I. Las grietas en la pintura
La lluvia sobre Musutafu nunca sonaba dulce; sonaba a metal oxidado y a promesas rotas golpeando la latón de los aleros.
En el tercer piso de un edificio anónimo sin ascensor, el tiempo parecía disolverse en un matiz grisáceo. La luz que entraba por la ventana no iluminaba; solo revelaba el polvo suspendido en el aire y la silueta encorvada de un joven sentado al borde de un colchón raído.
Izuku Midoriya contemplaba sus propias manos. Eran manos torpes, deformadas por cicatrices quirúrgicas, nudillos engrosados y piel injertada que jamás recuperaría la sensibilidad del todo. Manos construidas para destruir la materia con tal de proteger la idea de la paz.
En la mesa auxiliar, una radio vieja emitida un estático suave antes de enganchar una melodía tenue, un bucle de piano melancólico y sintetizadores etéreos que flotaban como neblina. "A New Kind of Love".
A unos pasos, recostada contra la pared con la mirada fija en el techo agrietado, Kaina Tsutsumi exhaló un suspiro denso. Llevaba el cabello suelto, cayéndole sobre la mandíbula como una cortina oscura y violácea. Su hombro derecho, aún envuelto en vendajes compresivos por la explosión que casi la consume por completo desde el interior, apenas se movía con su respiración.
-Deberías estar en la residencia de la U.A., niño -dijo Kaina. Su voz no era dura, pero tenía el peso del hierro desgastado-. La Comisión o lo que queda de ella no tardará en notar que el Símbolo de la Esperanza pasa demasiado tiempo en un departamento de alquiler por horas.
Izuku no se sobresaltó. Acomodó la toalla húmeda en la cuenca de una palangana y se puso de pie lenta, dolorosamente. Sus tobillos crujían.
-No hay nadie esperándome allí a estas horas -contestó con voz baja, desprovista de la energía vibrante que solía usar frente a las cámaras-. Y no me llames "Símbolo". Sabes que no me gusta.
-Es lo que eres para ellos. Una estatua sobre un pedestal -Kaina giró el rostro hacia él. Sus ojos azul grisáceo, apagados pero ridículamente agudos, recorrieron las ojeras profundas del chico-. Un ídolo no puede sangrar en el piso de una criminal de guerra.
-Tú no eres una criminal de guerra para mí -dijo él, deteniéndose a un metro de su cama.
-Entonces eres un ciego, Deku.
El silencio volvió a instalarse, amortiguado por la voz que salía del reproductor de radio.
"I'm falling into something... a new kind of love..."
Izuku se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el lateral de la cama de Kaina, lo suficientemente cerca para que ella pudiera sentir el calor que salía de su cuerpo cansado. Era una distancia respetuosa, pero desesperadamente humana.
II. La geometría del dolor
No había habido una chispa repentina. El romance entre ellos no tenía la forma estilizada de las obras dramáticas ni la inocencia de los pasillos escolares. Había nacido en la penumbra de las curaciones nocturnas, en el intercambio de miradas entre dos personas que sabían exactamente lo que se sentía ser utilizado hasta el tuétano por un sistema que pedía milagros a cambio de vidas.
Kaina recordaba el día en que la Comisión la convirtió en su sombra. Recordaba la primera vez que apretó el gatillo del rifle que nacía de su propio codo para silenciar a un hombre cuya única falta había sido dudar de la narrativa oficial. Durante años, creyó que el mundo era una maquinaria podrida donde solo existían marionetas y titiriteros.
Y luego había conocido a Izuku Midoriya. Un chico que no peleaba por una ideología, ni por la Comisión, ni por el aplauso de una multitud. Peleaba simplemente porque no sabía cómo no extender la mano.
