Canto de Sirena

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Harry había experimentado muchas cosas extrañas, se había resignado ya a que tenía una suerte espantosa, pero nada había sido tan extraño como la aparición de su herencia de criatura. Harry era una sirena, sí, de esas que eran mitad pez, se subían a una roca a cepillar su cabello y cantaban, excepto, claro, que él era hombre, parecía que las sirenas podían ser de cualquier género pero, a pesar de eso, sus encantos solo funcionaban en hombres, sí, desconcertante.

Harry, por fortuna, no tendría una cola de pez hasta cumplir 17 años, para lo que faltaban un par de meses, mientras tanto, solo lidiaría con la imperiosa necesidad de estar siempre cerca del agua y de comer mariscos.

- ¡Chico! -bramó Vernon Dursley. Harry no se quejó, era uno de los sobrenombres menos ofensivos que le había asignado, así que era evidente que el hombre se encontraba de buen humor, no quería hacer nada que lo pudiera cambiar.

-¿Sí, tío Vernon?

-Petunia no se encuentra bien y no hay comida, tendrás que salir a la tienda. No hables con nadie, y, si descubro que te has quedado algo de mi dinero, te daré la paliza de tu vida, ¿quedó claro?

Vernon entregó algo de dinero a Harry.

Harry tuvo que esforzarse para no espetarle al tío Vernon que no quería ni una libra de su asqueroso dinero y que tenía el suyo propio, más numeroso de lo que él podría aspirar a tener. Tomó el dinero y salió de la casa, era todo un milagro que le permitieran salir y no estaba dispuesto a desaprovecharlo, sin embargo, camino a la tienda más cercana tuvo que detenerse.

Harry se estremeció, era esa sensación que tenía siempre que salía de la casa de los Dursley, como si lo hubieran atado con una cuerda invisible y de repente estuvieran tirando de ella, él no estaba seguro de que se trataba pero sabía que tenía algo que ver con su naturaleza como sirena, ¿quizá sus instintos trataban de guiarlo al mar o algo similar? De igual forma, hizo lo mismo que había hecho las veces anteriores, seguir su camino sin molestarse en descubrir lo que el tirón era.

Pero aunque era consciente de que quería alejarse, aunque esa era su intención, se descubrió caminando por las calles horas después sin dirección conocida alguna, solo siguiendo la ruta que su naturaleza de criatura dictaba.

Por algún motivo, los pies no le dolían, era como estar en una especie de trance, sabía que caminaba por las calles pero no tenía un rumbo claro, no reconocía las calles y parecía no tener control de su propio cuerpo.

Harry quisiera decir que al final logró resistirse del mismo modo en el que lograba resistirse a la maldición Imperius, pero sería mentira, porque lo último que recordaba era vagar por una calle particularmente solitaria y después caer inconsciente.

Al despertar, descubrió que no se encontraba ya vagando por las calles de Surrey, en realidad se encontraba en lo que parecían las mazmorras de un castillo o mansión, se encontraba en el suelo y al tratar de ponerse de pie descubrió que le era imposible moverse, no podía ni siquiera hablar, no le quedaba más opción que esperar a que alguien apareciera.

Harry se sorprendió al descubrir que eso no le preocupaba demasiado, de hecho, a pesar de estar paralizado y en aquel lúgubre sitio, se sentía extrañamente cómodo, el tirón que lo había arrastrado toda la tarde había disminuido hasta ser solo un muy leve impulso fácil de ignorar.

Algunos minutos después, alguien por fin se presentó, pero Harry quedó atónito al notar la máscara de calavera color hueso que ocultaba su rostro y la túnica negra, era un atuendo que jamás olvidaría a pesar de solo haberlo visto en dos ocasiones, en los mundiales de Quidditch antes de ingresar a su cuarto año y al final del torneo de los tres magos, aquel era el uniforme de los Mortífagos. Los Mortífagos lo habían capturado.

Canto de Sirena (Tomarry) +18Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora