Con la Puesta de Sol

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  La puesta de sol, en pleno atardecer, apreciándose a lo lejos en el horizonte un prisma de colores claroscuros que cautivan las miradas y los espíritus atentos, se encuentran dos niños jugando a las escondidas en una casa muy grande, aunque un tanto fría y en silencio, ubicada en la cima de una colina, con bellas flores en la entrada y colgadas en la mayoría de sus ventanales, ya sea por estética o por su dulce aroma que invitan a soñar.

  Después de horas de diversión sin preocuparse por los deberes del mañana Luis y Alfredo deciden jugar con sus juguetes favoritos, el primero con una figura de acción la cual la tenía desde hace mucho, la había encontrado en un cajón de juguetes perdidos en el orfanato, el segundo con un carro de colección, un ford mustang del 78 que le había regalado su padre antes de morir. Ambos niños llegan al anochecer imaginando secuencias y escenas hilarantes, variopintas, mientras la figura de accion de Luis toma el rol de diferentes personajes, bien sea un super heroe, bombero, villano o policía, el carro de Alfredo pasa de correr a 300 km/h, volar a 2000 pies de altura y sumergirse a miles de leguas en el mar.

   Luego de muchas risas y molestias, en su mayoría causadas por no lograr ponerse de acuerdo en qué tipo de historia permanecer, deciden buscar algo de comer, se dirigen a la cocina. Alfredo abre la heladera y decide coger un helado de chocolate que se encontraba a medio comer, mientras que Luis se hace un emparedado con "Diablito" y mayonesa, se sientan en el comedor donde nadie los pueda ver, ya que por la hora no se supone que deban comer helado ni "Diablito".

  Al conseguir un lugar seguro Alfredo le pregunta a Luis por su día, por su semana, por su vida:

-Oye Luisillo ¿Cómo te va con nuestros compañeros?, me habían llegado rumores de que te estaban molestando.

-Ya sabes como es, Fredi h–desde que se conocen acostumbran a cambiarse los nombres de pila, como un contrato de su amistad– soy el nuevo de la clase, pequeño, frágil, mis padres se fueron hace mucho, imagino que huelen mi miedo y debilidad, ¿Qué debería hacer?

-En primer lugar, dejar de lamentarte –le responde Alfredo con semblante serio y decidido– si huelen tu miedo, pues que también huelan tu ira y determinación, se merecen un escarmiento, si te interesa tengo una excelente idea.

-No vayas a empezar con tus "ideas", que siempre terminan mal –le dice Luis con un gesto de complicidad– creo que es mejor si le cuento a la Sra. Dolores.

-Dolores de cabeza es lo que tendrás si no me haces caso, tienes que aprender a solucionar tus problemas por ti mismo, no dejes que alguien más lo haga por ti.

-Pero ¿si utilizo tu metodo no estaria dejandome ayudar por ti? –le pregunta Luis con tono sarcástico.

-Ya te estas llendo por las ramas, ese es tu problema, qué piensas mucho pero actuas poco, haz lo que quieras –le responde con voz cansada y resignada– aunque la diferencia de dejarte ayudar por mi es que mientras pueda, nunca te dejare solo Luisillo.

  Con una sonrisa en sus ojos Luis se queda pensando por unos segundos, tomando una decisión acerca de lo que debía hacer.

-Gracias Fredo, quizás tengas razón, pero cuéntame, ¿Cómo te ha ido a ti en los últimos días? –Le pregunta Luis evidentemente con ganas de cambiar el tema– He visto que no le quitas la mirada encima a aquella de tez muy blanca, ojos tan oscuros como el carbón y cabellos claros como las aguas del río que queda aquí a la vuelta.

-Creo que más bien tú me la estás metiendo por los ojos –ríe Alfredo a carcajadas y tosiendo un poco– La verdad es que si, me llama bastante la atención, quisiera acercarme, sacarle conversación, y por qué no, sacarle un par de sonrisas.

-¿Y qué estás esperando? ¿No eres un tipo de acción? –Vuelve a espetarle con tono sarcástico.

-No hace falta que utilices mis palabras en mi contra –le interpela poniéndose serio– Esto es diferente, no estamos en edad de enamorarnos.

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