"Ansia invisible"

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Luna preñada sobre París. Hambre.

Después de ciento cincuenta años, mis entrañas rugen de nuevo. Sonrío tan tenue que el breve latido de un ratón empapado bajo las alcantarillas de Montmatre es más apreciable.

Hay tres cosas en la soporífera vida de una gárgola que esta debe tener en cuenta, a saber: discreción, paciencia y templanza.

Quinientos años de gorgoreo de agua por mi garganta son un gesto rotundo del tiempo para domeñar, a una criatura de piedra como yo, contra un muro calizo y eterno. Esto otorga paciencia.

Mi pequeña eternidad, al borde de un abismo maravilloso y horrendo a un tiempo y yo sin poder corromper, con un delicado gesto, mi jeta antigua e innombrada. Esto es discreción.

Varias existencias de estudio y observación sobre la naturaleza de los humanos, que pasean sus pútridos mundos individuales bajo mi mirada invisible. Presenciar cómo unas vidas se pisan a otras sin mirar qué tienen bajo los pies; esto y muchas otras escenas de la barahúnda parisina confiere la templanza.

Y todo esto; ¿para qué? te preguntarás. Toda la observancia que debo acometer se debe a que mi amo, sí, mi amo, no quiere que esas alimañas de ahí abajo despierten. Es necesario que sigan creyendo en el hombre del saco, los vampiros y qué sé yo qué más ilusiones de cerebro tullido e incapaz. No pueden despertar hacia la verdad, del mismo modo que una gallina de corral no debe imaginar un mundo más allá del cerco.

El deseo es poderoso...el deseo es un dios caprichoso.

¡Oh, qué distraído andar el de esa doncella de belleza tan altanera como fútil!

¡Tanta grandeza encerrada en un suspiro de exuberante piel sonrosada y frágil!

Sin querer, muevo una garra inferior y una pequeña piedrecilla resbala por la cornisa de la catedral hasta caer frente a la chica. Hambre. Ansia.

Me está mirando, ¡sí, ella me mira! ¡oh, qué osada! ¡qué merecido tiene su destino!

Yo permanezco quieto, impertérrito, aunque lucho contra mi alarmante deseo de saltar sobre ella. Por fortuna permanecer como si careciera de vida es mi especialidad, menos cuando...me alimento.

Un instante después mis garras superiores ya tocan el empedrado de la calzada. Puedo sentir el olor de su sombra que derrama su virginal aroma sobre la calle. La sigo, siempre lo hago así.

Un carruaje triquetea los adoquines acarbonados, me adhiero a la pared y quedo invisible a ellos, como siempre. Pasan y yo reanudo mi persecución. Hambre.

La joven ha doblado la esquina de la Rue Azaïs. Tararea una melodía, me detengo a escucharla, y eso le concede unos segundos más de vida.

En el rincón oscuro gira su carita, que lo ilumina todo y yo estoy ahí, para recibir su pavor. ¡Cuánto me llena su miedo!

Sonrío y estoy a punto de llorar de alegría si no fuera porque soy de piedra y...el hambre, el ansia, dominan.

Ella es brava, patalea. Sé que no va a gritar, no puede. Está paralizada hasta el pensamiento. La empujo al suelo y, sobre ella, amago sus muñecas.

No soporto tanta armonía. Hundo mi cara pétrea en la suya y la beso rompiéndole los dientes. La beso sin fin. Mi lengua pedernal penetra, clava, perfora...Ahora es ella la que gorgorea como una gárgola. Quedo un instante admirándola. Habría sido la gárgola más hermosa, no solo de París, sino del mundo. Abro sus telas, no lo hago con celeridad, y separo las carnes mientras ella da sus últimos estertores. Consigo explorar su caliente interior que palpita timorato, dándome la bienvenida. Poco a poco hago camino con mis tímidas manos graníticas...hasta que sumerjo mi cara dentro de ella. Como.

El hambre, el ansia...

Ya puedo regresar a mi lugar. Antes de volver a la catedral me volteo para observar cómo ella, o lo que queda de su ser, va transformándose en una figura pétrea, tosca, libre de toda gracia. He conseguido darle la eternidad.

Así es que nacen las gárgolas, al menos en París. Mi niña. Mi dulce niña.

                                                                                        FIN 

Ansia invisibleHikayelerin yaşadığı yer. Şimdi keşfedin