no tenía intenciones de cesar, eso lo recuerdo a la perfección; las olas que azotaban los costados del vehículo al pasar cerca de las alcantarillas inundadas, riachuelos y charcos. Y... como olvidarlo. Lúgubre como un palacio de neblina gris como nubes suaves que bajaron a acariciar los árboles; no se podía mirar nada en varios metros a la redonda y cada vez estaba más convencido de ser parte de alguna alucinante pesadilla borrosa y sin sentido, sin embargo la niebla era real, así como todo sentimiento de horror y confusión. Sentí pena por el chico tras el volante; casi no podría olvidar aquello para olvidar, él, apenas un joven, un cadete, me miraba con lágrimas entre los ojos. Después miró la noche, un lecho de penumbras libres que acechaban en regocijo. La luna estaba escondida. Y creo que eso alteraba al chico; daba jalones torpes tratando de cambiar las velocidades y sus pies estaban en disputa con el embrague y el freno. La patrulla se mecía a tirones.

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