Capítulo 1: Paolo.

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Para Luca, el tiempo en Génova y el que pasaba en la escuela había pasado a no ser más que un instante. Al lado de Giulia y la madre de ella era un tanto sencillo perder la noción del tiempo porque cumplía su anhelo de aprender. Cada día, por cada libro que devoraba aprendía un poco más del mundo fuera del océano. No solía pensar demasiado en las aventuras que vivió con Alberto unas semanas atrás. Pero cuando estaba solo en su casa y Giulia dormía, en ocasiones sumergía su mano en el agua y pensaba en su mejor amigo. ¿Qué estaría haciendo Alberto en este momento?, es lo que se preguntaba cuando volvía a sus primeros pasos fuera del agua.
Alberto, por su lado, había ganado una nueva figura que concebir como un padre. Iba todos los días a pescar con Massimo y cada día parecían agotarse todos los peces del océano. Como en la villa todos habían aceptado la convivencia con los monstruos marinos, no tenía miedo a entrar y salir del agua cuando así lo quisiera. Bueno, casi todos, Ercole todavía no se alegraba demasiado y sus dos lacayos lo habían abandonado, por lo que caminaba con otro sujeto ahora.
En lo que consta a la vida de Alberto, todos los días recordaba a Luca y todos esos momentos increíbles que rieron y jugaron juntos. Cuando estaba libre se encaminaba a la orilla, en la playa y visitaba con regularidad su torre. Un día en especial, se armó de valor y se dispuso a construir otra vez su propia Vespa, corrió al rededor y sacó del agua dos llantas, encontró en la bahía unas tablas de madera y láminas, detrás de la torre halló la tubería necesaria y lazos para construir todo.

—Y Alberto se dispone una vez más a construir la más grandiosa Vespa que se haya visto —decía en voz alta para sí mismo, como su propio locutor—, va a lograrlo, ha encontrado los mejores materiales del mundo.

En su mirada se notaba la emoción, sonriendo con los clavos en la boca al atar y juntar las piezas. Cada martilleo era un paso más hacia su meta. Sus espectadoras favoritas eran las gaviotas, no le agradaban los pelícanos porque lo picaban en la cara. Pasó así unos días, no se conformaría con los mismos resultados de siempre, si Luca volvería pronto, debería tener una gran sorpresa para él. El tercer día, lo logró, limpió el sudor de su frente, los monstruos marinos también sudan aunque menos que una persona. Retrocedió tres pasos ante su magnífica Vespa y suspiró, no había esperado más, sólo faltaba una cosa más, probarla. ¿Sería mejor esperar a que Luca volviera?, no, quería estar seguro de que todo fuera perfecto. Llevó su obra maestra a la cima del pueblo, los adultos lo saludaban cuando pasaba por las calles, lo conocían por ser el nuevo repartidor de Massimo, algunos tornillos se deslizaba en el camino. Una vez en la cima, visualizó el panorama, sujetaba su Vespa con ambas manos, el corazón estaba alegre y latía de emoción. Estaba preparado, Alberto subió a su Vespa, se inclinó hacia adelante estando en su asiento, sonrió, frunció las cejas y dejó que la gravedad hiciera lo suyo. Pasó bordeando a toda velocidad bordeando las estrechas calles del pueblo casi chocando en varias ocasiones, el volante funcionaba perfecto, las llantas estababan lisas pero giraban sin ningún problema, en un momento sintió que algo faltaba, "no debía ser nada importante", es lo que pensó. Fue emocionante hasta cruzar por una que recordó del pasado, entonces comenzó a preocuparse y se dio cuenta de lo que le faltaba a esa grandiosa Vespa, ¡claro!, ¡no tenía frenos! Desgraciadamente no se preocupó por esto hasta que estuvo frente a las barras de contención reconstruidas con tablas viejas y una vez más, como antes, se estrelló contra ellas y se quebraron, pasando Alberto derecho y volando en el desfiladero hasta caer en el agua del océano. Salió y miró sus escamas, no tenía ningún rasguño, ¿cómo le pareció la primera prueba?, ¡toda una aventura!

—¡Woohoo! —alzó los brazos celebrando—, ¡y la muchedumbre enloquece!, gritan el nombre de Alberto, ¡fue el salto más increíble de la historia! —una vez más era el locutor de su hazaña—, ¿Viste eso Luca?

Alberto se había dado cuenta de que estaba solo, no lo había notado hasta que mencionó el nombre de ese niño. Bajó los brazos y la mirada, su cabeza y sus hombros eran de un niño humano, y todo lo demás era un monstruo marino. La Vespa salió a flote, no había sufrido ningún daño, pero no así para Alberto, parecía sentirse como una Vespa dividida en dos.
Salió del agua junto con su creación, la dejó recargada en su torre y se sentó al lado para ver el atardecer, sin gaviotas ni pelícanos, la calidez del sol parecía reconfortarlo pero sin lograr reterlo más dentro de sí, cerró los ojos y le salió una lagrima. ¿Qué estaría haciendo Luca en ese momento?
Al volver a la casa, Massimo preparaba Trenette al pesto, el favorito de Alberto. Pretendía ver sonreír a Alberto cuando le sirvió el plato, pero inmediatamente se dio cuenta del semblante caído y la mano apretando el tenedor con tan poca fuerza, apenas acariciaba la pasta. Massimo, que no era muy bueno consolado a los demás, comenzó haciendo lo que le parecía mejor.

—¿Está desabrido?

—No, no, está muy rico —dijo Alberto—, es que, no tengo mucha hambre.

—¿Quieres que te prepare algo más?

—No —se notó el tono decaído—, creo que iré a dormir.

Alberto se había levantado de la mesa cuando tocaron a la puerta. Alberto fue quien atendió y al abrir la puerta se encontró con un chico de su edad, de cabello negro, poco largo y peinado, los ojos miel y vestido con shorts beige y playera azul.

—Hola —saludó el niño extraño—, ¿tú eres amigo de Giulia? —Alberto no pudo contestar.

—Paolo —saludo Massimo y se acercó a la puerta—, creí que no volverías hasta el año siguiente.

—Hubo un problema en el viaje y tuvimos que volver, lamentablemente. ¡Qué bueno es volver a estar en casa!

—¿Quién es él? —preguntó Alberto.

—Ah, claro —Massimo se rascó la nuca—, Alberto él es Paolo, Paolo él es Alberto... Paolo es un viejo amigo de Giulia, solían pasar mucho tiempo juntos pero la familia de Paolo viaja en ocasiones y estos meses había estado fuera.

—Así es, volví en la mañana y quería saludarlos, pero parece que Giulia todavía no ha vuelto.

—Las clases todavía no terminan, posiblemente vuelva en una semana o dos.

—Muy bien, me alegro mucho de que se encuentre bien señor Marcovaldo —dijo Paolo—, mucho gusto Alberto, nos veremos después.

Paolo se apartó de la puerta y salió caminando hasta estar al lado de su Vespa. Alberto, que no le había apartado la mirada, lo vio sorprendido y salió corriendo tras de él.

—¡Guau!, ¿tienes una Vespa? —dijo Alberto emocionado.

—Sí, claro, ¿te gustan las Vespas?

—Bueno, sí, claro —fingió ser alguien genial—, en realidad yo tengo una.

—¡Genial!, podemos salir mañana por la mañana si tú quieres —dijo Paolo y Alberto se tragó la saliva pensando en lo que había dicho, ¿cómo se compararían ambas cosas?, debería pensar en algo que le diera más tiempo y pensar en un plan—, ¡sí!, ¡sí, claro!, pero por la mañana debo ayudar a Massimo en la pesca y luego debo repartir el pescado, pero podría ser en la tarde.

—Súper —respondió Paolo—, entonces nos vemos en el muelle a las cinco.

—Sí, sí, seguro —concluyó Alberto y luego de despedirse de Paolo, se fue. No apartó la mirada de la Vespa hasta que se perdió al dar la vuelta. Massimo le tomó el hombro y le cerró la boca, entonces entraron y al ver el plato aún en la mesa, recuperó el apetito y su sonrisa, comió al fin. Extrañamente, Alberto se sintió tan nervioso como feliz.

Luca y AlbertoStories to obsess over. Discover now