Prólogo

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Una madre veía a lo lejos a su cachorro jugar feliz, regresaba de la casa principal de la mano de un beta, y, en la mano libre llevaba una bolsa de papel, el contenido era desconocido para la madre omega de aquel niño.

—¿Cómo te fue Jungkook? —preguntó la mujer—.

Jungkook se separó de la mano del hombre que le acompañaba y se despidió de este, dejándole un beso en la mejilla derecha. Corriendo después para ir a los brazos de su madre.

—Me fue bien ¿Te acuerdas de la promesa del jefe? —la mayor asintió.— Pues, preparé galletas para ti, como prometió me dejó usar el horno.

Ah, la mujer omega estaba conmovida, de eso no había duda. Sin embargo, la cruda inocencia de su hijo la inquietaba, Jungkook era un omega joven, lindo, crecería para ser hermoso... eso era fastidioso. La madre, usando como excusa su amor a su hijo, rompió las galletas que le entregó el pequeño, aunque guardó una secretamente, la comería después.

—Mamá... ¿Qué haces? —preguntó destrozado, era notoria la herida en el pequeño—.

Su madre, ocultando el desasosiego que le carcomía, miró fijamente a su hijo, le sonrió con todo el cariño de una madre y luego sentó a Jungkook en su regazo, en la pierna izquierda.

—Una vez me preguntaste cómo conocí al jefe... ¿Recuerdas? —Jungkook asintió, recordando que la respuesta le fue negada porque era más joven (más de lo que era ahora).— Cuando era más joven me secuestraron... fui traída a la casa principal para atender a un alfa en celo, ese alfa era el jefe... de ese miserable encuentro, naciste tú.

«Lo único bueno que ese hombre me ha dado» pensó la mujer.

—Por tu cara entiendo que no sabes de qué hablo, tranquilo, lo entenderás después —la madre suspiró— ¿Sabes porque te digo esto?... Bueno, mi querido niño, eres un desgraciado, naciste bello, hermoso, cariñoso y amable, sumándole que naciste omega. Tranquilo, no tiene nada de malo... Te cuento esto porque, no quiero que termines en la misma miseria que yo...

Jungkook le interrumpió.

—¿Qué significa miseria? —Preguntó con infantil ignorancia—.

—Lo entenderás algún día, si tienes suerte, será por un diccionario, —contestó cansina, acariciando los cabellos de su hijo— Jungkook, hijo mío, tienes que ser mejor, naciste con la fortuna de ser hijo de un jefe, serás bendecido y no pasarás por lo mismo que yo he sufrido... pero no serás libre, no te librarás de todos los males. Tienes hermanos que asumirán el poder algún día y te desecharán o usarán para su conveniencia. ¿Entendemos? —Jungkook asintió confuso— si tú asumes el poder todos se doblegaran ante ti, tus hermanos, tu padre, yo y todos en este imperio te respetarán.

—Pero yo quiero hornear galletas —respondió el menor—.

—Ve la perspectiva de esta manera, si asumes, podrás hornear todas las galletas que quieras —eso emocionó al menor,— querido, el mundo está podrido, no sobrevivirás siendo así de inocente... ¡Oh, mi lindo niño, perderás algún día esa sonrisa socarrona que tanto amo!

El dolor de una madre de ver a un hijo retorcer su mundo, era la funesta que la destrozaba, especialmente cuando ella apoyaba esa morbosa idiosincrasia. Amaba a su hijo, por eso tenía que hacer que sobreviviera, no quería darle la desgracia con lo que ella nació, por eso debía quebrantar a su hijo... 

—Desde ahora no habrá más galletas...

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—Señor —llamó la voz de uno de sus subordinados, sacándolo de los antaños recuerdos que le invadieron—.

—¿Qué sucede? —contestó despectivo—.

El subordinado tragó saliva, nervioso ante la presencia de su jefe.

—Se niega a confesar...

—No sé si son incompetentes o idiotas —respondió Jungkook, tenso y enojado—. Prepara mis cosas, haré hablar a ese malnacido.

—Sí… Señor...

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