CAPITULO 1 El principio del fin.

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Leí por ahí que escribir es un experimento. 

Incluso los niños  pequeños realizan experimentos rudimentarios para aprender sobre el mundo y cómo funcionan las cosas. Pues yo ahora en la adultez, estoy haciendo eso con Alelí. 

Si quieres ser parte de este procedimiento acepto sugerencias, críticas , o palabras bonitas en los comentarios.  Y si votan se  los agradecería mucho ★.

Déjame distraerte un momento...

Esta es una obra de ficción.

©Emilie Tomeichel, 2021

Todos los derechos reservados.

Queda prohibida la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio sin autorización de la autora.




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Se dice que la mayoría de las alegrías que nos da la vida, así como la mayoría de los disgustos, proceden de la misma fuente: la familia. De hecho, existen pocas cosas que puedan producirnos tanta felicidad o tanto dolor.

 De hecho, existen pocas cosas que puedan producirnos tanta felicidad o tanto dolor

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El chirrido metálico fue brutal. Un golpe seco. Después, solo gritos.

—¡Ale...! —Renzo quiso gritar, pero al abrir la boca, un hilo de sangre le cruzó los labios.

Intentó moverse. No pudo. El cinturón lo oprimía, los brazos no le respondían. Alguien corría afuera. Voces desesperadas, pasos, llantos.

—¡Llamen a una ambulancia! —gritó una mujer.

Trató de buscarla. Alelí. ¿Dónde estaba? ¿Estaba viva?

—¿Renzo? ¿Renzo, me escuchás? —una voz masculina, borrosa, como si llegara desde muy lejos.

El mundo se desdibujaba. La sangre le llenaba la boca. El dolor era un animal dentro suyo. Entonces, sus ojos se cerraron.

Esa misma mañana, Alelí había aparecido en la oficina como una ráfaga de sol en pleno invierno. No necesitaba anunciarse: su sola presencia cambiaba el clima del lugar. Caminaba con gracia, con esa cadencia suave de quien sabe que es mirada. Su figura —alta, esbelta, delineada como una obra de arte renacentista— llamaba la atención incluso cuando vestía sencillo. Tenía la piel dorada, los ojos oscuros y una cabellera negra que caía como un río brillante por su espalda. Su sonrisa, amplia y sincera, tenía la habilidad de desarmar al más severo. Pero lo que más atraía de ella no era su belleza, sino la calidez que emanaba: Alelí iluminaba, como si llevara el verano en el pecho.

AlelíWhere stories live. Discover now