CREO QUE LO VALGO
En una ocasión, entré a una Boutique a ver qué me gustaba, no llevaba nada especial en mente pero tenía ganas de darme ese gusto. Aclaro que no soy compradora compulsiva, ni me ha sobrado nunca el dinero, pero estoy consciente de su valor y del mío. Tenía ya un hijo de dos años y siempre he considerado sano, que si las circunstancias lo permiten, debe uno darse un pequeño lujo, para no olvidarse de que primero es uno mujer y después esposa y madre.
Compré un vestido de noche que me gustó mucho, el diseño era juvenil, sobrio y elegante, además con un color que difícilmente llamaba demasiado la atención, pero que tampoco pasaba desapercibido. No tenía fiesta en puerta, pero sabía que lo estrenaría en la primera ocasión que se presentara. Al poco tiempo se casó una ex alumna muy querida que me invitó a su boda y ahí fue cuando lo estrené. Estaba consiente de que el vestido me quedaba bien y me hacía sentir feliz. Pero es que, ¿qué le queda a uno mal cuando se es joven? Si la juventud es el adorno de lujo que no siempre podremos tener. Esa noche mi marido y yo bailamos toda la boda sin descansar más que cuando los músicos descansaban. Por la mañana sentía mis pies inflamados de tanto bailar y el ánimo también.
MAMÁ DE TIEMPO COMPLETO
Al año siguiente, me embaracé de mi segundo bebé (mi hija) y no me volví a acordar de mi vestido de noche hasta que ella tenía un año recién cumplido. Entonces lo usé por segunda vez para la fiesta de quince años de una sobrina. Fiesta en la que por cierto mi nena, que ya andaba empezando a caminar, bailó todo el tiempo agarradita de una silla, al son de la música. Si alguien me hubiera preguntado, hubiera jurado que me iba a salir muy bailadora. Pero qué bueno que nadie preguntó, ya que no fue así. Para entonces, me acababan de confirmar mi siguiente embarazo y me habían dado la noticia de que serían gemelos o gemelas, pero que serían iguales, como "dos gotas de agua".
Después de mandarlo a la tintorería, el vestido fue guardado y no volví a usarlo hasta que mis padres cumplieron 50 años de casados, para sus "bodas de oro". En ese tiempo tenía yo dos bebés de tres meses y una nena de menos de dos años, tres sillitas periqueras, dos bebés que amamantar y cuatro niños menores de cinco años que atender. Aun así me di tiempo para enseñarle a bailar a mi nene el mayor, durante los días previos. Pero no hubo tiempo para más. El trabajo era mucho, el descanso casi no existía, mucho menos el tiempo para salir de compras a buscar vestido nuevo.
Entonces me volví a acordar de mi vestido de noche. Me lo medí y me dio tanto gusto que después de tanto niño, éste me seguía quedando y me seguía gustando como me quedaba. Me bañé rápidamente, peiné mi cabello corto, me puse un poco de máscara para pestañas y un poco de labial, alisté a dos de mis hijos, mi esposo alistó a los otros dos y vámonos de fiesta. El único inconveniente que se presentó fue que mi hijo mayor tuvo tanto éxito con las primitas por las vueltas que les daba cuando bailaban, que todas querían bailar con él. Esa fue la única vez que lo vi bailar con tanto éxito, porque tampoco salió bailador de grande.
LA ULTIMA VEZ
Tres años después, lo volví a usar, regresando de las primeras vacaciones que hicimos mi esposo y yo con los niños; los habíamos llevado a conocer la playa y obviamente volvimos muy gastados. Entonces nos invitaron a la boda de una prima de mi marido. Sí queríamos ir, pero no queríamos salirnos de nuestro presupuesto comprando ropa nueva y fue cuando busqué de nuevo mi vestido de noche. Me lo medí, me seguía quedando, lo mandé a la tintorería y en esta ocasión lo lucí como un trofeo ya que me seguía gustando como me quedaba. Lo único diferente es que ya usaba yo el cabello hasta los hombros.
Cuatro años después, cuando otra de mis sobrinas cumplió sus quince años, me lo volví a poner. Obviamente en ese lapso de tiempo yo ya había estrenado otros vestidos para otras fiestas, pero éste me seguía encantando. Además, me seguía quedando, que era en este caso bastante importante. Otro punto a favor es que la tela seguía viéndose como nueva y el diseño y color parecían seguir vigentes. Por eso no lo pensé mucho y me lo volví a llevar a otra fiesta más. Ya para entonces mi hijo mayor tenía doce años, mi hija nueve y mis gemelos siete. Lo cual quiere decir que hacía como diez años que lo había estrenado. No diré que en esta fiesta mis bebés fueron los que sacaron a bailar a las primas, ya que por ser los niños más pequeños tanto de la familia de mi esposo, como de la mía, pues no había niñas con quien bailar. Además a ellos les gustaba ir a quedarse dormidos con la música, sentados en su silla y recargando la cabeza en la mesa. Yo creo por eso ambos salieron músicos, porque mientras dormían, se les metieron las notas musicales hasta el subconsciente y de ahí al inconsciente.
Pero ¿qué creen? Esa no fue la última vez que lo usé. La última vez fue cuando uno de mis hermanos y su esposa festejaron sus bodas de plata. Ahí me lo volví a poner, en esta ocasión con el cabello largo y planchado. En esa fiesta, nos volvieron a acompañar nuestros cuatro hijos, los más chicos ya con quince años y del tamaño de su papá. No dudo que en todos esos años alguien se haya fijado en que el vestido ya lo había yo usado en muchas ocasiones, menos si con excepción de la primera vez, en todas las demás hay constancia mediante fotografía de que lo traía puesto. Pero esas cosas a mí no me han importado, nunca me he detenido a fijarme si alguien me observa con admiración o si alguien se está burlando de mí. Yo me he dedicado a vivir mi vida lo mejor que Dios me ha dado a entender y la única opinión que me ha importado, eso sí bastante, es la que Él tenga de mí.
SIN PERDER LA ESPERANZA
Hace seis años que no he vuelto a usar mi vestido de noche en cuestión, no sé si alguna vez lo volveré a hacer, lo único que les puedo platicar es que dos años después, una sobrina me lo pedía prestado para usarlo en mis propias "bodas de plata". No se lo puso porque yo no haya querido prestárselo, sino porque al pasar por una Boutique, vio un vestido que le encantó y sin pensarlo dos veces, entró y se lo compró. Seis años después ya no me queda mi vestido de noche que tanto me gusta, un día llegó el Hipotiroidismo a desajustar mi vida y mi metabolismo; por años lo mantuve a raya y por eso era un logro para mí que ese vestido me siguiera quedando. Pero este año, esa enfermedad me tiene doblegada, sin embargo no pierdo la esperanza de volver a ganarle la batalla.
Mi vestido de noche sigue colgado en el vestidor, protegido por una bolsa transparente de la tintorería, al lado de otros vestidos de noche que también me gustan. No sé si alguna vez lo vuelva a usar, lo venda o lo regale. Tal vez solo lo siga guardando como recuerdo y constancia de las muchas anécdotas que tengo pensado contarle a mis nietos, sentados a la mesa, mientras comen galletas recién horneadas por mí y por ellos y acompañadas de té con leche. Bueno, si es que Dios me concede algún día, tener nietos.
YOU ARE READING
CUENTOS PARA CHICOS Y GRANDES
Short StoryCuento para todas las edades. El vestido negro. La historia trata principalmente de un vestido de noche, en la que se entretejen las experiencias de la autora, a la par de que va formando su propia historia familiar de mujer, esposa y madre. Pero al...
