El síndrome del folio en blanco. ¿Se llama así? No sabría por dónde empezar exactamente.
He acabado haciendo eso que hacen todos los presos en las películas, eso de pintar rayas verticales en la pared de sus celdas para saber qué día es o cuántos días llevan atrapados. Sí; había pensado que no me haría falta, pero una mañana me desperté sin saber qué día era. Era incapaz de recordarlo, y lloré desconsoladamente. Cuando abrieron la puerta de mi habitación para llevarme al comedor fue lo primero que pregunté. Volví a llorar desconsoladamente cuando me dijeron que era 23 de septiembre. Todo el mundo me miró de forma extraña, como si ya hubiesen dado por hecho que había acabado por volverme loca o como si me compadeciesen profundamente. Me mirasen como me mirasen, nadie dijo nada, ni se acercó a preguntarme qué me pasaba. De todas formas, ese tipo de episodios eran habituales a la hora de la comida. Pero con todo, solamente volvían a aislarte si intentabas hacerte daño a ti o a otros. Como no fue mi caso, me dejaron en paz.
Si mis cálculos no fallan, hoy es día 21 de diciembre. El día del Solsticio de Invierno. He pedido papel y pluma a un señor que viene todos los días a limpiar la habitación, y que de vez en cuando habla conmigo y me pregunta cómo estoy. Esta mañana ha venido, como siempre, a las ocho de la mañana en punto. Ha llamado a la puerta repetidas veces hasta que me he levantado de la cama, y solo entonces ha entrado. Ha pasado dentro con el carrito de la limpieza delante de él, y ha vuelto a cerrar la puerta con llave. Llevaba tiempo fijándome en que todos los manojos de llaves del personal de la prisión llevaban un dispositivo con un botón rojo. Hace unas pocas semanas me enteré que era un botón de emergencia.
Ahora ya no soporto el ruido que hacen las llaves al sonar unas con otras, o al introducirse en las cerraduras, o al caerse al suelo.
El señor me dijo su nombre el primer día que le asignaron mi habitación. Se llamaba Arthur. No me dijo su apellido.
Hoy me ha dado los buenos días y ha hecho la cama mientras yo me vestía en el cuarto de baño. Me ha preguntado qué tal había dormido, y acto seguido que le había llegado una carta de uno de sus hijos, que vivían en África. Yo le he preguntado que en qué parte, y me ha dicho que en Puerto Elizabeth. Yo no sé dónde está ese sitio, pero me he alegrado de saberlo. Le he pedido que me leyera la carta, y nos hemos sentado en la cama, ya hecha; él a leer y yo a escuchar. Era una carta muy bonita, y por lo que podría calcular el chico no tendría más de veinte años. Su hijo se llamaba Michael. Le escribía para decirle que le echaba mucho de menos, que le habían contratado en un restaurante como ayudante de cocina y que le pagaban bien. También había mencionado a Ada, que supuse que sería su hermana o su novia. O su mujer. Ha mencionado que va mejorando, que la medicación funciona. Que ella también echa de menos a Arthur. Sin embargo, no ha terminado de leerme la carta porque se ha puesto a llorar. Me ha dado mucha ternura, y he acabado llorando yo también. Le he abrazado y hemos llorado juntos. Después, me ha dicho que estaba nevando. Y he llorado más fuerte, porque me he acordado de Bloom, que le encantaba la nieve. Y de Flora, que siempre cogía la gripe en estas fechas.
Le he pedido entonces a Arthur papel y boli, mucho papel y mucho boli, porque tenía mucho que escribir. Arthur me ha mirado desconfiado, porque sabía que podía jugarse el puesto. Según me había enterado en el comedor, nada de lo que pasaba en este sitio podía quedar registrado, ni salir al exterior, ni nada de nada. Por eso no podía dejarme papel y boli: mis memorias no podían salir a la luz. Nunca jamás.
Pero me lo ha acabado trayendo una chica muy guapa, pelirroja, que se encarga de repartir libros, agua embotellada, café, té, galletas, bollos, fruta, cigarrillos y cajitas de música.
Todo eso no era gratis, claro, teníamos una serie de puntos. Acumulables, sí, pero no podíamos gastar más de diez al día. A esos puntos yo los llamaba iotas, porque me parecía que su nombre era demasiado normal; y además había leído en un libro que una moneda pequeña se llamaba así, y me había gustado. Diez iotas equivalían a una cajetilla de veinte cigarros, una manzana y un té; o bien un libro y una cajita de música; o bien agua, un mango, un donuts, un café descafeinado y dos cigarrillos. Yo solía gastarme todas las iotas por la mañana, para ver qué hacer con lo que había conseguido durante el resto del día y tener algo que hacer. Casi nunca compraba comida.
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Alas
FanfictionSupongo que toda historia tiene un principio. O, al menos, debe empezar por algún sitio. Algún punto de partida. Bien, esta no. Esta historia se remonta cientos de millones de años atrás. Con la aparición de los primeros humanos, de las primeras tr...
