Era primavera. A mi padre se le ocurrió la maravillosa idea de hacer una piscina en nuestro jardín para disfrutarla en el verano.
No le puse mucha importancia al asunto. Aunque mi ventana daba directamente a la zona donde estaban haciendo la piscina. Así que, si miraba por mi ventana, sólo veía un gran hoyo que se hacía cada vez más grande con el paso de los días.
Mi padre había pedido ayuda a un vecino para que lo ayudara a trabajar.
El vecino se llamaba Emilio. Él estaba en paro y estaba encantado de que mi padre lo invitara a trabajar.
Todos los días me asomaba a la ventana para ver cómo la piscina se agrandaba. Bueno, piscina, un gran hoyo de tierra.
—María, ¿te importaría sacar unas bebidas frías a tu padre y a Emilio? —Pidió mi madre desde su habitación.
Fui a la cocina y saqué de la nevera unas cervezas y se las saqué fuera.
Siempre se las alcanzábamos una de las dos ya que mi madre dice que si ellos entran a la casa llenos de tierra cogería la escoba y no quedaría nada de ellos.
Le entregué una a cada uno y volví a mi habitación para tirarme en la cama a seguir haciendo un trabajo de biología que llevaba semanas preparando.
La semana siguiente empezaron a poner bloques de hormigón.
Salí fuera para entregarles algo de beber en su descanso. Sin querer queriendo escuché su conversación.
—Agus, ¿te importa si mi hijo viene a trabajar este fin de semana? Está en la casa sin hacer nada y quiero que trabaje un poco. Siempre delante de la plaistacion esa. Me tiene harto.
De repente me entró curiosidad. ¿Qué edad tendría el hijo de aquél señor que tiene como cincuenta años? No creo que sea de mi edad. ¿O si?
Entré en mi habitación. Y me acosté en la cama mirando el techo. No hacía más que darle vueltas a aquello.
A lo mejor era un tío de treinta años y yo aquí haciéndome una película.
Mi perro, un mestizo, hijo de un pastor alemán y de una labradora, me miró desde el pasillo ladeando la cabeza.
Será por el hecho de que estaba pensando en algo y yo soy muy de no pensar en nada.
Lo miré y di palmadas a mi lado.
—Sube aquí, Sanzo.
El perro negro se acercó y saltó a la cama. Se acostó a mi lado. Le acaricié el lomo y cogí el móvil.
Al día siguiente, viernes, escuché al vecino entrar en la casa para cruzarla para pasar al patio. Pero aparte de las voces de mis padres y del vecino escuché otra nueva. Salí de mi habitación, -estaba haciendo el maldito trabajo de Biología que no me quito de encima-, y me acerqué a la cocina.
Sanzo me seguía por el pasillo.
Desde el pasillo para entrar a la cocina me quedé observando el panorama. Mi padre caminaba hacia la puerta de atrás para ir al jardín, Emilio lo seguía, mi madre estaba sentada en el sillón y caminando detrás de Emilio estaba su supuesto hijo.
Lo miré durante un momento. Tenía el pelo negro y despeinado. Era alto y de físico "normal". Ni muy musculado, ni muy flaco, ni muy rellenito. Me apoyé en la pared del pasillo y lo miré fijamente. Él miró atrás y me clavó sus ojos color chocolate.
Fue ahí cuando sentí lo que se llama el flechazo. Sentí algo dentro de mí darse la vuelta completamente.
Hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo. Levanté mi mano tímidamente y saludé.
KAMU SEDANG MEMBACA
Una rosa en la ventana
Fiksi RemajaNo sabía que hacer una piscina en mi casa me iba a traer problemas hasta que mi padre decidió hacer una piscina en el jardín.
