Al anochecer me había preguntado algo junto al grupillo de poetas derramadores de odas a pesar de no reconocerlos si por una tragedia creciente o una fotografía apartada en retrato de una mujer con ojos de pájaro y ribeteados aún sonriendo falsamente. Era común toparse con los recovecos inimaginables mediante un movimiento estrepitoso como intentando los carruajes infernales alcanzar las ruedas a través de flamantes corceles con cierta titilación imitada. Esa vanidad fría, desdeñosa, amarga y característica del hombre que oscurece el cielo suspirando entre vientos huracanados ante un agotamiento indeseado: el de espectar años de ilícitos escapes, la evolución del iletrado a una figura incorruptible según diagramas ingenuos. Cerró la boca, no quería divagar. Primero resumía el discurso además de centrarse en involuntarias inflexiones como experticia adquirida. ¿Qué más desear si las cámaras públicas fotografiaban a un horripilante ser de colmillos de leche: la etapa más maravillosa del siglo caminando directo a la adultez, la mala reputación y la embriaguez del alma investigando las circunstancias o el porqué como rata de biblioteca?
Ambos éramos extraños. Nuavemente lo éramos. Sus caderas esfumadas en el recuerdo de haberla olvidado. Las comisuras permanecían intactas, el néctar de los labios deslumbrante sin detenerse en mirarme constantemente. Un vistazo hirviente me convidó en reducir la velocidad con las sirenas aullando roncamente después de haber procedido en matarla. La bestia estaba viva, digiriendo sus manos sin importarme si sería la siguiente para el festín o para la hoguera de brujos malditos.
Ahí estuvo, acuclillada durante buenos minutos descartando la melodía de un charco sangriento cerca del tricornio de charol cruelmente volteado. Tan límpido era el aire, que dentro de un hogar vaporoso existía algo relacionado al dolor: un coro de vocecillas francas, majestuosas y afinadas. Algo divinamente enigmático ajustado a la realidad que sabía conducir la ausencia vocal masculina hacia el anhelado morir. No obstante, ese murmullo jamás se fue. Allá, en el fondo se aislaba, tímido y salado como cuando se conocieron en un saloncito nocturno al estilo francés, de boinas costosas, pero con las calles esbozadas sin el firmamento del amor o en la condena de la adicción. Ella no lo sabía...
La madrugada del siete de enero a las doce y media de la tarde, Carmen Bornacelli hubo de acicalarse con un abrigo de nuca de visón que apenas compró siendo su casucha un revoltijo de hormigas, orina, amantes, preservativos, calzones descoloridos y brochitas de rubor abandonadas, similares a su padre yéndose para luego ser acogida en la orfandad del existir al ver cómo su madre murió por ingerir exceso de barbitúricos.
Ella sucumbía ante la pobreza de un amor desmesurado, un reemplazo probable que le devolviera la creencia de estribarse en brazos anchos, manos ahuecadas para proporcionarle el cumplimiento al sacramento del catolicismo. En las lloviznas se apreciaba a Cincinnati inundada, del camino tinturado por burdeles o musicales que distinguían a Broadway, pero que la infancia aún hería en lo que la vida cuestionaba mediante ráfagas de dudosa incertidumbre. Dudosa, pues algún día se deja de soñar tímidamente para tratar de configurar el sendero sinuoso que cada uno recorre con únicas proridades, nunca con un cuidado ajeno que permita confundir el ser solitario con unos querubines imaginarios que con gusto le acompañen hasta desilusionarse.
En la acera de enfrente, focalizándose en un cabaré descontinuado, la debilucha mujer de piernas atléticas evaluaba su bolso fabricado en cuerina mientras la pasión dominante engendraba los aplausos estruendosos, el humo tenaz sobre los asientos de caballeros drogados, el diluvio de sus imponentes, respetables animales erectos si en alabar el busto apretado o el trasero fenomenal para copular artificialmente. Asistían humoristas fantoches, robustas institutrices de sortijas adiamantadas por enviudar, y alemanes pacientes dentro de un internado acordando a cabalidad las órdenes impuestas por establecimientos nocturnos y de mala fe.
El manto de las auroras simplificaba una guarida reservada para aliados al hacer el amor y enemigos al desaparecer de entre tantos escaloncitos en medio de la ventolina solaz y algunos pajarracos perchados en alambres eléctricos cuidando de sus crías. Moulin Rouge, rotoscopia efervescente, caminar elegante y ostentoso si se quería aparentar con llagas crudas en el corazón.
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Carmen
Short StoryEn el corazón de una prostituta yacía la idea de haber aniquilado a su pareja hace algunas semanas, quizás por instinto, quizás por ser una situación irremediable. Después de haberse escapado de Cartagena de Indias, esta decide buscar algún tipo de...
