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Casarse.

La palabra resonaba en su interior una y otra vez, tortuosa, como si buscara atormentarlo. Una ira creciente se arremolinaba en su interior, ciñéndolo con ahínco. Izuku azotó la bandeja que llevaba en las manos con furia.

No iba a casarse. No quería. No era que se opusiera al matrimonio. En absoluto. La razón detrás de este matrimonio era lo que le revolvía el estómago: su padre se había dispuesto a hacerlo contraer matrimonio con cualquiera que tuviese el suficiente dinero para cubrir su ocio y vicios de mala muerte. Izuku arrugó el ceño y maldijo en silencio por enésima vez.

Camino a paso inquieto hacia la pequeña ventana, salpicada fuertemente por la ventisca que azotaba el exterior. Suspiró y recostó la mejilla en su antebrazo, temblando aún por la ira latente.

No quería casarse. Gimió para sí, en un lamento lastimero. No deseaba unirse a ningún alfa o beta solo por dinero. En lo más profundo de su ser, rogaba que su "padre" reconsiderara sus decisiones destructivas.

Se puso de pie de manera abrupta, tropezando con el sillón mullido que su padre y el patán de su hermano usaban a diario. No solo no quería casarse, sino que la idea de unirse a Enji Todoroki le resultaba repulsiva. No lo conocía, pero en su mente, lo imaginaba como un hombre mayor, arrugado, con escaso cabello y un enorme vientre abultado por el ocio.

Enji Todoroki. El sencillo nombre le causaba repulsión. Deseaba que le ocurriera algo terrible: que se cayera de un risco, que alguien lo secuestrara o sencillamente que una tormenta en el mar se lo llevase y lo dejara en una isla completamente desierta. No lo lamentaría; de hecho, se sentiría aliviado y feliz.

Era un pensamiento cruel, se recriminó. Lo tacharían de mala persona por desear algo tan inhumano.

Pero..., Izuku Yagi estaba desesperado. ¿Quién podría culpar a un pobre omega de tener ese tipo de pensamientos, cuando lo obligaban a casarse a la fuerza, todo para cubrir las deudas de su "padre"?

Hizo una mueca y suspiro con pesadez.

¡No quería casarse! Grito en su interior, mientras lanzaba todas las cosas que adornaban la chimenea de su humilde hogar.

Increpó el nombre de su padre una y otra vez: Toshinori Yagi, el prepotente alfa y alcalde del pueblo donde vivían desde que Izuku tenía memoria. Un hombre arisco, mezquino, sin empatía por su dolor. Un ser repulsivo que lo usaba como moneda de cambio.

Lo odiaba.

¿Qué culpa tenía él de que su padre fuera un vicioso apostador?

Ninguna.

No era él quien lo obligaba a ir a la casa de los nobles, a jugar con pretensión y apostar lo que no tenía. Peor aún, apostar con aquel desagradable hombre cuyo nombre le generaba malestar: Bakugo Katsuki. ¿Quién en su sano juicio se sentaría en la mesa de aquel pretencioso extranjero? Solo su padre pensó Izuku. Y ahora era él, quien tenía que cargar con las consecuencias de las acciones de su desconsiderado padre.

Si su madre estuviese viva, reflexionó, su padre no estaría encaminándolo hacia el matadero. Inko Yagi. La noble omega que había sucumbido a los encantos de un alfa, dejando su cómoda vida de noble para escapar por un amor juvenil. Ahora yacía bajo capas de tierra, ajena a la tormenta que azotaba a su familia.

Tras su muerte, Toshinori se había deteriorado. El hombre joven y encantador se convirtió en un saco de huesos pálido, con ojeras profundas. Un amargado atestado de deudas.

Los golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos de escape. Izuku se acercó, pero antes de que pudiera girar la manilla, la puerta se abrió de forma abrupta, dejando entrar la ventisca que salpico el vestíbulo -ensuciándolo- y parte de los pantalones que usaba Izuku. El omega ahogó un grito al sentir la fría nieve rodeando sus muslos y pies.

Winter is warm?Stories to obsess over. Discover now