Le faltaba el aire. El hollín que flotaba en el ambiente le perforaba los pulmones y le dificultaba la respiración. Durante los días que siguieron al primer bombardeo un zumbido constante hizo eco en su cabeza. Costaba saber cuándo terminaba el día y comenzaba la noche, el cielo ennegrecido por humo y cenizas obstruían la vista del sol, de la luna. Se preguntaba constantemente si habría más ataques. ¿De dónde venían, por qué sucedieron? No lo sabía.
Algunos consiguieron salir de los escombros, ella no pudo; su padre fue quien la sacó de la casa, aun con una herida a carne viva que atravesaba su estómago y quemaduras en sus manos.
Las personas que sobrevivieron se alejaron rápido de la ciudad en la calma hueca que procedió a la pesadilla, buscando desesperados algún sitio que hubiera quedado en pie.
Charcos oscuros de lluvia negra adornaban los adoquines, casas y edificios destruidos por las explosiones; las llamas se habían tragado lo poco que quedaba. La gente sufría: los más afortunados rogaban por ayuda, otros suplicaban una muerte rápida.
Un zumbido penetró los cielos. A su lado, el río se veía oscurecido por los residuos de los incendios, ensombrecido con el reflejo de la muerte. La tierra cimbró bajo sus pies y el agua se agitó ante la proximidad del infierno que estaba por desatarse.
La noche se disipó cuando una luz, entre verde y violeta, iluminó la Tierra. Las nubes comenzaron a aglomerarse, rayos y truenos provocaron ruidos ensordecedores que hacían vibrar sus entrañas, el viento sopló con violencia. Un terremoto sacudió el mundo al mismo tiempo que caía una lluvia de explosivos. Sintió que alguien la tomaba de la mano antes de salir volando por los aires.
Un estruendo, un halo luminoso, una corriente que tiró de ella con fuerza...
El mundo se tornó oscuro.
