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Se podría decir que la adolescencia es una etapa sumamente difícil. Probablemente no lo sea para algunos, pero en mi caso fue un verdadero calvario.
Aunque, pensándolo bien, tal vez el problema no era la adolescencia; tal vez mi vida ya arrastraba esa pesadez desde mucho antes.

¿Por dónde empezar?
Mi cuerpo siempre fue muy delgado. En mi rostro destacaban unos ojos grandes, labios gruesos y unas orejas que, según las crueles burlas de mis compañeros de primaria, parecían de elefante. Intentaba ignorarlos, pero dolía.

Todo en mí, cada pequeño detalle, parecía estar mal. O al menos eso me hacían creer.

Recuerdo que siempre llegaba a casa llorando por los comentarios que recibía en la escuela.

Una vez le rogué a mi mamá que me operara las orejas, pero lo único que obtuve por respuesta fueron las risas de ambos padres. En ese momento, comencé a resentirlos por burlarse de mi dolor.

Anhelaba subir de peso; no quería ser tan delgada ni soportar los apodos hirientes. Con el tiempo, mis padres empezaron a ir a la escuela a pedir explicaciones, pero las profesoras parecían ignorar el problema.

Siempre que entraban a mi aula para preguntar quiénes se burlaban de mí, todos se encubrían entre sí. Aquellos niños me habían arruinado la infancia, sembrando en mí traumas e inseguridades profundas.

Sin embargo, los niños de diez años no se llevaban todo el crédito de mis complejos; los principales responsables, hasta el día de hoy, fueron mis propios padres.

Desde que tengo memoria, me gustaba leer, dibujar y cantar. Mi familia venía de generaciones con fuertes raíces religiosas, repletas de personas a las que les apasionaba la música y tocar instrumentos.

De ahí nació mi interés por el canto.

No obstante, me exigían aprenderme únicamente las canciones de la iglesia. Y ahí estaba yo, con un vestido incómodo frente a un grupo de desconocidos que, con el paso de los fines de semana, se volvieron rostros familiares.

Era agotador: sonreír, leer la Biblia, portarme como una señorita, ser sumisa y amable. Todo bajo reglas estrictas que se debían cumplir sin excusas, bajo la constante amenaza del castigo físico.

Logré alejarme de ellos por un tiempo, pero en vez de mejorar, las cosas empeoraron...

Al menos, en medio de todo, había hecho una amiga. Su nombre era Sofía, una chica trans sumamente enérgica que venía de un entorno muy similar al mío: un hogar marcado por la hostilidad. A pesar de su identidad, su familia y conocidos se obstinaban en llamarla por el nombre de su documento de identidad, algo que la lastimaba y la llenaba de una frustración que yo, en ese entonces, no lograba comprender del todo.

Ella se enojaba, lloraba, gritaba, pero también sonreía y confiaba en mí, al igual que yo en ella. Éramos buenas compañeras de juegos. Aún recuerdo cuando llevaba mis muñecas a la casa de mis abuelos, que era nuestro punto de encuentro. Almorzábamos juntas a pesar de tener diferentes horarios escolares; ella era tres años mayor que yo.

Todavía puedo evocar el aroma de la comida que cocinaba mi abuelo mientras nosotras le ayudábamos a lavar las verduras. En el verano, colaborábamos cosechando las frutas del jardín: había uvas, duraznos, damascos y ciruelas. Mis favoritas siempre fueron las ciruelas y las uvas verdes, mientras que las de Sofía eran las uvas moradas. Solíamos bromear discutiendo sobre cuáles eran mejores, y mi abuela siempre intervenía diciendo que las verdes ganaban.

Aunque no siempre todo era armonía. Había ocasiones en las que yo hablaba demasiado fuerte y a ella le molestaba, o momentos en los que ella se comportaba de forma un poco brusca. A mí me dolía cuando rompía mis muñecas sin querer, ya que yo cuidaba mucho sus autos de juguete. La discusión más seria que tuvimos ocurrió cuando se sentó en mi pequeño sillón, uno que mi papá había construido especialmente para mí.

Mi mamá me había dicho de pequeña que las personas solo se expresaban afecto profundo cuando realmente se querían con pureza, pero Sofía solía repetirme palabras cariñosas muy a menudo. Incluso, las noches que se quedaba a dormir en la casa de mi abuela, me abrazaba con tanta intensidad que llegaba a incomodarme... pero yo callaba.

Después de todo, era mi única amiga y asumía que no quería hacerme daño.
Sin embargo, la distancia no tardó en aparecer. Un día, Sofía no fue a la casa de mis abuelos. Le pregunté a mi abuelo si la había visto salir hacia la escuela esa mañana, pero me respondió que no sabía nada de ella desde el día anterior. Se me hizo muy extraño, pero decidí esperar.

A la mañana siguiente, Don Julián vino a charlar con mi abuelo. Se sentaron bajo la parra de uvas a conversar sobre cómo había ido su semana.

Mi abuelo, muy orgulloso, le contó que mis calificaciones escolares eran excelentes. Por su parte, Don Julián comentó que había asistido a la graduación de la secundaria de su única hija. Yo nunca la había visto, pero imaginaba que se parecería a él.

En el vecindario a veces nos preguntábamos por su esposa, de quien nunca hablaba; tampoco mencionaba un divorcio, y para mí, en esa época, resultaba curioso que un hombre de cuarenta y tantos años viviera solo.

Durante la charla, Don Julián mencionó a Sofía. Al parecer, su padre había provocado una fuerte discusión familiar y ella había quedado en el medio; se sospechaba que la situación había escalado a la violencia física hacia ella y su madre... Me dio mucha pena.

A la semana siguiente volví a verla. Tenía una mirada profundamente triste. Su padre la había cambiado a un colegio religioso, un lugar estricto con monjas y sacerdotes; para mí, aquello era un mundo completamente desconocido. También la noté distante, desinteresada en el afecto de antes. Cuando le preguntaba si le ocurría algo, se molestaba y terminaba marchándose a su casa.

Pero ¿cuál es el punto de evocar todo esto? No son memorias dulces; al menos, no lo fueron para mí.

Una tarde en la que todo parecía marchar con normalidad, ella me propuso un juego diferente. Ya habíamos jugado a "la familia" antes, pero esta vez fue distinto.

En la dinámica común, se suele recrear los roles tradicionales del hogar, pero a mí nunca me gustó la idea de que la esposa tuviera que encargarse de absolutamente todo de forma obligatoria. Sin embargo, Sofía insistió tanto que cedí para evitar que se enojara y me dejara sola.

Me pidió que simuláramos que era de noche y que dormíamos, esperando a que amaneciera para llevar a los supuestos niños a la escuela.

Cerré los ojos.

La habitación quedó en completa penumbra, ya que no tenía ventanas, y ella se había encargado de cerrar la puerta y apagar las luces.

De repente, sentí su respiración muy cerca de mi cuello. Me giré hacia ella y, en medio de la oscuridad, percibí cómo se aproximaba aún más... hasta que me besó.

¿Por qué lo hizo?

¿Vivo o sólo respiro?قصص لتهوسّ بها. اكتشف الآن