— ¿Joselo? ¿Joselo Vázquez?
— ¿Disculpe?
—Eres tú, ¿no es así? José Luis Vázquez, Joselo, hijo de Enrique Vázquez. Por poco no te reconozco, muchacho, no te veo desde que estabas así de alto. Has cambiado muchísimo, ya eres todo un hombre.
— Ah, sí…
— Oh, qué descortés de mi parte. Soy Adriano Segovia, fui socio de tu padre durante diez años en su despacho, hace ya mucho tiempo.
— ¡Señor Adriano! Hubiera empezado por su nombre, tampoco lo reconocí al principio. Siéntese, siéntese.
— Gracias.
— ¿Quiere tomar algo? ¿Un café?
— Eh… sí, un café está bien.
— Joven, tráigale un café al señor, por favor.
— ¿Es caro el café de aquí? Estoy un poco corto de efectivo.
— No diga más, señor Adriano, yo lo invito. Yo lo invito y no aceptaré un no por respuesta, guárdese esa cartera.
— Gracias, Joselo.
— Pero, dígame, ¿a qué se debe que ande corto de efectivo?
— Ay, muchacho, he pasado por unos cuantos problemas últimamente. Ay, si yo te contara…
—Pues cuénteme, ya que estamos aquí, quizás hasta podría yo ayudarle. Oh, aquí está el café, gracias, joven.
—Gracias. Pues, para empezar, hace un año falleció mi esposa.
— Oh, vaya. No tenía idea, señor Adriano, mis condolencias.
— Sí, gracias. Estuvo mucho tiempo enferma de cáncer, tuvo tratamiento tras otro, dos cirugías, todo muy costoso. Tuvimos que vender la casa, el carro, conseguir préstamos.
— Qué mal, señor Adriano, ¿y qué hay de sus hijos? ¿No pudieron ayudarle?
— Oh, no, nosotros no tuvimos hijos, ¿no te acuerdas? Por eso es que mi Renata te tenía tanto cariño.
— Oh, sí, ya recuerdo, discúlpeme, me confundí.
— Y sí, falleció, quedé muy endeudado, mi pensión apenas y alcanza para algo. Y conseguí un trabajo para ayudarme, pero es muy mal pagado y me agota bastante, pero ya no le dan trabajo a gente de mi edad. Ay, Dios, qué se yo qué voy a hacer…
— Ya veo.
— Disculpa, Joselo, yo hablando sin parar de mis desgracias.
— No, no, señor Adriano, no se preocupe. Es más, se me está ocurriendo algo, ¿qué le parecería volver a trabajar en el despacho de mi padre? Alguien con sus capacidades nos sería de mucha ayuda a mi padre y a mí.
— ¿Tu padre? Creí que ya había muerto, y que por eso tuvieron que cerrar el despacho.
— Bueno, a mi padre es un decir, me refiero a su legado, y al nuevo despacho que abrí en su nombre.
— Ah, ya, ya entiendo. Pues no lo sé, ya no soy tan eficaz como antes, no quisiera ser una carga.
— No se apure, señor Adriano, no será una carga para mí en lo absoluto. ¿Qué le parece? Trabajar como en los viejos tiempos, por los viejos tiempos.
— Pues no lo sé… un cambio así de brusco… dejar el otro empleo así de golpe. Tampoco quisiera que me emplearas por lástima.
— Señor Adriano, yo sé que mi padre, que en gloria esté, no me perdonaría si lo dejo a usted desamparado, usted que fuera su socio por quince años.
— Fueron diez…
— Los años que hayan sido, fue usted un buen socio, y es un buen hombre. Así que no lo piense más, renuncie a ese horrible trabajo y venga con nosotros.
— Quizá tengas razón, sí, creo que tienes razón. Sí, lo haré.
— Es más, vaya ahora mismo a su trabajo y renuncie, no vale la pena tirar la poca vida que le queda de esa manera.
— ¿Debería ir solo así? ¿No es muy repentino?
— ¡En absoluto! ¿Para qué seguir perdiendo tiempo? Vaya usted, vaya. Yo lo espero aquí para ir al despacho, vaya.
— Muchas gracias, Joselo, me alegra ver que te has convertido en un buen hombre al igual que tu padre, te pareces mucho a él.
— Eso espero, señor Adriano, eso espero. Ande, vaya.
— Muchas gracias, ya vuelvo.
— Ande, sí… Pobre viejo decrépito. Joven, la cuenta.
— Aquí tiene, señor.
— Gracias, guarde el cambio. Ah, Javier, por fin llegas.
— Hola, Fabián, llegué hace rato, pero te vi muy entretenido, ¿ese hombre era un vendedor o algo así?
— Ni idea, no lo conozco. ¿Nos vamos?
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Joselo
Historia CortaUn inesperado reencuentro entre un trabajador retirado y el hijo de su exempleador resulta en una curiosa oferta de trabajo.
