1. La carretera.

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Lucas tiró del freno de mano. Giró la llave y la extrajo del contacto. Los cinco amigos bajaron del coche. No era necesaria tanta ayuda, sin embargo, llevaban demasiado tiempo sin estirar las piernas. Aquel hombre, quien segundos antes agitaba los brazos reclamando ayuda, se acercó a ellos.

—Menos mal. ¡Gracias, muchas gracias por parar! Sois el primer coche que pasa en media hora. Esta carretera está muerta. 

Se encontraban en un área de servicio diminuta de la Nacional 232. Los cinco amigos se colocaron en torno a él. El coche del hombre, situado entre el arcén y la calzada, no presentaba síntomas visibles de haberse estropeado. 

—Me ha dejado tirado —aseguró—. He intentado encender el móvil para pedir ayuda, pero estoy sin batería. ¡Por aquí no hay nada! Si no llegáis a aparecer...  

—No hay por qué darlas. Toma, puedes usar mi móvil. 

—¡Sí!, perfecto, te lo agradezco. Pero antes, ¿podríais ayudarme a empujar el coche? No quiero dejarlo aquí en medio —señaló—. Bastará con arrimarlo un poco a esos árboles. 

Los cinco asintieron y comenzaron a empujar a la vez que el desconocido controlaba el volante.

 —Me llamo Emilio, por cierto —dijo sonriendo. 

Se adentraron en el área de servicio y el hombre bajó del asiento. De repente, otra voz se escuchó tras uno de los árboles. 

—¡Y yo Eva! —gritó una mujer, pillando a los amigos por sorpresa. 

Su aspecto era horrible: maquillaje corrido, ropa sucia y pelo desaliñado. Además, podían apreciarse en el extremo de su nariz restos de cocaína. Salió de su escondite riendo a carcajadas. Se llevó la mano derecha a la parte trasera de la cintura y extrajo una pistola. Los cinco se quedaron petrificados; un escalofrío recorrió sus cuerpos a medida que la mujer alzaba el arma y los apuntaba. 

—¿Qué coño es esto? 

Antes de que Iván acabase la frase, el hombre le golpeó en la cara. Los otros cuatro amagaron con echársele encima, pero recordaron al instante que el cañón de la pistola de Eva permanecía apuntándolos. 

—¡Joder! Nadie te ha dicho que abras la puta boca. También va por vosotros. Os quiero calladitos y escuchando atentamente. 

El hombre regresó al interior del vehículo y sacó una pistola de la guantera. Empezaba a ponerse nervioso. Sabía que, si bien tenía la sartén cogida por el mango, debía darse prisa. De lo contrario, cualquier conductor que pasase por aquella carretera podría verlo. 

—Vale. Esto será sencillo. Voy a deciros lo que vamos a hacer, y el que no obedezca... 

«¡Qué haces!» , pensó Lucas. Jorge había conseguido sacar su teléfono sin que esos tipos se enterasen. Tenía el brazo izquierdo tras su espalda, brazo que medio tapaba el cuerpo de Diego. Su pulso se aceleró. 

—Vais a venir con nosotros. No quiero preguntas, ¡ni que digáis una puta palabra! ¡¿Entendido?! Papá y mamá ingresarán un poco de dinero y todos nos quedaremos contentos. 

«Venga, joder. Venga». 

Tras unos segundos, Jorge consiguió que saltara la llamada. Solo haría falta quedarse callado, y dejar al sorprendido operador que descolgase el teléfono escuchar la conversación. Después, la policía localizaría el móvil y todo habría quedado en una horrible experiencia. 

—Emergencias, dígame. 

El sonido de la voz se escuchó alto y claro. Sin darse cuenta, tras llamar, Jorge había activado el altavoz. Emilio se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron como platos, furioso, preguntándose quién de los cinco había cometido tal error. Tras un breve recorrido, sus ojos se quedaron fijos en los de Jorge. El joven se giró tan rápido como pudo y se acercó el móvil a la boca. 

—¡Necesitamos ayuda! ¡Estamos en...!

Un ensordecedor zumbido resonó en el aire. Unas décimas de segundo después, Jorge cayó desplomado. La mujer había dejado de reírse. Un gesto tenso y amargo cubría su rostro. Sus brazos, que mantenía extendidos sujetando el arma, temblaban como si de ellos pendiese un gran peso que se negaban a soltar. La punta de su pistola desprendía un fino hilo de humo grisáceo. El tiempo aminoró su marcha. Lucas dirigió su mirada hacia el cuerpo de Jorge: aún tenía los ojos abiertos, pero no respiraba. El agujero que tenía en su nuca se lo impedía. Devolvió entonces su mirada hacia Emilio. Estaba pálido como la nieve. Súbitamente, Diego se abalanzó sobre él. Pero antes de que lo alcanzase, se escuchó un segundo disparo. Si bien el primero ralentizó el tiempo, el segundo lo aceleró. 

—¡Joder! ¡Mirad lo que me habéis hecho hacer! Este no era el plan, ¡no era el jodido plan! —vociferó el hombre, pudiéndose notar también en sus gestos el efecto de la cocaína—. Y tú, ¡por qué coño has disparado! No tendrías que haberlo hecho, ¡ahora no me has dejado opción! —exclamó, esta vez dirigiéndose a Eva. 

Lucas se llenó de valor y pensó en arrebatarle el arma. Estaba cerca. Tan sólo necesitaba un par de zancadas largas y llegaría. Sin pensárselo dos veces, arremetió contra él. Solo tres o cuatro metros los separaban. Primer paso. Emilio aún no había reaccionado. Era su oportunidad e iba a lograrlo. Olvidó, no obstante, que el hombre no estaba solo. Eva giró en un abrir y cerrar de ojos su arma y con la culata de la pistola golpeó la cabeza de Lucas, dejándolo inconsciente. Las siluetas de los presentes se desvanecieron imitando el efecto con que se disipa el humo de un cigarrillo. Un estallido de silencio prosiguió y todo se volvió oscuro.


El invitadoTempat cerita menjadi hidup. Temukan sekarang