Capítulo uno

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Una capa de vaho cubría el cristal bajo la respiración de Sandra, que no parecía notarlo; ya que estaba concentrada escudriñando la calle. Aquel día su objetivo se estaba retrasando. Dio un sorbo al café, inquieta por la tardanza.

Se había despertado hacía media hora y nada más abrir los ojos un pensamiento la había invadido: «Hoy es uno de Diciembre». Había intentado sacudírselo como fuese, centrando su atención en otra cosa. Necesitaba que la corredora apareciese ya y sustituyese esa melancolía navideña que empezaba a invadirla.

La chica apoyó la cabeza en el marco de la ventana y suspiró. Sujetaba una taza de café y bebía sin atención, ya que no despegaba la vista de la acera que se extendía bajo su casa.

Si no se daba prisa, saldría al salón su compañera de piso y la vería allí. No quería tener que explicarle que, desde hacía casi un año se levantaba todos los días antes de hora para ver salir a correr a una chica rubia -del bloque cuatro, según le habían revelado sus moderadas pesquisas- de la que no conocía ni su nombre.

Sabía que era raro, estúpido e incluso puede que rayano al acoso; pero seguía allí clavada esperando a que apareciese.

Eso era lo único que tenía, lo más parecido a una relación, desde hacía tiempo. Si le daba vueltas llegaba a la conclusión de que aquello era muy triste, así que procuraba no hacerlo. «No le hago daño a nadie», se convencía. Solo quería desearle los buenos días desde lejos, mientras se tomaba el primer café de la mañana, como imaginaba que haría si viviesen juntas en aquel apartamento.

Sandra imaginaba que se levantaría a la misma hora que la chica rubia, se darían un beso de buenos días, ella le diría "me voy a correr, cariño" y Sandra contestaría "a quemar el asfalto, mi amor". Luego se asomaría a la ventana para verla salir a correr y sonreiría porque se sentiría afortunada de la vida que tenía.

La realidad, sin embargo, era que no conocía a aquella chica. Había descubierto su rutina el enero pasado, durante la Cuesta de enero -así la había bautizado Julia, su compañera de piso-. Nuria Cuesta, su novia durante tres años, había cortado con ella la segunda semana de enero en la que, además, había cogido una gripe horrible.

Aquellos días subió la cotización de las empresas de pañuelos y no pudo ser coincidencia. Uno de esos días, en los que no podía dormir ni dejar de llorar, en los que tenía fiebre y se encontraba fatal, se había asomado a la ventana y allí había visto a su corredora. Con la melena recogida en una coleta se había puesto a trotar, ajena al mundo, con una leve sonrisa en la cara. Transmitía tanta paz. Sandra había dejado de llorar, contagiándose de su calma.

Había quien salía a correr y quien meditaba por las mañanas. Sandra Segura espiaba a su vecina. Una actividad como cualquier otra para empezar el día en calma y con energías. Le traía buena suerte, así lo había decidido.

Empezaba a preguntarse si la chica estaría enferma. Pensó en meterse en la ducha o su compañera la pillaría in fraganti. Ya estaba cuestionándose su propia conducta, cordura y aspiraciones vitales cuando, por fin, apareció. Desde que había empezado el frío llevaba unas orejeras de color negro que recorrían la parte posterior de su cabeza y se sujetaban a ambos lados de su cara. También había añadido un chaleco a su indumentaria deportiva. Era negro, acolchado y pegado al cuerpo. Muy elegante.

A Sandra le fascinaba la cantidad de ropa deportiva elegante que tenía la desconocida. Ella había hecho deporte en contadas ocasiones y siempre lo había hecho vestida de forma que pudiesen confundirla con su abuelo. Al menos, tal y como ella recordaba a su abuelo: cuando al pobre hombre se le fue la cabeza. Tampoco es que hubiese ropa de deporte especialmente bonita de su talla. Siempre que hacía deporte se sentía disfrazada o alguien que, en el mejor delos casos, se había caído accidentalmente en una caja de ropa vieja y fea.

–Buenos días –susurró frente a la ventana, recordando por qué estaba allí sentada, y sus cálidas palabras empañaron el cristal.

La corredora se alejó por la izquierda, deslizándose por la acera con facilidad. Cuando desapareció de su vista, Sandra se acabó el café y cruzó el salón en dirección a la cocina, donde dejó la taza en el fregadero.

Se duchó con rapidez. Al salir se dirigió a por el segundo café del día, ataviada con el albornoz y una toalla alrededor de su melena marrón, de la que se escapaba un mechón en la cima del turbante improvisado.

–¡Buenos días! –saludó a Julia, sentada en la mesa de la cocina e inmersa en su desayuno.

–Buenos días –respondió la aludida, con el poco entusiasmo de quien acaba de despertarse.

Alcanzó una taza con formas geométricas del estante de arriba, vislumbrando al fondo una de vivos colores. Dudó un segundo. Cogió una de las sillas de la cocina y la arrastró, bajo la mirada sorprendida de su compañera, hasta el armario. Se subió a ella y alcanzó una de las tazas de atrás.

Bajó de su rudimentaria escalera y Julia se río.

–Ya es Navidad en el Corte Inglés y en la vida de Sandra Segura –se burló, poniendo voz de anuncio. La chica se limitó a sonreír y a colocar su taza de renos y Papá Noel bajo la cafetera.

Se sentó frente a Julia con su café, todavía en albornoz y cogió una de las galletas que estaba comiendo la chica. Todo el mundo sabía que le encantaba la Navidad, no lo ocultaba. Lo que no sabían era que nunca conseguía tener las Navidades perfectas que tanto deseaba, por mucho que se esforzase. Aquel año, desde luego, no las tendría. Estaba sola. «¿Voy a dejar de celebrarlas por una tontería así? ¡No!», pensaba admirando su taza. Disfrutaría de las fiestas pasase lo que pasase.

–Por cierto –interrumpió su compañera la calma del desayuno –, acuérdate de que hoy viene mi amiga Angie. Te lo digo más que nada por si mañana no quieres pasearte así por la casa.

Sandra reparó en que iba sin vestir y se puso roja. No había pensado en que podía ser molesto verla cubierta solamente por una toalla. Su cara reflejó su angustia repentina y balbuceó una disculpa, por lo que Julia se apresuró a añadir:

–¡Lo digo por ti! A Angie le dará igual seguro, ya sabes como es... –paró un segundo para extenderla mano sobre la de su amiga –y a mí también me es igual. Es solo por si te da vergüenza, para que no se te olvide.

La chica asintió, forzando una pequeña sonrisa. Julia no parecía muy convencida, aún así le dio un beso en la mejilla, dejó sus cosas en el fregadero y anunció que se iba a la ducha.

Sandra respiró hondo, sabía que Julia lo decía porque la última vez que una amiga suya había estado encasa y ella había salido en albornoz se había asustado. Al verla había dado un gritito y se había escondido en el baño. El resto del día lo había pasado sonrojándose continuamente y evitando a su amiga y a su invitada.

Julia había pensado durante días que se había enfadado con ella por no avisarla de que tendría visita. Tuvo que confesarle que no había sido por eso, solo era porque le daba vergüenza.

Pese al mal rato, aquello las unió bastante. La desnudez parcial suele provocar ese efecto.

Habían pasado años desde aquello.

Sandra se vistió y salió a la calle, no quería llegar tarde al trabajo. «Uno de diciembre, casi Navidad, y sin pareja, mejor conservar el empleo».

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