Day #1 Cristal

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El chico alto bailaba con su escoba al ritmo de su música y los cristales rotos.

No parecía haber conocido a su pareja de baile hace mucho, pues sus pasos eran demasiado limpios como para ser naturales.

No me malentiendan, barría bien, pero no como lo habría hecho una curtida anciana o una ajetreada sirvienta.

Sus pasos eran bonitos, pero no eficaces.

No lo culpo, la música que escuchaba era de buen gusto. Sus audífonos vibraban en cada tiempo y se escuchaba a, fácilmente, tres mesas a la redonda. 

Su rostro, serio y despreocupado, no revelaba casi nada. 

Eso me revelaba mucho a mí.

Seguramente no había presenciado la escena, pues cualquiera con el suficiente contexto se habría preocupado, asustado, o como mínimo, emocionado.

Pero la mente de los humanos es libre, y en muy poco tiempo, la anécdota no era más que eso, una simple riña de taberna a las dos de la madrugada.

O al menos eso le dirían los clientes a sus amigos y familiares cuando salieran de ahí, quizás en unos días, o en unas semanas.

O quizás distorsionarían la historia hasta llegar a conclusiones falsas, que no ayudarían en nada más que erosionar la ya peculiar situación.

Por eso, el chico alto era particularmente interesante.

Cumplía su deber sin rechistar, limpiando el piso del lugar casi a profundidad. Entre las tablas de madera del piso, relucientes chayes brillarían por siempre, pues nadie se preocuparía de sacarlas de ahí, dónde no pueden hacerle daño a nadie.

El chico limpiaba con una parsimonia terrible. Sus brazos se mecían al ritmo de su música, su única compañía. Personas como él no necesitarían nada más para ser felices. 

Personas como él tenían felicidad asegurada aunque jamás lo admitieran.

Personas como él no matarían por un poco de felicidad.









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